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(16/10/2000)
(La Razón)
Tuwaná, una muestra de tejidos con esencia boliviana:
La historia kallawaya está escrita en los tejidos que hacen las
mujeres.
La historia de la comunidad y
de la persona que crea una pieza está presente en cada tejido
kallawaya. Los elementos que rodean su cotidianidad -sol, agua,
tierra, aire- se representan de alguna manera y también se incluyen
los momentos afortunados o tristes por los que ha pasado la
tejedora.
Los
textiles son como libros para quien sabe leerlos. Cada elemento de
las llicllas, cuyo uso varía según el tamaño convirtiéndose en
tapetes, manteles, cubrecamas y ponchos, es una señal de identidad,
de modo que sólo con ver la ropa ya se sabe de dónde viene quien
la usa.
La
tierra está representada según los colores: si en algún lugar
ésta es negra, se tiñe el hilo de azul; donde es rojiza, se
respeta la tonalidad encarnada. El wajra pallay es un entramado de
círculos, rombos y nudos (como la ilustración a la derecha de esta
página) que sirve para la protección tanto de la mujer como del
hombre contra pensamientos y habladurías. La wincha es una prenda
casi siempre femenina -el varón sólo la usa en caso excepcional-
cuyo valor simbólico radica en el nexo mágico que surge entre un
hombre y una mujer que se quieren. La viuda debe tejerse una wincha
con franjas negras para que se conozca su estado.
Cuando
un varón se aleja de la comunidad para recorrer otras localidades y
curar a los pobladores, la mujer está obligada a esperarlo y los
demás hombres saben por su wincha que no deben acercársele. Si
pese a todo ella comete adulterio, está obligada a efectuar un
ritual de despedida para arrojarse luego a un abismo.
Otros
elementos habituales en el diseño de los tejidos kallawaya son el
Llawi pallay o llave que cierra la comunicación para no excederse
al hablar con los demás; el Yawar mayu o río de sangre donde se
aprecian animales terrestres y plantas en las orillas, y el Kuti,
especie de serpiente reptando que funciona como sortilegio para que
los maleficios reboten a quien los induce.
El
Tahuantinsuyo también tiene su propia ilustración, una suerte de
araña con ocho patas que por pares apuntan hacia cada uno de los
cuatro suyos. La cruz andina, un signo escalonado con un rombo y una
S en medio, es el ícono con el que curan los kallawayas.
Hierbas,
mesas rituales y amuletos
Los
médicos naturales tienen una cura para toda dolencia. "Los
kallawayas curamos el espíritu y el alma", dice Apolinar
Ramos, médico kallawaya de Lunlaya, Charazani. "Nosotros somos
múltiples porque sanamos con hierbas y mesas rituales.
También
tenemos pomadas y amuletos para la suerte, el dinero, el amor.
Curamos donde los médicos no pueden curar".
Los
kallawayas no conocen laboratorios. Desde su niñez aprenden qué
hierbas curan las diferentes afecciones. "Sabemos qué hojitas
son calientes y cuáles frescas". La medicina en su región
ofrece cura para casi todo mal pues "cada hoja que ves es un
remedio".
La
fuerza de las plantas disminuye cuando están cerca de las ciudades
por el humo de los vehículos. En las provincias no sucede lo mismo;
así los especialistas prefieren hojas de las zonas rurales.
"La hierba, cuando la tomas con fe, te hace sanar para siempre.
Nunca más se repite tu mal".
"Hay
que conocer la hierba. Si no la conoces eres falso kallawaya".
La persona que dice serlo y cura en el nombre del Padre, Hijo y
Espíritu Santo está engañando pues lo católico "nada tiene
que ver".
Linlaya,
Curva, Chari, Chajaya, Inca Roca y Wata Wata son las comunidades que
practican esta medicina en la provincia Bautista Saavedra.
Titulares
Las
pobladoras de las comunidades K'aata, Niño Korin, Chari, Upinhuaya,
Mojapampa, Amarete y Thari exhiben su cotidianidad a través de sus
textiles y testimonios en una muestra que se exhibe, hasta el 31 de
octubre, en la galería El Salar, con el auspicio de la Fundación
Q'ipi y la cooperación alemana.
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Augusto
Céspedes o la pasión de narrar
por
Jaime Iturri Salmón
Pequeño
y muy delgado, ligeramente encorvado, con
el caminar inseguro de quienes requieren de bastón para
continuar la marcha y que al mismo tiempo no hacía más que
acentuar su apodo: el “Chueco”. Pero bastaba que abriera la boca
para que esa sensación de inseguridad desaparecería.
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