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Augusto Céspedes o la pasión de narrar
por Jaime Iturri Salmón

Pequeño y muy delgado, ligeramente encorvado, con  el caminar inseguro de quienes requieren de bastón para continuar la marcha y que al mismo tiempo no hacía más que acentuar su apodo: el “Chueco”. Pero bastaba que abriera la boca para que esa sensación de inseguridad desaparecería. Así lo vi la última vez en una exposición de cuadros de la galería de Ultima Hora. “En esta fiesta sobran Arcángeles y falta whisky”, me dijo.

En realidad, a él no le faltaron ninguno de los dos. Nacido el 6 de febrero de 1904 en Cochabamba, murió el 9 de mayo de 1997, víspera del día del periodista, profesión  que tanto amó y que por años lo cobijó como uno de los mejores columnistas.

Hijo de su siglo, a Céspedes no se le puede reclamar ni objetividad ni moderación. Él era un panfletario, un agitador, un hombre dedicado a la revolución que creía iba a acabar con la rosca. En él no existe la mínima traza de buscar la “realidad” o la tan escurridiza “verdad”, así lo plantea desde la primera fase del El Dictador Suicida cuando dice: “Esta es una historia tendenciosa y complicada”, como lo son todas, pero ha tenido que pasar mucha agua bajo el puente para que esto se admita, para que se le dé el verdadero papel que la historia juega, como rama que es la literatura.

Orgulloso se retrata un poco en la frase de que le hace decir al capitán Sirpa –protagonista del segundo cuento de Sangre de Mestizos - en sentido de que “Hay que contentarse con ser hombre de uno mismo”. Y Céspedes lo fue, lo que valió el exilio, la cárcel y las persecuciones. Militante de nacionalismo desde muy joven, trabajó con el gobierno de Hernando Siles. Fundó el MNR y fue diputado nacional en 1938, 1944 y 1956 y se definió como Nacionalista y Antiimperialista.

 

Crónicas heroicas

Estallada la guerra del Chaco, Céspedes estuvo en el frente gran parte de la contienda. Primero como corresponsal de Universal, diario dirigido por Armando Arce, de donde saldrían algunos de los mejores escritos del periodismo nacional reunidos en sus Crónicas Heroicas de una Guerra Estúpida. Estos trabajos redactados para periódico, son una clara muestra de que eso que hoy se llama “Nuevo Periodismo”, esa combinación de literatura y periodismo, en realidad nació en América Latina muchos años antes de Truman Capote y Tom Wolfe.

Veamos una parte  de un despacho fechado en 1933:

“El calor se ha cansado durante el día y el campo tórrido duerme, mientras hilvana su sueño las agujas de las luciérnagas. Iluminan las calles los reflectores de los enormes camiones que recortan nítidamente siluetas de soldados.

“Gritos. Nombres. Voces. Luego silencio. DE la posada surge un coro de guitarras y mandolinas …” (Crónicas Heroicas de una Guerra Estúpida. Pág. 21).

La nota está basada en cómo se vivía una noche en Entre Ríos donde funcionaba uno de los principales hospitales cerca del campo de combate, pero el lenguaje poético que se utiliza da enorme fuerza a la descripción. Esta tendencia hacia el lenguaje connotativo no le abandonará nunca.

La otra veta que ya se presenta en estos primerizos trabajos de prensa es la del humor. Céspedes fue un gran caricaturista. Su obra Metal del Diablo está destinada a ridiculizar a Simón Iturri Patiño bajo el disfraz de Omonte. Varios críticos han señalado que caricaturiza a los personajes que odia. Puede ser, pero destila ironía y hasta sarcasmo, logrando memorables descripciones como esta registrada en su primer despacho cerca del frente de batalla: “Sépase pues, que Villa ronca con la más perfecta inconsciencia, de una manera insidiosa y estratégica. Calla en los momentos en que la indignación de los vecinos está aprestándose para silenciarlo mediante un proyectil de grueso calibre, por ejemplo, una bota. Y cuando el vecino tiene la ilusión de conciliar el sueño a favor del silencio, Villa inicia nuevamente el fuego, primero con algo que es como un silbido aguo que va creciendo luego hasta convertirse en un bufido indecoroso, de rinoceronte furibundo”. (Crónicas Heroicas de una Guerra Estúpida. Pág. 12).

 

El escrito enamorado

Bohemio, amante del buen licor, amigo de la noche y de su magia, siempre dispuesto a jugarse por lo que él creía. Convirtió sus experiencias en algunas de las páginas más hermosas de la literatura boliviana de este siglo. De la Guerra del Chaco salió su Sangre de Mestizos, cuyo primer cuento El Pozo  muestra la inutilidad de una guerra en la que todos con increíble orgullo morían y mataban por “la patria”, aunque el pozo por el que peleaban no tuviera una sola gota de agua.

El título se ajusta perfectamente a lo que fue la guerra del Chaco para los intelectuales. En el Pozo se nombra a los mestizos que combaten y mueren, pero de los indígenas sólo se da cifras, como si no tuvieran nombre. “He destinado ocho zapadores para el trabajo. Pedraza Irusta, Chacón, el Cosñi, y cuatro indios más”. (Sangre de Mestizos. Pág. 24)

Retratar el infierno que fue la confrontación con Paraguay mereció una pluma como la de Céspedes y particularmente el uso de un lenguaje rico en giros y usos literarios. Es en las figuras poéticas donde la violencia de la guerra adquiere dimensión. Pese a todo, el libro se muestra esperanzador, la generación del Chaco preparaba los cambios en Bolivia que hicieron posible la revolución del 52.

Céspedes fue parte de ese movimiento. Si Carlos Montenegro fue el ideólogo, el “Chueco” fue el luchador desde la pluma, desde la tinta y el papel.

 

Mi historia, la historia

Luego vinieron El Dictador Suicida y El Presidente Colgado, relatos autobiográficos de la vida de Céspedes y de dos gobiernos en los que intervino (el de Germán Busch y el de Gualberto Villarruel). Para hacerlo, se remontó hasta el liberalismo y también a su paso por el gobierno de Hernando Siles.

Céspedes parafrasea a Eustaquio Rivera que decía que en su juventud jugó el corazón al azar y se lo ganó la Violencia, algo explicable para un colombiano como el autor de La Vorágime. Para el autor de Trópico Enamorado, la apuesta fue diferente: “… en mi infancia el corazón me fue ganado por la política”. (El Dictador Suicida. Pág. 13)

Y también por el periodismo. Su columna La esquina de los Desocupados, que apareció en La Calle, bien merecía una recopilación pues en ella se retrata el columnista combativo que fue, de cuerpo entero. Luego escribió trabajos para La Nación (del que fue director lo mismo que en una etapa lo fue de La Calle) para el desaparecido Hoy y Última Hora donde Ted-Córdova Claure bautizó su columna como Sangre de Mestizos.

En una entrevista realizada por Alfonso Gumucio Dragón, reunida en el volumen Provocaciones, Céspedes dice: “La época que recuerdo con mayo agrado en mi vida de periodista es la de La Calle de la que fui el director político. La intensa y apasionada labor de competir con los saurios de la pensa capitalista y combatir a la Rosca económica y política, con la única arma de la inteligencia, la posibilidad de rebelarnos contra el status colonial y la anticultura de una hoja irrespetuosa de las levitas de los próceres y de los tabúes imperiales; y del haber incubado la Revolución nacional con tres máquinas de escribir y dos linotipos, forjan el tiempo de hierro, ya que no del oro de mi labor periodística …” (Provocaciones. Pág. 74).

 

Luces y sombras

Fue un hombre de luces y sombras. Hay quien todavía le critica que hubiese sido embajador ante la Unesco en tiempos de la dictadura, o sus ideas nacionalistas. Lo trascendente hoy es el que el “Chueco” fue capaz de producir una literatura sin cuya lectura sería imposible entender a Bolivia, y eso más allá de sus posiciones coyunturales.

¿Descubrirán los bolivianos a Augusto Céspedes ahora que ha muerto?, las quejas de su viuda en sentido en que no le dieron “El Cóndor de los Andes” son absolutamente pertinentes. El propio Congreso Nacional, estuvo postergando la medalla que finalmente le confirió. Una noche en que festejábamos su cumpleaños 90, me confesó: “cuando me convoquen para darme la medalla les diré que muchas gracias y me comprometeré a estar en el Parlamento. Pero –los ojos se le achicaron aún más- no iré”. Finalmente, fue. Contradictorio, pero vital, hizo del arte de narrar su pasión, fundiendo su sangre en la tinta con la que escribía.


 


Augusto Céspedes o la pasión de narrar

por 
Jaime Iturri Salmón

Pequeño y muy delgado, ligeramente encorvado, con  el caminar inseguro de quienes requieren de bastón para continuar la marcha y que al mismo tiempo no hacía más que acentuar su apodo: el “Chueco”. Pero bastaba que abriera la boca para que esa sensación de inseguridad desaparecería.
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