Historia política

Sucre vivió aprisa y murió a los 35 años

Simón Bolívar veía a Antonio José de Sucre como aristócrata. Pero este aristócrata desde muy joven empuñó el sable, y aunque no medía más de 1,65 y calzaba 35, era un gran luchador y tenía muchas agallas.

En el rostro limpio y claro se podían divisar los vestigios flamencos de su madre. Las patillas que le llegaban casi al final del rostro y su hábil manejo del sable eran la herencia paterna que vivieron con él 35 años. Sus ímpetus revolucionarios eran señal del lugar y la época de su nacimiento: Cumaná (Venezuela), 1795.

Su padre, Vicente de Sucre, teniente de infantería, y su madre, María Manuela de Alcalá, llevaron ante el párroco al futuro presidente de Bolivia cuando éste apenas tenía 17 días de vida. A los 20 días de febrero de 1795, un español, el sacerdote castrense Francisco Josef del Águila, sostuvo entre sus manos al Libertador de tres países de América. Lo bautizó con tres nombres: Josef Antonio Francisco y dos apellidos: Sucre Alcalá. Así entró al mundo católico el futuro Mariscal de Ayacucho.

María Manuela se encargó de su formación durante los primeros siete años de su vida. Al morir ella, su educación estuvo a cargo de la escuela de su tía María de Alcalá. Según el historiador José Roberto Arze, el joven también habría tenido un maestro particular como Bolívar.

La familia de Antonio José de Sucre tenía en el trabajo de las tierras el principal soporte económico. Su entorno había crecido asentado sobre fuertes raíces europeas. Sin embargo, él iba en contra del régimen establecido por la corona. Aunque tenía inclinaciones rebeldes, no pudo con su estirpe. Simón Bolívar, el primer biógrafo de Sucre, dice de él que se consideraba sencillo y popular cuando, en realidad, era de temperamento aristocrático.

Pronto la sangre guerrera del teniente Vicente se propagó por las venas de Antonio José y éste deseó seguir su vida marcando su destino por el filo de la espada.

Aún adolescente entró a la escuela de ingenieros del coronel español Tomás Mires, pariente suyo. Quería ser ingeniero militar. Más de cuatro años estudió álgebra, geometría, trigonometría, agrimensura, fortificación y artillería.

Cuando en 1810 la capital de Venezuela, Caracas, se alzó en armas, la ciudad occidental de Cumaná se alineó del lado de la insurrección. Había que reclutar voluntarios y los rebeldes fueron a golpear la puerta de la figura prominente de Cumaná, Antonio José. Él tenía sólo 15 años.

No era robusto, sí delgado, pero tenía mucha fortaleza física. Tampoco era alto, medía 1,65. Las botas que lucía en las batallas eran talla 35. Su sable, de más de medio metro, se tiñó de sangre desde su adolescencia. Tenía buena estrella con las mujeres. Sus biógrafos afirman que tuvo más de un hijo fuera del matrimonio.

Antes de incorporarse al ejército rebelde sufrió el primer atentado contra su vida. Fue echado al océano por sus enemigos. Él nadó hasta llegar a tierra y luego se incorporó al bando libertario.

Era un hábil negociador. Pudo conseguir armas desde el extranjero. En 1820 estuvo encargado de concertar una tregua con el mismo jefe de las fuerzas españolas, Pablo Morillo. Así el ejército libertario pudo conseguir tiempo para reorganizarse. Luego volvió al ataque y se sucedieron los éxitos sobre los españoles.

Como el hierro que se forja en el fuego, la fortaleza de Sucre fue endureciéndose con las batallas libradas. En la de Ayacucho, llevó a sus hombres a la cima de una colina. Metros atrás, a sus espaldas únicamente el vacío del precipicio hacía sentir su terrible presencia. "Era vencer o morir", dice el historiador Arze. El 9 de febrero de 1824 en Ayacucho, Perú, se consolidó la independencia de Bolivia.

Después de Bolívar, Sucre fue el segundo presidente constitucional de Bolivia. Durante su gobierno se dio impulso a la educación, especialmente de los niños. También promovió el desarrollo de los hospitales y centros de salud. En su gestión se creó la Corte Suprema de Justicia.

"Me han criticado el haber sido demasiado blando, pero yo no he de cambiar en esto nunca", fueron sus palabras en su mensaje de 1828, cuando dejó el mando del país. En los hechos, gobernaba con mano fuerte. Prohibió la propaganda para el régimen español con la amenaza de la pena de muerte. Un oficial criollo lo puso en tanteo y se acercó a los patriotas para colaborar a los españoles. Cuando Sucre lo descubrió, el traidor fue fusilado.

A sus 32 años, una de las debilidades de Sucre se dio a conocer en un cuartel de Chuquisaca: era bastante confiado. Llegó allí para apaciguar una revuelta interna y entró sin tomar medidas de precaución. Una bala que le llegó al brazo fue el mayor atentado a sus ideales. No tardó en renunciar a la presidencia de Bolivia.

Ese 1828, cuando dejó la silla presidencial, tuvo que nombrar una terna para que lo sucediera. Andrés de Santa Cruz fue el nombre que propuso para el cargo. Entre ambos había deudas pendientes que arrastraban desde los campos de batalla.

Mientras Perú y Bolivia aún permanecían bajo el dominio de la corona, Santa Cruz formaba parte del ejército de Sucre. El subordinado solía no hacer caso a las órdenes del general porque consideraba que la independencia de su país debía ser realizada por peruanos. En los hechos, se demostró que sin la incorporación de Sucre y Bolívar, la liberación del país del Cusco era prácticamente imposible. Cuando Santa Cruz asumió, Bolivia estuvo en desacuerdo con el trabajo desplegado por el que entonces fuera su antecesor.

El general

Al héroe de Cumaná no le interesaban los cargos militares y sólo aceptó la nominación de General cuando Bolívar se la impuso.


Los enemigos de Sucre fueron germinando y ya no entre los españoles, sino entre los habitantes de los países libertados por él. Sus medidas en contra de la esclavitud y a favor de una democracia mayor sólo para los letrados, le ocasionó rivales criollos poderosos. El colombiano Juan José Flores y el venezolano José María Ovando veían en el Mariscal de Ayacucho un rival para sus intereses. Entonces, empezó la confabulación para su asesinato.

Apolinar Murillo, quien participó en el asesinato de Sucre, fue llevado al paredón después de haber confesado. Aunque antes de morir aseguró que sus acciones habían obedecido a las órdenes de Ovando, no se hizo proceso alguno en contra del autor intelectual del crimen de Sucre.

El Mariscal de Ayacucho vivió aprisa sus 35 años. A esa edad tenía un sueño que le había revelado en una carta a su amigo, Simón Bolívar. El sólo quería "vivir en una modesta casa y tener una bonita colección de libros". La mañana del viernes 4 de junio de 1830 montó su caballo, bajó el sable y fue en busca de su ansiada paz a Ecuador. Junto a él iban siete personas. La comitiva avanzaba en fila india por un desfiladero en el sendero de Cabuyal. Alguien gritó: "¡General Sucre!". El Mariscal volteó y los disparos demostraron que la sangre que circulaba por sus venas no era azul, sino roja. Según la Gaceta de Colombia del 4 de julio de 1830, las últimas palabras que pronunciaron sus delgados labios fueron: "¡Ay, balazo!".

 

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