El corazón del país movía $us 10 millones al mes en su época de oro

A la una de la tarde del 15 de mayo de 1892, las ruedas de metal disminuyeron su ritmo. Un último quejido escapó del ferrocarril. El tren -que vinculaba al puerto de Antofagasta con Oruro- detenía su marcha y anunciaba el progreso de una de las ciudades bolivianas más pujantes de la época: Oruro.

"Este suceso que importa la incorporación de Bolivia al comercio universal, que abre nuevas expectativas a la actividad industrial y estrecha las relaciones de los pueblos entre sí, no puede menos que constituir un motivo de júbilo", fueron las palabras del ministro de Obras Públicas y Guerra, Telmo Ichaso.
Aquella lejana tarde de 1892 el negocio del estaño se puso sobre rieles. Sangre española, yugoslava, alemana, judía y árabe llegó al país para invertir en la riqueza del subsuelo minero.

Cuando 1900 abrió los ojos, el flujo monetario era de 80 millones de bolivianos al mes, más de 10 millones de dólares, según el ex senador Federico Ramírez López. Las tres sílabas de Oruro pesaban lo mismo que Londres o París.
Ramírez relata que los servicios de alcantarillado, teléfono y señalización vial arribaron a la ciudad antes de 1940. Él, a los 84 años, recuerda haber estrenado aquellos beneficios, casi simultáneamente a los europeos.

A comienzos del siglo pasado, el crecimiento económico de la ciudad iba de la mano del progreso. La Universidad Técnica de Oruro abrió sus puertas en 1906 y las firmas extranjeras también decían 'presente'. El empresario chileno Juan Durán Zenteno se dedicó a la importación de vehículos marca Ford hacia Oruro y Bolivia. La casa de neumáticos Gundlach encontró un potencial mercado en la tierra de Pagador. Serafín Ferrufino trajo a Bolivia las primeras máquinas Singer, además de máquinas de escribir y bicicletas desde el Viejo Mundo. Para las fiestas, a las que asistían los barones del estaño: Mauricio Horschild o Simón Patiño, la tienda importaba instrumentos de orquesta: pianos, trombones, violines y clarines, entre otros.

Cortinas de metal se alzaban y las marcas extranjeras se ubicaban entre las calles Bolívar, Pagador, Soria Galvarro y Ayacucho. La plaza 10 de Febrero era el verdadero eje sobre el cual se dinamizaba la ciusdad. Antes del inicio de la Guerra del Chaco, 66 firmas internacionales se movían en la urbe.
Ramírez cuenta con orgullo la vez que conoció a una señora en Colorado, Estados Unidos. Ella le preguntó: "¿De dónde es usted?" "De Oruro" fue la respuesta que dejó una expresión de asombro y respeto dibujada en la mujer. "Es que Oruro era Oruro".

En 1920, el orureño que necesitaba algún calmante podía ir a la botica alemana N. Kummel, ubicada entre las calles Bolívar y Potosí; o, si prefería, podía caminar un par de cuadras sobre la Bolívar y antes de llegar a la calle Soria Galvarro tenía abiertas las puertas de la farmacia inglesa Harry O'Donell. Un día, la salud de Oruro decayó mortalmente.
Ramírez señala al 7 de julio de 1939 como el día del derrumbe. El presidente Germán Busch dispuso la entrega obligatoria de divisas en el monto del 100 por 100 al Banco Central de Bolivia por las exportaciones de minerales. En 1953 la nacionalización de las minas alejó a las firmas extranjeras de Oruro. El ferrocarril disminuyó su marcha y el futuro se vio lejos, muy lejos.

El prestigio de la minería fue decayendo. "Como dijo un hombre de quien es mejor olvidar su nombre: 'Cuando un minero va a un banco, lo reciben como si tuviera lepra'", comenta Nicolás Papic. Él recuerda, a sus casi ocho décadas de vida, los años gloriosos de Oruro, cuando los de su gremio fundaron el Banco Minero.


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