LA
PATRIA ABOFETEADA.
Empieza a clarear el viernes. Las olas de un mar sereno
de pleno verano besan las playas blancas de Antofagasta. A
una playa cercana al puerto llegan los pescadores con una
buena cosecha de congrio. Al descargar las redes, los pescadores
divisan en lontananza la silueta de dos navíos, pero
siguen su labor antes de que despunte el día. Por lo
demás, a la bahía de Antofagasta suelen llegar
navíos de toda laya y, desde enero, permanece anclado
el acorazado de bandera chilena Blanco Encalada.
Los
primeros rayos del sol iluminaron los vetustos edificios
públicos, casi en ruinas a pesar de los modestos
arreglos que se hicieron tras el maremoto de mayo de 1877.
El
prefecto Severino Zapata apuraba el desayuno. Día
14, es el día fijado para el remate de los bienes
de la Compañía de Salitre y FFCC de
Antofagasta, que se negó a pagar una y otra
vez un tributo destinado a la reconstrucción de los
edificios públicos de Antofagasta.
Las
salvas de artillería, que provenían de la
bahía, espantaron a gaviotas y palomas y despertaron
a la población. Eran casi las siete de la mañana
y pronto se supo que el Blanco Encalada saludaba
con siete cañonazos a su gemelo el barco blindado
de guerra Lord Cochrane, de 3.650 toneladas,
y a la corbeta O'Higgins, que se acercaban lentamente
al puerto.
Zapata
convocó rápidamente a la gendarmería
en la Prefectura, y los curiosos iban agolpándose
en el puerto para ver de cerca a los pasajeros que se aproximaban
en un bote que descendió del acorazado.
Ya
en el puerto, el visitante, el capitán chileno José
Borgoño, abriéndose paso entre sus compatriotas
que conformaban la mayoría de la población
preguntaba a modo de saludo: El cónsul de Chile,
el cónsul de Chile mis amigos, dónde está.
Ahí
estaba, entre los curiosos. Yo, soy yo, Nicolás
Zenteno. Se saludaron. Vengo en calidad de parlamentario
ante las autoridades bolivianas. Quiere guiarme?.
En
la Prefectura esperaba el coronel Zapata, a quien Borgoño
entregó el mensaje. Chile consideraba que Bolivia
había violado el Tratado de Paz y Amistad de 1874
y ordenaba tomar posesión del territorio comprendido
hasta el grado 23 a sus fuerzas militares. A
fin de evitar todo accidente desgraciado dijo Borgoño,
espero que tome las medidas para una posesión pacífica.
Zapata,
al mando de 60 gendarmes con fusiles de baqueta, apenas
podía contar con el apoyo de los 500, o poco más,
ciudadanos bolivianos afincados en Antofagasta. En realidad,
no podía humanamente contrarrestar la acción
que comandaba el general chileno Emilio Sotomayor.
No
hay fuerzas con qué poder contrarrestar a tres buques
blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino
cuando se consuma la invasión, respondió
la autoridad boliviana.
Iban
a dar las ocho y media de la mañana, cuando desembarcaron
en el puerto unos 200 soldados, que llegaron en el acorazado.
En medio de la algarabía de sus compatriotas tomaron
la calle Bolívar hasta la Washington hasta la plaza
de armas Colón. Más de tres mil rotos
de poncho, encabezados por otros de levita, se amotinaron
y, entre la algazara más espantosa se dirigieron
a la Prefectura. Allí arrancaron el escudo boliviano
y lo rompieron para izar después el pabellón
chileno y tomaron el cuartel, escribía un cronista
de El Comercio el día 15.
Fueron dos largos días de burlas y humillaciones
para los bolivianos, de quienes se sentían dueños
de casa, hasta que llegó el Amazonas,
un vapor de pasajeros obligado a cambiar su pabellón
por una bandera chilena. En fila, asediados por los emigrantes
chilenos, esperaban abordar la nave. En los registros del
muelle y las mismas turbas les despojaban lo poco que alcanzaron
a recoger de sus bienes. En medio, iba Genoveva Ríos,
la hija de 14 años del comisario de la Policía
Marítima, que salvó la bandera del agravio
enfurecido y la escondió en su cuerpo para subir
al Amazonas.
El
vapor se alejaba del muelle, con su clásica bocina
del adiós, que sonaba amarga y triste a los desolados
bolivianos que lo perdieron todo. Hasta el suelo patrio.
En
Antofagasta se organizaba la autoridad chilena y en sus
calles circulaba de mano en mano la proclama del prefecto
Zapata, impresa clandestinamente por El Litoral, periódico
antofagastino.
Hoy
se ha realizado un atentado incalificable, un escándalo
que jamás se presentará en pueblos civilizados.
Sin fuerzas para combatir a los invasores que, alentados
por nuestra debilidad, hacen gala de entereza usurpando
derechos, hollando la dignidad de los bolivianos, aherrojando
a las autoridades, consumando en fin, un hecho que no necesita
definirse para ser conocido en toda su monstruosa deformidad
e injusticia, expresaba en párrafo sobresaliente
la proclama que terminaba convocando a los bolivianos: La
primera autoridad, a nombre de la Patria abofeteada, os
llama a que os reunáis en torno del desgarrado pabellón
de Bolivia, para repetir nuestra protesta, único
camino que nos deja la suerte.
Día
domingo, 16. El sol se ponía pintando de rojo el
cielo en el verano, mientras se confundía en la línea
del horizonte la silueta del Amazonas, y las
olas volvían una y otra vez a besar las playas blancas
cercanas al puerto de Antofagasta.
Que
sepa chile que los bolivianos no preguntan cuántos
son sus enemigos para aceptar el combate.
UN
OASIS ENSANGRENTADO.
Los alfalfares que rodeaban Calama se mecían con
la brisa y las aguas del río Loa jugueteaban entre
las piedras, intentando canciones y alegres rumores, muy
ajenos a la creciente tensión de la población.
En
realidad, desde la última semana de febrero la tranquilidad
de la acogedora Calama, un punto estratégico
para los viajeros entre la costa y el altiplano, el sur
de Perú y el norte de Argentina se iba perdiendo
por las noticias que llegaban de la ocupación de
Antofagasta y varias otras pequeñas poblaciones en
las que vivían muy pocos bolivianos y muchos chilenos.
A
diario arribaban grupos de ciudadanos y de gendarmes con
la idea de agruparse y buscar formas para hacer frente al
invasor. El subprefecto Fidel Lara y el forense, abogado,
periodista y profesor Ladislao Cabrera reunían armamento
y llamaban a bravos dispuestos al sacrificio.
Temprano
en la mañana del 16 llegó un mensajero del
Ejército chileno, que ya se encontraba en Caracoles,
para demandar a las autoridades la rendición de Calama.
Sereno,
pero firme, Cabrera contestó al mensajero: Defenderemos
hasta el último trance la integridad del territorio
boliviano y en su proclama afirmó: Que
sepa Chile que los bolivianos no preguntan cuántos
son sus enemigos para aceptar el combate.
La
vigilia de los pobladores del oasis que era Calama duró
una semana. Siete días que se hicieron cortos para
el grupo que preparaba su defensa, con fosas aquí
y allá, parapetos. Muy a su pesar destruyeron los
puentes de acceso al poblado para impedir el paso de los
invasores, pero dejaron listas unas tablas para unir nuevamente
las orillas en caso de necesidad.
Amanecía
el día 23. El sol bañaba los alfalfares y
apenas se oía el ruido de la brisa sobre el trino
de las aves. Los cascos de caballos rompieron el silencio
y, a lo lejos, la polvareda indicaba que el Ejército
chileno se acercaba a Calama. Eran 544 combatientes y llevaban
dos piezas de artillería de montaña y una
ametralladora.
Todo
trascendía paz. La tropa chilena de los Cazadores
avanzaba confiada. Probablemente iba a ser otra ocupación
incruenta, sin mayor resistencia. Tal vez, como en Antofagasta,
sus compatriotas podrían recibirles como salvadores.
Cuando
estaban a tiro, fueron recibidos con descargas de
fusilería de los bolivianos parapetados en la orilla
opuesta del Loa. Se encabritaron los caballos, hubo confusión
entre los jinetes y se volvió un precipitado repliegue,
relató el cronista chileno Félix Navarra.
Los bolivianos envalentonados con esta retirada, con
un valor digno de ser reconocido añadía
abandonaron sus parapetos y persiguieron a los Cazadores.
Los
valientes eran Eduardo Abaroa, el mayor Juan Patiño,
el oficial Vargas y ocho rifleros que defendían el
puente Topáter, y que prestos colocaron las tablas
para cruzar el río y correr tras los invasores.
Más
allá, camino a Cobija, cerca al puente Carvajal,
unos cuarenta soldados chilenos lograron atravesar el río
y entablaron un duro combate con 24 civiles bolivianos que
se instalaron en el ingenio de minerales de Artola. Parecía
que iban también a replegarse. Pero pronto llegaron
refuerzos. Calama fue ocupada por la retaguardia sin mayor
oposición, mientras los guerreros continuaban batiendo
al enemigo. Cabrera se dio cuenta de que ya no podían
más y ordenó la retirada de sus hombres en
dirección a Chiuchiu, Canchas Blancas y Potosí,
hacia el norte.
El
toque de retirada hirió los oídos, el corazón
y el alma de Abaroa, que ayudado por el peón que
le acompañaba, seguía combatiendo en solitario
contra los chilenos. El toque de retirada no era para él.
Despidió a su peón con encargos para su mujer
y sus cinco hijos. Se quedó en la zanja, malherido,
sucio, pero dispuesto a impedir con su vida el paso del
chileno. Tenía aún cargado su Winchester y
las armas de los caídos, con las que no dejó
de disparar hasta la agonía. Había logrado
la caída de muchos chilenos, pero continuó
el combate. Abatido por las balas enemigas, Abaroa quedó
tendido. Cuando los enemigos se acercaron, se dieron cuenta
de que combatían en contra.
El
polvo cubría los alfalfares y las aguas del río
Loa, teñidas de sangre, golpeaban enloquecidas contra
las piedras y se perdían por el desierto hasta el
mar.
En
San Francisco el enemigo quedó solo tras el repliegue
aliado, con una impensada victoria.
EL
CABALLERO DEL PACÍFICO.
Era mediados de otoño, mediados de mayo, cuando el
grueso de la Armada chilena buscaba en la inmensidad azul
del Pacífico a su rival, peruana que, no mucho tiempo
antes, paseaba su supremacía sobre Chile.
En
su viaje al norte, el mando naval chileno dejó a
la altura de Iquique las corbetas de madera Esmeralda
y Covadonga, con reducida artillería
pero veloces.
Los
blindados peruanos Huáscar e Independencia
se dirigían al sur en misión de patrullaje,
y pronto llegaron a Iquique, donde divisaron a las corbetas
chilenas, que supusieron serían una presa fácil.
El
capitán Miguel Grau, al mando del Huáscar,
se hizo cargo del Esmeralda y ordenó
fuego en su contra, pero la veloz corbeta podía esquivar
los cañonazos que, por otro lado, iban sin puntería
debido a que los hombres no recibieron entrenamiento previo
y, a pesar de los esfuerzos y las cortas distancias, no
podían dar en el blanco.
Similar
situación confrontaba el peruano Independencia
que perseguía a la viejísima Covadonga,
una corbeta capturada a los españoles en 1866, que
no pudo ser alcanzada por los disparos del blindado. Tampoco
los hombres del Independencia recibieron instrucción
previa.
Las
horas pasaban en un prolongado juego del gato y el ratón.
Grau ordenó entonces embestir al Esmeralda,
que rápidamente sucumbió. El capitán
chileno Arturo Pratt valerosamente abordó al asalto
al acorazado pero fue abatido por la metralla de los peruanos,
mientras los demás combatientes del hundido Esmeralda
trataban de mantenerse a flote en el agua.
Grau,
en gesto de leal caballerosidad, recogió a los náufragos
y los llevó al puerto de Iquique, en medio de los
vítores de los propios vencidos como expresión
de agradecimiento por respetar su vida.
Entretanto,
el juego del gato y el ratón entre el Independencia
y la corbeta Covadonga tuvo otro final. De poco
calado, la corbeta se acercó a la orilla y el acorazado
encalló y empezó a hundirse. Los inermes marineros
peruanos trataban de mantenerse a flote, pero desde la corbeta
los acribillaron en el agua sin dejar a uno vivo. Cuando
Grau se percató de la situación, era ya muy
tarde e irremediable.
A
partir de entonces, el Huáscar y su comandante
Miguel Grau se convirtieron en la pesadilla de los chilenos.
Durante cuatro largos meses asoló puertos chilenos,
bombardeando de sorpresa ciudades portuarias, echando a
pique buques y goletas como Clorinda, o apoderándose
de lanchas como Rímac, que llevaba pertrechos
y 250 jinetes de refuerzo.
En
Bolivia y Perú, la figura de Grau crecía y
sus acciones pronto se convertían en leyendas con
aura romántica.
El
mando chileno no podía tolerar por más tiempo
esa situación. Decidió ponerle una trampa
en Punta Angamos, frente a la península boliviana
de Mejillones.
Era
el ocho de octubre. El Huáscar y la corbeta
Unión discurrían por las aguas
en tarea de patrullaje con dirección a Antofagasta.
Cerca al timonel, Grau miraba el horizonte y, a lo lejos,
divisó a tres buques chilenos: el Blanco Encalada,
el Matías y la corbeta Covadonga.
Ordenó la marcha a toda máquina para escapar
de las naves que se acercaban. Y de pronto, casi frente
a ellos aparecieron otros tres, el acorazado Lord
Cochrane, el O'Higgins y Chacabuco.
La
Unión, una corbeta de 1.150 toneladas,
pudo escabullirse. El objetivo era la nave de Grau. Los
acorazados chilenos enfilaron sus cañones sobre el
Huáscar, un monitor de 1.100 toneladas,
cuya proa voló en mil pedazos, junto con Grau y varios
tripulantes. Los sobrevivientes intentaron hundir su nave
para que no caiga en manos enemigas, pero los atacantes
impidieron esa operación y, finalmente, pudieron
arrastrar al Huáscar como uno de los
más caros trofeos de guerra hasta Valparaíso.
Corría
el mes de octubre, era plena primavera. Perú había
perdido su poderío naval. Sin enemigos en el mar,
Chile podía seguir la conquista, ahora también
por tierra, siempre hacia el norte.
UNA
TOMA BAJO OJOS PATERNALES.
Faltaba poco para acabar el año, uno fatídico
y prolongado para la alianza Perú-Boliviana. El sol
del 2 de noviembre despuntaba sobre Pisagua, puerto salitrero
de un pequeño poblado peruano entre la playa y los
acantilados.
Los
primeros rayos iluminaron también las siluetas de
una quincena de barcos frente a Pisagua y, más atrás,
casi en el horizonte, otros cuatro buques de guerra.
Eran
el Pelican, Thetis, Shannon
y Turquoise de Gran Bretaña y el Hugon
de Francia, cuya tripulación iba a ser testigo de
un desigual combate, y cuyo mando observaba paternalmente
las acciones bélicas chilenas destinadas a consolidar
el patrimonio de las riquezas de salitre, guano y otros
minerales que ambas potencias juzgaban importantes detentar.
Temprano en la mañana, los diez mil hombres estaban
listos para desembarcar en 44 lanchas, diseñada para
el efecto.
En
tierra, los peruanos trataban afanosamente de apuntalar
el emplazamiento de un cañón en la parte norte
de Pisagua. Eran las dos únicas grandes defensas
de los aliados. El mismo comandante del Ejército
Aliado del Sur, el general peruano Juan Buendía,
había llegado para una inspección.
De
los 1.125 hombres, 900 eran bolivianos, y todos conformaban
los batallones Independencia, Primera Compañía
del Victoria y los Nacionales de Pisagua.
Con
la respiración contenida, los soldados aliados esperaban
con el agua a la cintura a los enemigos. El silencio se
hizo trizas con el ensordecedor ruido de los cañones
que disparaban desde los barcos de guerra para cubrir el
desembarco e intentar llegar a la playa por oleadas.
El
cañón aliado emplazado al norte se estrenó
con un solo disparo, tras lo cual quedó inutilizada;
la otra pieza, emplazada al sur, disparó algo más
pero pronto estaba fuera de combate por la artillería
chilena.
Las
balas de los aliados hundieron varias lanchas con sus tripulantes,
hasta que el mando chileno dispuso desembarcar en playas
aledañas y atacar por los flancos. Los refuerzos
de los aliados, que bajaron rápidamente desde los
acantilados, sirvieron de poco. Un cañonazo en los
depósitos de salitre causó un incendio y una
humareda tan fuerte que los defensores comenzaron a replegarse
por la línea férrea .
El
telégrafo de Pisagua dio cuenta de las acciones.
Muchos kilómetros más al norte, otras tropas
aliadas pudieron saber del combate en Pisagua entre el batallón
Independencia y la escuadra chilena.
A
la par que recibía el mensaje, el telegrafista gritaba:
seis lanchas a pique... batería derecha, desmontada...
se quema carbón de piedra, salitre... arde puerto...
dos compañías de Granier bajan... bolivianos
a bayoneta... desembarcan chilenos... bolivianos en retirada,
dos cornetas en media cuesta tocan ataque... y no
se oyó nada más.
Eran
las dos y media de la tarde cuando las diezmadas tropas
aliadas empezaron a subir la cuesta de los acantilados,
la cuesta del Hospicio. De los 427 combatientes del Independencia,
apenas quedaban 44 y, del total de defensores, 941 murieron
o fueron hechos prisioneros.
Los
157 aliados sobrevivientes se alejaban de prisa de Pisagua,
reducido a cenizas. Detrás quedaba en el suelo un
reguero de cuerpos, y en el cielo, una enorme nube negra.
En el horizonte marino se distinguía aún la
silueta de aquellos barcos, cuyos mandos no habrán
podido ocultar su contento ante el éxito de la operación.
Las
detonaciones se asemejaban a una tempestad que aumentaba,
ganando terreno el enemigo.
DESENTENDIMIENTO.
La dureza del suelo, que hería los pies descalzos
de muchos soldados, el agobiante calor de noviembre en el
desierto, la sed, el hambre y la pena en el corazón
por la derrota hicieron difícil la retirada hacia
Dolores, pero fue aún más dificultosa por
las marchas y contramarchas que se hicieron por desconocer
el terreno de la zona.
El
general Buendía y sus tropas pasaron por Agua Santa,
cuyos depósitos de agua había mandado a destruir
anteriormente, y empezaron la penosa travesía sobre
las calicheras, como así se llamaban los suelos duros
de salitre con aristas como cuchillos que destrozaban los
zapatos y los pies de los soldados, mientras que ese mismo
día, muchos kilómetros más arriba,
el general Hilarión Daza, con tropas hambrientas
y sin provisiones ni animales, retomaba el largo camino
de vuelta.
Finalmente,
el 19 de noviembre, las tropas aliadas llegaron a una planicie
a los pies del cerro San Francisco, cerca a los pozos de
agua de Dolores. Los aliados, que habían reunido
a 4.000 bolivianos y 5.000 peruanos, podían distinguir
los uniformes azul y rojo de sus enemigos, instalados ya
en la cima del cerro. Eran aproximadamente 4.500 hombres.
Sus refuerzos, otros 1.500 venían de los territorios
ocupados por Chile y otro tanto con más pertrechos
se acercaba en el tren que los aliados abandonaron sin destruirlo.
Eran unos 7.500 hombres.
Entre
algunos aliados empezó a cundir el desasosiego por
las rencillas de los mandos superiores, además ahora
estaban dando todo el tiempo del mundo a los enemigos y
parecía que habían dispuesto acampar en el
entendido de que era mejor combatir al día siguiente
para conseguir una victoria.
A
algún nervioso boliviano que manipulaba el arma se
le escapó un disparo fortuito. Pronto, el estampido
fue confundido con un cañonazo chileno que desató
las ansias de combate. Los aliados comenzaron a subir las
laderas del cerro, sin poder oír por el estrépito
las órdenes en contra.
Tomaron
la vanguardia los batallones Illimani y Dalence de Bolivia,
Zepita y Ayacucho de Perú. Trepaban con agilidad
y raudos llegaron a la cima ante la sorpresa de sus enemigos.
Desalojaron a los artilleros chilenos de los cañones
y se trenzaron en una lucha cuerpo a cuerpo.
Mientras
tanto, un enjuto y pequeño hombrecito orureño
se montó sobre un cañón alemán
Krupp de los chilenos. Y, a iniciativa propia, sus poderosos
pulmones difundieron las notas que llamaban a asalto. Era
el corneta Mariano Mamani, músico de profesión.
El Olañeta boliviano se suma al ataque junto con
otras unidades. Los comandantes del Illimani, coronel Pachacha
González, y el del Zepita, Ladislao Espinar, protagonizaron
heroicos actos .
Pronto,
la reacción chilena no se hizo esperar y desplegó
todo el fuego de artillería posible. Los flamantes
cañones Krupp, con un alcance de 4.000 metros, sembraron
el desorden y después el caos.
El
general Buendía avanzaba hacia el norte para controlar
los pozos de Dolores, pero detuvo la marcha cerca a la línea
del ferrocarril, por donde pasaba el tren con tropas chilenas.
Ya no pudo reunirse con su segundo, el coronel peruano Belisario
Suárez, que marchaba por el ala izquierda para desbordar
las alturas del Oeste y caer sobre los enemigos por la retaguardia.
Lentas y desorganizadas, sus tropas se encontraron bajo
fuego combinado de la fusilería y los cañones
chilenos. Las tropas aliadas en la planicie comenzaron a
retroceder. Viendo ello, quienes estaban en las laderas
comenzaron a bajar veloces. La caballería peruana
retrocedió también. Los aliados que esperaban
en la retaguardia confundieron el repliegue con un ataque
enemigo y, en medio de la polvareda, comenzaron a disparar
contra sus propios camaradas, sin saberlo.
Sin
paladear victoria, bajo el agobiante calor, con hambre y
sed, los aliados retomaron la marcha.
En
San Francisco quedaron solos los chilenos, con una nueva
e impensada victoria. Tardaron varias horas en reaccionar
y salir en busca de sus enemigos. Para entonces, los aliados
al mando del general Buendía estaban próximos
a Tarapacá, 130 kilómetros de Pisagua.
LOS
DUELOS A MUERTE.
Buendía estaba seguro de ir al Norte, pero la vanguardia
erró otra vez el camino yendo al suroeste... Al amanecer
del 22 llegaron a Tarapacá, un pueblito de un millar
de habitantes, con casitas de barro, enclavadas en una fértil
quebrada bordeada por un río.
Con
el polvo de las planicies de San Francisco aún en
la boca, Tarapacá era un paraíso para los
aliados. Agotados, sedientos y hambrientos, todos se dieron
a la tarea de recuperar fuerzas y estaban tan empeñados
en ese afán que, hasta al comandante Buendía
y a su Estado Mayor se les olvidó organizar patrullas
y designar centinelas en el lugar a fin de alertar la presencia
enemiga. El coronel Suárez envió a dos divisiones
hasta Pachica, poblado al noreste de Tarapacá, a
fin de obtener allá provisiones.
También envió a un estafeta para pedir socorro
a la quinta división peruana, que resguardaba el
puerto de Iquique, el más importante de Perú
en esa zona, donde permanecían prisioneros los marineros
de la corbeta chilena Esmeralda. La división
peruana del coronel Ríos partió inmediatamente,
pero dejó sin protección al puerto, tomado
inmediatamente por los prisioneros insurrectos y apoyados
por su Ejército que, así, sin resistencia,
ocupó Iquique.
Mientras
las tropas aliadas descansaban, desde San Francisco partió
el regimiento Granaderos de Chile con 450 jinetes. Al lugar
llegó un nuevo refuerzo de 3.250 hombres del Segundo
de Línea que no había desembarcado en Pisagua,
además de ocho cañones Krupp.
La caballería chilena se encontraba en las proximidades
de Tarapacá el día 25. También se acercaba
el coronel Ríos al mando del batallón Loa,
tropas que si bien eran del Ejército peruano estaban
conformadas por bolivianos afincados en las salitreras del
sur de ese país. En el pueblo y sus alrededores estaban
prestos 2.702 soldados, mientras que con los refuerzos que
se aproximaban el total era de 4.398 hombres.
Para
los cronistas y los historiadores de la época, la
batalla de Tarapacá no fue precisamente un combate
sino una serie de duelos a muerte. En realidad fue un verdadero
choque militar, con una estrategia que permitió derrotar
al enemigo, el día 27.
El
coronel Suárez, montado en caballo blanco, guió
a sus tropas ascendiendo por las laderas de las quebradas,
en cuya cresta se había instalado el enemigo. La
lluvia de balas no impidió que las tropas alcanzaran
la cima y los antagonistas, con bayoneta calada, se trenzaran
en una lucha letal.
Los
cañones Krupp de la ladera oeste, que tantas bajas
habían causado a los aliados, fueron dirigidos ahora
contra las tropas chilenas que empezaron su retirada desordenada,
dejando sus armas en el camino. El coronel chileno Eleuterio
Ramírez, que comandó la ocupación de
Calama, intentó reagrupar a sus hombres, pero los
soldados del Loa arrasaron la tropa. Pronto,
los Granaderos chilenos iban a derrotarlos, pero apareció
el batallón Iquique, que puso en fuga al enemigo.
El
balance en el bando chileno fue de 500 muertos y 300 heridos.
Perdió temporalmente sus pertrechos bélicos,
pues a falta de bestias de transporte, el mando dispuso
enterrarlos o precipitarlos desde las alturas. Entre los
aliados, 236 murieron y 261 quedaron heridos.
Esta
fue la única victoria militar de los aliados; pero
tras una lucha sin precedentes dejaron Tarapacá en
manos enemigas. El general Buendía decidió
seguir su marcha a Arica, adonde llegaron 21 días
después.
Entre
marzo y mayo, los chilenos siguieron avanzando, ocupando
territorio peruano, acercándose a Tacna.
UN
CORAJE DESANGRADO.
Era otra planicie, que pasó a la historia como el
Campo la Alianza, una planicie entre la Quebrada Honda y
el cerro Inti Orcko.
El
alba del 26 permitió divisar una larga hilera azul
y roja, que ordenadamente se iba acercando. Eran los 19.640
chilenos, bien armados y, esta vez, con 70 cañones
Krupp, dispuestos a seguir su avance hasta Lima.
En
la planicie, al mando del general boliviano Narciso Campero
esperaban otros 11.663 hombres, mal dormidos y cansados
por una larga caminata en una frustrada operación
de emboscada la noche anterior.
Y,
a un costado, casi como en un pequeño palco, en carruajes
y carromatos se encontraba de espectadora parte de la sociedad
tacneña. Bien acomodados, esperaban ver el choque
militar, pero los chilenos no entendieron el motivo y les
dispararon.
En
la mañana del 26 al toque de generala, estuvo formado
el Regimiento Murillo, sin que faltasen ni los enfermos
que se hallaban en el hospital de Tacna y que se incorporaron
esa mañana y tras recibir la orden de entrar
en combate entonces fue que la juventud de La Paz
se puso a la altura de su heroico nombre, acometiendo con
tal brío que las guerrillas que nos hacían
frente tuvieron que replegarse precipitadamente a sus reservas,
las que en número considerable desplegaron en batalla,
en formación y apoyadas por ametralladoras.
Este
informe al Estado Mayor del Ejército, dirigido por
Diego Iriondo, segundo en el Murillo, agregaba que, luego
notó la dispersión del Ejército.
Comprendí que estábamos en plena derrota y
no quise sacrificar más a tan valiente juventud.
El
cañoneo ya se había roto de una y otra parte
y las bombas no habían causado ningún mal.
Así seguimos cuando en nuestro costado izquierdo,
y derecho del enemigo, se rompió fuego de fusilería
cuyas detonaciones se asemejaban a una tempestad que, por
momentos, aumentaba, ganando terreno el enemigo, señalaba
en otro informe J. de Villegas, primer jefe del Batallón
Chorolque No. 8.
Eran
las dos y media de la tarde y las bajas sumaban 2.000, y
el campo se veía regado de cadáveres y heridos.
Comenzó el repliegue aliado lentamente, dolorosamente
hasta Tacna. La ciudad, cuartel obligado del mando boliviano
por muchos meses, era inhóspita para los bolivianos
que, tras el Campo de la Alianza, fueron recriminados y
culpados por la derrota sin importar que hubiesen dejado
tanta sangre y tanto coraje en tierra peruana.
Bibliografía
y material gráfico:
General Luis Fernando Sánchez; Archivo de Gastón
Velasco, obras de Roberto Querejazu, Valentín Abecia
y María Luisa Kent.
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