Un trío de riquezas y apetitos políticos abonaron la guerra

El guano, los minerales y el salitre fueron las tres causas económicas de la guerra. La alianza de Bolivia y Perú, las ansias de poder de militares bolivianos y los intereses británicos fueron los aspectos políticos que llevaron a Bolivia y a Chile a las armas.

Los famosos 10 centavos de impuesto que Bolivia intentó cobrar a cada quintal de salitre explotado por una compañía británico-chilena detonaron la guerra del Pacífico. Esa historia -revelada a los niños bolivianos en la primaria- no fue sacada de ninguna leyenda. Es cierta, pero estuvo precedida y rodeada de intereses políticos y económicos que involucraron al menos a media docena de países, entre ellos, por supuesto, a Bolivia y a Chile.

La codicia chilena y británica por el guano, los minerales y el salitre son las tres razones económicas de la guerra. El temor mapocho por la alianza peruano-boliviana y las ansias de políticos y militares bolivianos por tomar el poder son los motivos políticos de la contienda.

Chile, según el relato de Roberto Querejazu en "Chile enemigo de Bolivia antes, durante y después de la guerra del Pacífico", fue el más pobre entre las colonias españolas. Y así nació a la vida republicana. Esa pequeñez se acentuó cuando Andrés de Santa Cruz, en 1836, dio vida a la Confederación Perú-boliviana, a la que Chile se ocupó de combatir hasta hacerla desaparecer en la batalla de Yungay. Esa victoria militar luego se convertiría en una guerra diplomática de Chile en contra de la unión de Perú y Bolivia, muchas veces intentada y nunca realizada.

La historia, que en 1879 derivaría en el desembarco del buque chileno Blanco Encalada en la costa de la Antofagasta boliviana, estaba apenas comenzando cuando surgió la república.

Mientras la política hacía y deshacía en el triángulo conformado entre Bolivia, Perú y Chile, tres especies de aves -guanay, piquero y pelícano- defecaban en la costa del Pacífico boliviano y peruano. Ese guano, un poderoso fertilizante, formaba verdaderos promontorios de hasta 30 metros de alto. Chile no tardó en poner los ojos en esa riqueza natural por la facilidad con que se convertía en dinero en el mercado externo.

Pese a que su Constitución señalaba que el territorio chileno llegaba hasta el despoblado de Atacama, a través de una ley de 1842, Chile se declaró propietario de "las guaneras de Coquimbo, del desierto de Atacama y de las islas adyacentes".

El presidente José Ballivián envió una misión diplomática encabezada por Casimiro Olañeta para pedir la derogatoria de la ley, pero no consiguió nada. En 1863, fuerzas navales chilenas tomaron posesión de Mejillones para consolidar la propiedad que señalaba su ley. Como consecuencia, el 5 de junio de 1863, el Congreso boliviano, reunido en Oruro, autorizó al Poder Ejecutivo a declarar la guerra a Chile si es que no se conseguía desalojar a los usurpadores por la vía de la negociación diplomática. El mismo Congreso aprobó dos disposiciones secretas, una para buscar un acuerdo con Perú, a cambio del guano de Mejillones; y otra para celebrar pactos con potencias amigas.

Perú vaciló en su apoyo a Bolivia y Gran Bretaña, donde acudió Bolivia a conseguir un préstamo, dio mucho menos dinero del que el país esperaba. Lo único que quedaba era buscar un acuerdo pacífico con Chile.

Así estaban las cosas cuando España, dolida por la pérdida de sus colonias, declaró la guerra a Perú y a Chile. Para Chile, entonces, el apoyo de Bolivia hubiera sido crucial porque las fuerzas ibéricas se aprovisionaban en el puerto boliviano de Cobija, lo que dejaba en mala posición a Chile.

Sin embargo, los cambios en la política interna boliviana hicieron virar la historia. Mariano Melgarejo -que se hizo del poder al derrocar a José María Achá- envió tropas en apoyo a Chile y derogó la ley declaratoria de guerra. Los españoles tuvieron que marcharse y Melgarejo, con una inmejorable oportunidad para definir, de una vez y por todas, los límites con Chile, no supo aprovechar la ocasión presentada. Recibió de Chile un título de general de su Ejército y una propuesta para declararle la guerra a Perú con la finalidad de arrebatarle Tarapacá, Tacna y Arica. Los dos últimos territorios quedarían para Bolivia.

Bolivia no aceptó la propuesta; en cambio, en 1866 firmó un tratado de límites con Chile, por el que se dividía el Litoral en dos partes en el paralelo 24, una para Bolivia y otra para Chile. Además, se establecía que las riquezas de Mejillones y Caracoles, entre el paralelo 23 y 24 -donde luego se descubrirían ricos yacimientos de plata- se compartirían entre ambos países.

Agustín Morales, el sucesor de Melgarejo, intentó una negociación para recuperar lo perdido. No lo logró. Chile, por un lado negociaba y, por otro, ayudaba al general boliviano Quintín Quevedo, en su afán de derrocar a Morales. Con la ayuda chilena, desembarcó en Antofagasta para iniciar una revolución que lo llevaría al poder. No pudo avanzar y tuvo que refugiarse en un blindado chileno. Tras el incidente, se sucedieron cartas de protesta, de amenaza entre Chile y Bolivia.

Morales, que había recibido apoyo de Perú para derrocar a Melgarejo, hizo una alianza de defensa con Perú, que esta vez sí aceptó la unión por el temor de que Bolivia se uniera a Chile en su contra.

Si bien Perú y Bolivia firmaron un pacto, no hicieron nada para armarse. Incluso, el Congreso boliviano rechazó el pedido del Ejecutivo de adquirir dos buques blindados para la defensa de las costas. De hecho, la guerra de 1879 halló a Bolivia desprovista.

Chile, que había tomado conocimiento del acuerdo, firmó, en 1874, un nuevo tratado de límites con Bolivia, por el que se mantenía el límite en el paralelo 24, al igual que la medianería entre los paralelos 23 y 24 y se establecía que Bolivia no cobraría impuestos por la explotación de minerales durante 25 años y que no aumentaría los impuestos de los inversionistas chilenos.

Las riquezas de la discordia habían sido el guano y los minerales, pero llegó el salitre -otro fertilizante de alto poder- para completar el trío de las riquezas más codiciadas de la época. Una febril actividad de marca inglesa se instaló en el desierto en torno al salitre. La compañía británico-chilena de salitres y ferrocarril Antofagasta se convirtió en ama y señora de la región.

Los intereses empresariales británicos se mezclaron con los intereses políticos chilenos. Tanto, que los intereses británicos empujaban a los chilenos a apropiarse de Antofagasta y los territorios adyacentes. Esa explosiva combinación de política criolla y empresa europea desembocaron en la Guerra del Pacífico en el año 1879.

Era mayo de 1877, cuando las todavía bolivianas Antofagasta, Cobija, Mejillones y Tocopilla fueron abatidas por un terremoto. Casi un año después y luego de comprobar la magnitud del desastre -en febrero de 1878-, el Congreso boliviano aprobó una ley por la que se establecía que la compañía de salitre debería pagar 10 centavos por cada quintal explotado, dinero que sería destinado a la recuperación de la zona afectada por el sismo.
La salitrera -que entonces tenía entre sus accionistas a los ministros chilenos de Relaciones Exteriores, Alejandro Fierro; de Guerra, Cornelio Saavedra; de Justicia, Julio Segers; al comandante del Ejército, Rafael Sotomayor; y al ex ministro de Guerra, Francisco J. Vergara y al banquero Agustín Edwards como- se opuso a pagar el impuesto y el Gobierno chileno asumió esa representación aduciendo que se estaba violando el tratado de límites de 1874.

Otro incidente, también relacionado con los impuestos, tensó aún más las relaciones. La Junta Municipal de Antofagasta determinó que los propietarios de inmuebles -entre los que estaba la salitrera- pagaran un impuesto para el alumbrado público. El gerente de la empresa, Jorge Hicks, se negó a hacerlo alegando la violación del tratado de límites. La Junta Municipal dispuso su apresamiento. Hicks, en principio, se había refugiado en el consulado chileno, pero finalmente terminó honrando la deuda. Sin embargo, el resentimiento lo indujo a pedir ayuda militar chilena, la que llegó pronta y reforzada con tres buques blindados a Antofagasta.

El Gobierno boliviano, luego de verificar los desastres del terremoto, había decidido cobrar el impuesto al salitre y, tras la oposición de Hicks a pagar el tributo, había pedido su apresamiento.

El 14 de febrero de 1879, que había sido señalado como el día para el remate de los bienes de la salitrera, amaneció con el Blanco Encalada, el blindado chileno, en la costa de Antofagasta. La guerra, en la que Bolivia perdería el Litoral, había comenzado.

Bibliografía:
Chile enemigo de Bolivia antes, de Roberto Querejazu.
Nociones de geopolítica y geografía limítrofe de Bolivia.
Historia de Bolivia, de H.S. Klein. Historiador José Luis Roca.

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