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Bolívar,
aristócrata con sueños de unidad
Hiperactivo
como un niño, extremo en el carácter,
unas veces volcán y otras paloma. Así
era el Libertador que nunca quiso firmar como Presidente
del país.
Frente
alta, pero no muy ancha, surcada de arrugas desde
joven. Cejas pobladas y bien formadas. Ojos negros,
vivos y penetrantes. Nariz larga y perfecta. Pómulos
que sobresalían al hundirse las mejillas,
mostrando una boca de labios algo gruesos con dientes
blancos y uniformes. La distancia entre la nariz
y la boca era notable. El cabello negro, fino, crespo
y algo escaso. Lo llevaba largo en una cola de caballo
entre 1818 y 1821, hasta que empezó a encanecer
y, desde entonces, lo usó corto. Las patillas
y bigote rubios fueron afeitados por primera vez
en Potosí en 1825. Así describe a
Simón Bolívar Palacios uno de sus
allegados, su edecán, el general Daniel Florencio
O' Leary.
Las
investigaciones de José Roberto Arze, profesor
de Bibliografía y miembro de la Academia
Boliviana de la Historia, se han adentrado en la
vida del libertador. "O' Leary afirma que Bolívar
no medía más de 1,67 metros de altura.
Tenía el pecho angosto y el cuerpo delgado,
sobre todo en las piernas, y la piel morena, algo
áspera. Sus manos y pies eran pequeños".
El
aspecto del Libertador cambiaba con su estado de
ánimo. Cuando estaba de buen humor era apacible,
pero terrible cuando se irritaba. No permitía
que en su presencia se hable mal de otras personas.
Era confiado y si descubría algún
engaño, jamás lo perdonaba. Ávido
lector, escribía muy poco de su puño,
sólo a los hombres de su familia o a algún
amigo íntimo. Pero luego de dictar, casi
siempre agregaba uno o dos renglones de su letra.
Luis Perú de Lacroix lo describe diez años
después. "A Bolívar le gustaba
mucho la conversación, sobre todo relatar
sus batallas y triunfos. Solía opinar con
bastante franqueza con los hombres que le colaboraron".
Era
juguetón. Cuando salía de paseo, se
le ocurría hacer una carrera, ganarles y
reírse de los que habían perdido.
Lo mismo pasaba cuando montaba. No era un fervoroso
creyente, pero no faltaba a misa. Le gustaban las
arepas y el pan de maíz tradicional que él
mismo elaboraba. Cuando se ponía de mal humor,
se le pasaba generalmente con un par de carajazos.
Simón
Bolívar Palacios nació en Caracas
el 24 de julio de 1783. Quedó huérfano
muy niño y fue educado por sus tíos
maternos, quienes lo enviaron a Europa. Pertenecía
a la aristocracia criolla y estudió con profesores
particulares.
A
los 19 años regresó casado con María
Teresa del Toro, que murió con una fiebre
amarilla al llegar a Caracas. Nunca más volvió
a casarse. Realizó un segundo viaje a Europa.
Allá conoció al explorador alemán
El Varón Alexander de Humboldt, quien le
dijo que América estaba lista para convertirse
en una región independiente, pero no veía
quién podía dirigir esa empresa.
Luego
de presenciar en Italia la coronación de
Napoleón, se dirigió al monte Sacro
acompañado de su maestro. "Juro delante
de usted, juro por el Dios de mis padres, que no
daré reposo a mi espíritu ni a mi
mano hasta romper las cadenas con que España
nos tiene atados". Bolívar realizó
este juramento inspirado en las ideas revolucionarias
que rondaban la época.
"Nosotros
hemos declarado la guerra a España y veremos
cómo salimos de ella", comentó
Bolívar en 1808. Dos años después
se produjo la revolución en Caracas. Bolívar
estaba en su finca y tardó unos pocos días
en incorporarse a las filas. La junta era eminentemente
aristocrática, en busca de consolidar sus
privilegios. Pero Bolívar era radical y proponía
libertad y unidad, ganándose no pocos enemigos.
Con
Luis López Méndez y Andrés
Bello, Bolívar viajó a Inglaterra
para negociar su apoyo a la independencia, pero
regresó con una negativa, aunque sí
con el apoyo del general Francisco de Miranda.
Uno
de los retratos más difundidos en los establecimientos
educativos del Libertador Simón Bolívar.
Arriba, pintura de autor desconocido. Abajo, un
Bolívar joven: con bigotes y cabello largo
recogido.
En
las casas de los venezolanos hay imágenes
como ésta, de un Libertador bastante rejuvenecido.
De
1810 a 1812, Bolívar, que tenía la
comandancia del puerto Cabello, se enfrentó
al alzamiento de los presos que tomaron la ciudad,
saliendo muy mal parado de Caracas. De ahí
se marchó a Nueva Granada, donde en 1813
hizo una campaña desde Cartagena hasta Caracas
sin una sola derrota. La historia la nombró
la Campaña Admirable. Pero al año
siguiente, los españoles retomaron lo que
se había liberado.
Derrotado se marchó a Jamaica y escribió
una carta que planteaba la situación de América
en 1815 y trazaba el plan de la revolución.
Luis Brion le ayudó con una flota mercante
y en Haití se abasteció de armas.
Pero más tardó en llegar que en ser
derrotado en 1816. Volvió a salir con el
peso de la derrota, pero regresó a América
a fines de ese año, esta vez para quedarse.
Había
muchos detractores. Carlos Piar, mulato, era uno
de ellos. Trataba de levantar una guerra de castas
contra los blancos, hasta que Bolívar lo
hizo ejecutar. Lo mismo hubiese pasado con Francisco
de Paula Santander, pero se convirtió en
gran amigo del Libertador durante ocho años.
Los
triunfos y derrotas culminaron en 1820, cuando convocó
a un congreso en Angostura, para mostrar su propósito
de organización estatal y que su poder no
emanaba de las armas, sino del pueblo. Allí
nació la unión de Nueva Granada, Venezuela
y Ecuador como la Gran Colombia.
En
1920 se logró un armisticio entre España
y América, pero en base a un reconocimiento
tácito de independencia. Los patriotas rompieron
el armisticio a los seis meses y lograron liberar
Venezuela y Quito. A Guayaquil, Bolívar llegó
unos días antes que San Martín, que
libertó Argentina y Perú. La entrevista
entre los líderes emancipadores dejó
recuerdos ingratos en los dos. Ambos guardaron muchos
silencios sobre lo tratado en la reunión,
pero San Martín optó al final por
retirarse.
En
1823, Perú invitó a Bolívar
para que se encargue de las tropas y así
termine la guerra con los españoles. La campaña
duró un año y culminó con la
batalla de Junín y Ayacucho. Bolívar
meditó la idea de hacer un congreso con los
países americanos para un pacto de confederación
y lanzó una circular que llegó a varios
países. Argentina, entre otros, no lo vio
con agrado.
El
decreto del 9 de febrero de Sucre, que convocaba
a una asamblea deliberante, le cayó mal a
Bolívar, quien desautorizó a Sucre
con un decreto que vinculó las decisiones
ahí tomadas a los congresos de Perú
y Buenos Aires. Como Mandatario de Bolivia, si bien
ejercía el mando, nunca quiso firmar como
Presidente de Bolivia, sino como el libertador,
jefe del ejército unido o presidente del
Perú y de Colombia. Vencido por el deseo
altoperuano de ser independiente, Bolívar
gestionó la aprobación del congreso
peruano. En 1825 se quedó en Bolivia por
unos meses. Llegó por el Desaguadero y pasó
por Chuquisaca, Cochabamba, Oruro y La Paz para
volver a Perú y renunciar a la dictadura.
En
Colombia, las luchas políticas ardían
entre bolivarianos y santanderianos. El congreso
de Panamá se reunió en 1825, aunque
apenas firmó la intención de llevar
el pacto de confederación. Después
de dos años de presiones, llega el final
de la vida política de Bolívar con
la disgregación de su querida Gran Colombia.
En
1830 llega el gran enemigo, la tuberculosis. Renuncia
a la presidencia y tiene el deseo de volver a Inglaterra,
pero muere carcomido por la tisis en Santa Marta,
Colombia. Siete días antes de morir y sin
dejar sus sueños, escribe una última
proclama, dejando la vida el 17 de diciembre de
1830. Quizá la mejor representación
de Bolívar es la escultura de Rodrigo Arenas
Betancour (Colombia), que muestra al Libertador
desnudo del ropaje de la leyenda, sólo un
ser humano con sueños de unidad.
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