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Oruro
es una máquina carnavalesca
De
acuerdo a las estimaciones oficiales la ciudad recibirá 6 millones de dólares
sólo por concepto de alquiler de graderías. Las vendedoras de api y
charquecán se alistan para multiplicar sus ganancias por tres. El
ambiente de fiesta se siente en todos los rincones, aunque hay preocupación
entre hoteleros y transportistas. El número de reservaciones es menor que
otros años.
Luisa
Suaznabar demarca las graderías que armó sobre la avenida 6 de Agosto,
mientras María Zambrana alista la habitación en la que espera albergar a
una pareja de visitantes. René
Flores pasa el último pincelazo a una careta de diablo, Jorge Vargas da
las últimas puntadas a su disfraz y David Mamani limpia su trombón.
Oruro es una máquina gigantesca que fabrica
entradas de carnaval.
Esta
pálida ciudad altiplánica recuperó el color en los últimos días. Por
las calles de la zona central desfilan los disfraces que serán expuestos
el sábado. Los vecinos intentan borrar, con una mano de pintura, la
huella que dejaron el polvo y los intensos ventarrones al pasar por sus
fachadas.
Todos tienen algo que ganar o perder en la gran fiesta. La fiesta no pasa
desapercibida para nadie.
Los seis miembros de la familia Lovera bailan en la Fraternidad Diablada
de Oruro. El jefe de la familia, Oscar, no quiere calcular el gasto, pues
considera que se trata de una inversión que será devuelta con creces por
la virgen del Socavón.
Pero mientras los Lovera desembolsan, los Suaznabar se alistan para
embolsar parte de las ganancias.
Ellos tienen la suerte de vivir en la avenida 6 de agosto, justo entre las
calles Herrera y Cochabamba,
uno de los lugares más requeridos por los espectadores porque ahí se
encuentra el palco principal.
La Alcaldía Municipal otorga a los dueños de casa la prioridad para
instalar graderías en el frontis de su inmueble. La mayoría de ellos
cuenta con las estructuras metálicas y la madera para realizar el
negocio.
Cada metro lineal en esa cuadra tiene una patente municipal de 380
bolivianos, a los que se debe sumar los 20 bolivianos para el recojo de la
basura del lugar.
La construcción de la estructura de 15 metros de largo y 10 gradas de
alto demandó de la familia Velasco una inversión de 7.000 dólares. En
el armado gastaron 580 bolivianos. Los técnicos en metalmecánica son más
requeridos que los músicos durante la temporada.
Pero lo importante es que es posible obtener ganancias. En dos metros de
graderías entran cuatro personas. Si se toma en cuenta que las
estructuras tienen 10 peldaños y que cada espacio cuesta un promedio de
45 bolivianos, es posible lograr una recaudación total de 2.250
bolivianos el día de la entrada.
Luisa Suaznabar dice que las graderías son un buen negocio a mediano
plazo, pese a que la estructura metálica y la madera deben estar
guardadas durante el tiempo que separa a uno de otro carnaval.
Las ganancias no sólo se generan al ofrecer asientos a la gente. El
restaurante Nayjama amplió sus ambientes y si logra mejores ventas
requerirá también de una mayor cantidad de alimentos de parte de sus
proveedores.
Las vendedoras dicen que la demanda de charquecán y api se multiplica por
tres. Los productores de camélidos y maíz ya han comenzado a hacer su
propio carnaval. La fábrica de calzados Zamora fabricó cientos de pares
de botas para diablos y reyes morenos, además de zapatos para cholitas.
Los
que no han logrado conciliar el sueño son los transportistas y los
hoteleros.
La Cámara Hotelera de Oruro reportó que apenas el 25 por ciento de su
capacidad instalada ha sido reservada hasta ayer. En anteriores gestiones,
hasta esta misma época, 75 de cada 100 camas se encontraban ocupadas. La
capital folclórica del país tiene 60 establecimientos de hospedaje, que
tienen 3.200 habitaciones y 4.000 camas.
Los empresarios del hospedaje acusan de su desgracia a las agencias de
turismo, las que habrían difundido la noticia de que la capacidad de
Oruro ha sido rebasada.
Sin embargo, la situación económica parece ser la verdadera culpable de
la falta de interés.
La
vendedora de pasajes de la oficina de la Ceja de El Alto le dio la mala
noticia al propietario de un bus de una empresa de transporte: hasta el miércoles
el número de pasajeros era mínimo y amenazaba con afectar al
funcionamiento de esa maquinaria carnavalesca llamada Oruro.
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