La fotografía del censo mostró un país de contrastes

La población abrió sus puertas a los empadronadores y participó con entusiasmo. Cada hogar fue un espejo de la realidad de los bolivianos. Hubo miedos y conflictos, pero el evento fue un éxito.
El timbre sonó muy temprano para ser un día que tuvo los matices de una fiesta. En una vivienda de Sopocachi, en La Paz, casi todos los miembros de la familia aún dormían cuando la jefa del hogar terminaba de poner en orden una pequeña sala.
Cerca de las 07.00 había visto cómo un grupo de policías se divertía caminando en medio de la avenida, mientras dos jóvenes que salieron a trotar intentaban esconderse de los guardias que comenzaron a recorrer las calles de Sopocachi.
A las 06.30, el jefe de zona del Instituto Nacional de Estadística movilizó a los jefes de sector y éstos a su vez comenzaron a reunir a los empadronadores para enviarlos a sus respectivas áreas de empadronamiento. El censo había comenzado y abrió las puertas de un país que ayer se mostró tal cual es.
Si en Sopocachi un pequeño recibidor fue dispuesto para atender al empadronador en un ambiente de cordialidad, en el bosquecillo de Pura Pura unos 20 alcohólicos rompían la calma y se movían como podían al compás de una canción de los Iracundos. Un par de ellos echaba azúcar de una bolsa nylon a una lata de agua tiznada que hervía sobre un fogón improvisado.
"El censo será una cámara fotográfica para ver el país", había afirmado el presidente Jorge Quiroga en varias oportunidades. Y fue así, no sólo en la proyección de saber cuántos somos sino en el sentido de que ese evento mostró a un país sin mediaciones. A la ama de casa o el jefe de familia que salió a recibir al empadronador sin bañarse y en pantuflas. A la intemperie, como los migrantes potosinos que hicieron del ingreso a la autopista su vivienda colectiva, sin paredes ni techo; o el indigente que dormía al pie de un bulto de basura, tirado en la acera de la ex Estación Central de La Paz, al margen de toda estadística.
Pero la jornada de ayer movió también otras energías. Unos 152.200 empadronadores, la mayoría de ellos estudiantes de secundaria, estuvieron casa por casa y fueron el lente de esa cámara fotográfica de la que habló Quiroga. Con la boleta en la mano, fotografiaron cada familia boliviana, tan parecida y tan diferente a la vez.
En criterio de algunos empadronadores que hicieron el trabajo de reconocimiento de sus áreas, en los barrios de la periferia de La Paz, hubo múltiples sensaciones al tocar el timbre de una casa.
Lo deseable era encontrar siempre un ambiente de cordialidad, pero a veces hay cosas que la gente no puede guardar en el bolso como el mal humor y cierta rabia que aflora en la mirada.
En muchos hogares, no sólo de las laderas, se pudo constatar que el desempleo es uno de los problemas que está golpeando a las familias.
Unos encuestadores se encontraron con habitantes solitarios a los que retrataron en pocos minutos. En Alto Chijini se chocaron con mujeres agresivas y desconfiadas que se negaron a responder preguntas, y más aún a dar su nombre y apellido. Cerraron sus puertas al censo.
Algunos empadronadores tuvieron la suerte de ser recibidos e invitados a pasar al interior de las casas para realizar mejor su trabajo. En cambio, otros sintieron el celo de muchos vecinos que apenas sí abrieron la puerta y respondieron sin mostrarse de cuerpo entero. Hubo quienes lo hicieron mejor: optaron por sacar un silla a la acera para responder al encuestador. En estos casos, el temor de que los datos del censo -respecto a las características de las viviendas- servirían para elevar los impuestos, explicó en gran medida esa actitud del empadronado.
En la jornada fue destacada la participación de los policías y militares que cumplieron una eficiente labor. En ambos casos atendieron casos de urgencia y apoyaron a los empadronadores ante situaciones difíciles, como la que vivieron los encargados de la zona de Munaypata, cerca del Hospital Juan XXIII, en la puerta de un cuarto rústico donde vivían cuatro mujeres y cuatro varones alcohólicos además de tres menores.
Allí se vivió no sólo una anécdota de las cientos que se tuvieron durante el censo, sino que se desnudó un drama de cientos de personas de esa condición y que es más común encontrarlas por los barrios periféricos de La Paz. Ante la pregunta de si trabajó la anterior semana, una de las mujeres que estaba en el cuarto -y que despedía un irritante olor a tiner- contestó: "Si hubiera trabajado, ahora tendríamos qué comer".
El empadronador llenó la boleta casi automáticamente y descifrando las respuestas del grupo ante la mirada atenta de los efectivos de la Policía, que llegaron al lugar para evitar que se produjera un hecho de violencia.
El contraste era evidente. En la zona Central y en el Sur los encuestados prestaron todas las facilidades al empadronador. La temperatura y las características de la zona crearon un ambiente amistoso de manera natural.
En Villa Victoria, como en la avenida Buenos Aires, se podía observar a muchos adultos en sus ventanas. Desde allí observaban la realización del censo y ubicaban con el dedo índice a los empadronadores. Otros los esperaban deseosos de llenar su boleta.
En varios puntos de la ciudad, los niños y jóvenes no pudieron evitar la tentación de improvisar una cancha de fulbito en media calle. Pese a la intensa vigilancia policial, los deportistas se las arreglaron para jugar, inclusive en curva o en declive.
Pero La Paz, como otras ciudades, fue un ejemplo en la jornada de ayer. No ocurrió lo mismo con Cochabamba, donde más de 1.000 personas fueron detenidas por la Policía por infringir el auto de buen gobierno de la Prefectura. Allí los vecinos se volcaron a las calles como cualquier día feriado y motivaron la acción policial. El jefe policial de ese departamento lamentó la falta de información de los vecinos.
En el campo el censo tuvo su propia dinámica. Casi fue al aire libre, como en Santiago de Huari, en el departamento de La Paz, donde los encuestadores fueron a buscar a los pobladores hasta sus lugares de pastoreo, ya que constataron que no había nadie en las viviendas.
Quizás la mayor dificultad de los empadronadores fue cuando estuvieron ante grupos de migrantes del campo y los sectores empobrecidos que, pese a la información que se difundió sobre el evento, mantuvieron hasta el final sus dudas y miedos respecto a la finalidad del censo.
En el caso de los migrantes, además de las dificultades para comunicarse por el problema del idioma, por alguna razón éstos intentaban ocultar su procedencia y, como en el caso del grupo de 57 familias que se ubicó en uno de los costados de la autopista La Paz-El Alto, afirmó tan sólo que vino de la provincia Bustillos de Potosí.
Otra población sensible fue la de los grupos evangélicos, que no se sintieron identificados en la boleta. El tema étnico fue también otra preocupación. Pero mientras el censo corría en las calles, nuevos habitantes llegaron al país. En Cochabamba se dieron 11 alumbramientos, en tanto que siete bebés fueron recibidos en Oruro. En la sede de gobierno también se dieron buenas noticias en el maternológico, pero tanto éstos como los otros nuevos nacimientos ya no fueron contabilizados por el Censo 2001.
Mientras el Presidente de la República cumplía una gira por las diferentes capitales convocando a la población a sumarse a la gran movilización nacional, algunos dirigentes políticos elogiaban desde sus residencias la importancia del censo y lo que éste permitirá en el futuro.
La población se mantuvo en sus casas y las familias pudieron compartir horas conversando aquellos temas que casi siempre quedan pendientes. Al caer la noche, el flash de la cámara censal daba sus últimos destellos.



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