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En
la soledad del asilo, Gerbacio Estrada clama porque
se acuerden de él
Escribe
Juan Manuel Miranda
Hace
años que don Gerbacio Estrada no sabe lo
que es el afecto. Por una extraña razón
que él no comprende, ciñéndonos
a su relato, sus hijos Marcelo y Alejandro no
lo toman en cuenta. La soledad se ha vuelto su
compañera, especialmente después
que se divorció de Máxima Trujillo.
Los
días transcurren sin mayor apuro que el
llegar a tiempo a la hora del almuerzo al Hogar
de Ancianos Quevedo, en pleno centro paceño.
Como cada mañana, don Gerbacio debe asearse,
tender su cama y ayudar en la limpieza de uno
de los pabellones de La Casa de las Monjitas Misioneras
de la Caridad en la Plaza Garita de Lima. Las
hermanas sirven el desayuno y la merienda en la
tarde a los ancianos, pero el almuerzo cada cual
debe buscarlo por su cuenta y Gerbacio halló
la mano caritativa en las hermanas del asilo Quevedo.
Ese
es el quehacer de este hombre que está
a poco de cumplir 84 años y que tiene la
mirada triste y el hablar pausado. Un hombre que
nos recibió con afecto y que al despedirnos
volvió a un pedido que más parece
una obsesión producto de su edad: Que su
ex esposa le devuelva parte de los bienes que
compartían en el matrimonio, ya que prácticamente
se ha quedado sin nada.
UN
HOMBRE DE VARIOS OFICIOS
Se
dice que cuando la necesidad apremia no interesa
el área en el que uno de desempeñe,
lo importante es contar con un empleo. Don Gerbacio
supo adaptar esa forma de pensar en su vida, incursionó
en diferentes actividades con el fin de tener
un medio de vida.
Su
oficio fue siempre la sastrería pero, como
él mismo señala, tuvo que dejar
de lado esa labor para tener mejores posibilidades
en otros trabajos. Sus cualidades lo llevaron
a trabajar en los tranvías de La Paz en
los primeros años de su vida adulta. Posteriormente
pasó a formar parte del Banco Popular del
Perú en La Paz.
Una
opción diferente se le presentó
en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde
fue a recalar para trabajar en el área
de la construcción con un ingeniero italiano,
quien le ofreció la posibilidad de edificar
su propio hogar.
Sin
embargo, su hijo Marcelo lo fue a buscar para
traerlo de vuelta a Bolivia. "No sé
para que me han traido de Buenos Aires si allí
encontré un trabajo con buenas ofertas.
Prácticamente por la fuerza he venidoy
lo único que he logrado es que me echen
a la calle. ¿Acaso mi hijo mayor me ha
llevado a su casa o a la casa que yo tenía?",
señaló con una voz entrecortada
don Gerbacio.
Tras
retornar de Argentina, la Cervecería Boliviana
Nacional le abrió las puertas para que
trabaje como policía nocturno. El frío
y los desvelos perjudicaron a su salud ya que
comenzó a sentir un dolor en sus rodillas,
molestia que hasta la fecha no se le pasa a pesar
de las medicaciones que le dan en la Caja Nacional
de Salud, entidad en la que está asegurado.
"NO
DEBO NADA A NADIE"
Ante
la escasa preocupación que sus hijos Marcelo
y Alejandro mostraron y muestran por él,
don Gerbacio decidió seguir su propio camino.
Acudió a las Monjitas Misioneras de la
Caridad, quienes le ofrecieron un albergue para
dormir, cenar y desayunar.
A
la hora del almuerzo, el Hogar de Ancianas Quevedo
se constituye en su refugio cotidiano. Se siente
tranquilo, aunque le gustaría contar con
un espacio propio que le de más privacidad.
"No tengo a nadie quien se acuerde de mí,
y a pesar de que me quedé sin mis propiedades,
sé que no le debo nada a nadie", reflexionó.
Las
monjitas de la caridad le dan responsabilidades
que cumplir. Pagar el teléfono, la luz,
el agua y enviar cartas, son funciones que le
gusta realizar. De vez en cuando le facilitan
algo de dinero para que pueda darse un gusto.
Esta situación le incomoda un poco ya que
algunas veces tiene que acudir a la buena voluntad
de las personas para atender sus necesidades.
"Suelo
desplazarme a pie. A veces voy donde mi hijo,
quien ni siquiera me da para mis movilidades sabiendo
que me duelen las rodillas. Es por eso que una
vez acudí, con lágrimas en los ojos,
a una farmacia para que me regalen unos medicamentos".
INDIFERENCIA
Don
Gerbacio cierra los ojos cuando se le pregunta
sobre sus hijos. Él sólo desea ser
comprendido y tener un trato más justo,
no entiende por qué lo ignoran.
"Una
vez hablé con mi hijo menor, le dije que
podría venir a visitarme pero no lo hizo.
Él sabe dónde estoy, donde almuerzo
y duermo. Su madre no me ha dejado siquiera que
vaya a los matrimonios de los dos. Triste ha sido
mi situación, qué le vamos a hacer.
Ni siquiera el día del perro se acuerdan
de mí", ironizó.
EL
BOLIVIDA E SU UNICO INGRESO
Entre
los anhelos que tiene don Gerbacio está
el de someterse a un proceso de fisioterapia para
alivianar el dolor que siente en las rodillas.
A pesar de que tiene seguro en la Caja de Salud,
el trato que recibió no fue de los mejores,
reveló.
Por
eso depositó su esperanza en el monto de
780 bolivianos que recibirá en el mes de
abril como pago del Bolivida. "Sólo
los que tienen plata van a un médico bueno.
Por eso estoy esperando a que pasen los días
para recoger mi Bolivida, es poco dinero pero
no me importa, a lo mejor con eso me puedo hacer
curar", finalizó.
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