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Parque Machía

(La Paz - La Razón)


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Creado hace más de 10 años, este hogar para animales que vivían en cautiverio desprende ternura en el Chapare. Sus mentores realizan cada día un trabajo totalmente desinteresado.

Quirqui desprende todavía una tristeza lapidaria en la mirada por los años que vivió en Oruro. Allá, la calefacción de su jaula le terminó por provocar reuma. El león Fido le orinaba encima sin miramientos ni respeto y una hernia comenzó a hacer cada vez más difíciles los movimientos de este puma. Pero hace un tiempo encontró la salvación, cuando lo trasladaron al parque Machía, a dos kilómetros de Villa Tunari, en el Chapare, donde una voluntaria persigue cada uno de sus pasos, torpes por las dolencias que le azotan.

Allí, desde hace ya más de 10 años, trabaja la comunidad Inti Wara Yassi —Inti es sol en quechua; Wara es estrella en aymara; y Yassi es luna en guaraní—, que inicialmente se ocupó de ayudar a niños pobres y huérfanos, enseñándoles la manera de sustentarse, para luego crear el refugio de animales, encargado de rescatar a los que viven en cautiverio.

“Acá somos 10 voluntarios nacionales, casi permanentes, y hay entre 45 y 70 extranjeros, dependiendo de la época del año, que nos ayudan en nuestras labores. Unos son biólogos, otros estudiaron veterinaria y algunos son simplemente amantes de los animales”, resume Tania Baltazar, más conocida como “Nena”, quien comenzó con este proyecto junto a Juan Carlos Antezana, director de esta institución, generosa en sus cuidados con toda la fauna.

Hoy, entre la cordillera de los Andes y la planicie amazónica, en las más de 36 hectáreas oficiales que ocupa el parque —a las que se suman otras 110 que se están utilizando con el permiso de las comunidades— conviven, en su mayor parte, monos, loros, tucanes, papagayos, halcones, tejones, ciervos, armadillos, perezosos, reptiles y felinos. Y reciben una atención permanente. “Aunque no siempre resulta fácil —rescata Nena—, pues acostumbrados a una triste vida en casas, como mascotas, en circos o en zoológicos cuesta integrarlos a una convivencia diaria con la naturaleza. Y algunos se muestran bastante huraños.

Tiernos ladronzuelos
Pancho,

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Pancho Tunari, está vivo gracias a Inti Wara Yassi. “Unos cazadores, cuando era un pequeño bebé, mataron a su madre y a otro mono que intentó cargarlo. Pancho quedó desguarnecido en un árbol, que tumbaron para atraparlo. De la caída, por el golpe, el pobre se volvió epiléptico”. A su vera, Isabela lo mira todo con un solo ojo. “Ella es un mono araña al que un flechazo le reventó el otro”. Y, mientras Isabela y Pancho se acercan a los nuevos visitantes, algunos de sus compañeros —monos araña, capuchino, canela, ardilla, nocturno, tití, aullador o tamarín— observan amarrados a larguísimas cuerdas.

“Es por precaución. Hay algunos animales que llegan verdaderamente traumados y se ponen agresivos. Por eso, no se les puede dejar sueltos desde el primer momento”. Antes tienen que adaptarse a su nuevo ambiente, y lo hacen gracias a la compañía permanente de los voluntarios, pues se tiene que seguir un proceso para evitar problemas.

“Cuando un animal llega al parque, lo primero que se hace es ponerlo en cuarentena —explica Luis Morales, veterinario—. Después, tenemos un completo plan sanitario que se aplica en todo el Machía para combatir las enfermedades más frecuentes, la parasitosis y la anemia”, ya que los animales que ingresan al parque suelen verse desnutridos y maltratados, bien porque sus anteriores dueños les colocaban cadenas o cosas por el estilo o, a veces, simplemente por desconocimiento.

“Un ejemplo de esto lo tenemos en un oso perezoso que no llevaba la dieta adecuada únicamente porque la familia que lo estaba criando no sabía realmente de qué se alimentaba, y sólo le daban pan y fruta, cuando esta especie nada más come las hojas de algunos árboles”.

Y es que no es ninguna tontería la vida en cautiverio. Según Morales, en algunos de los casos, incluso, “se reducen los años de supervivencia hasta la mitad. Es normal, si se tiene en cuenta que sin la presencia de la madre no se tiene acceso a la leche materna, tan necesaria, quedándose entonces el individuo sin una gran cantidad de sustancias que son vitales para el desarrollo”.

Con todo, desde su arribo al parque, un sinfín de animales están sujetos

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a mejoras de todo tipo en su calidad de vida. Una de ellas se aprecia en la alimentación. “Dependiendo de la especie, les damos frutas, verduras, granos como el maíz, el trigo y la semilla de girasol, pollo, carne, huevo...´.

Los más beneficiados, por número —sobrepasan los 200—, son los monos, que son conocidos en el parque por ser unos pícaros ladronzuelos, ya que aprovechan el menor descuido para sustraer cualquier clase de objeto a los turistas. ´Es por eso que recomendamos dejar todo lo que sea de valor a la entrada´, acota Nena.

El acceso al parque, mientras tanto, es de dos bolivianos para los niños, cuatro para los nacionales y seis para los extranjeros. ´Y hay temporadas en las que recibimos, incluso, hasta 1.500 visitas al mes´.

Crueles historias

El Machía, sin embargo, es ante todo un refugio para los animales. Es por eso que las sendas por donde caminan habitualmente los pumas y otros felinos están prohibidas de recorrer por los turistas.

Estos animales necesitan espacio. Además, suyas son algunas de las historias más tristes que se recuerdan aún en el parque. ´Leoncio, por ejemplo, —se anima a contar Nena—, vivía en una casa como mascota, hasta que un buen día le dio por agarrar una gallina. Entonces, sus dueños le golpearon con un fierro para castigarlo. Le rompieron las patas. Así, llegó aquí arrastrándose, no podía caminar y tuvimos que enyesarle´.

Hoy, Leoncio está recuperado y es seguido de cerca cada día por dos de los voluntarios. ´Su trabajo es fundamental, pues nos mantiene al tanto de todos los avances del animal. Por otro lado, los extranjeros que vienen son los que mantienen con sus aportes económicos la sostenibilidad del parque. Y casi todos se encariñan. A menudo, vienen nada más por unas semanas y terminan por quedarse meses´.

Provistos de comida y alojamiento durante su estancia en el Machía, todos los voluntarios son tratados como iguales. ´No se realiza ningún tipo de distinción. Cuando hace falta limpiar, todos limpian; cuando hay una emergencia, nadie se esconde; y cuando se trata de dar cariño a los animales, todos lo hacemos con gusto´, regala una sonrisa Nena.

Alas

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que no pueden volar
Cerca de algunas sendas de los pumas están los papagayos y otras aves, que destacan de lejos gracias a sus plumajes tan privilegiados.

Allí también viven animales con traumáticas experiencias, como los loros amazónicos. ´Éstos suelen ser adquiridos por toda clase de familias, que les enseñan a cantar, hasta que se cansan y terminan encerrándolos en una jaula´.

Los casos más graves son los de aquellos que han sido tan salvajemente mutilados en sus alas que no pueden volar. ´Por eso, en el parque, salvo en casos excepcionales, no contemplamos la reinserción de las especies en hábitats más alejados, pues muchos animales serían incapaces de vivir por sí mismos´.

Mirándolo de otra manera, además, en el Machía no les falta nada: están siempre bien cuidados, la vegetación se desprende por los cuatro costados y las caídas de agua son el ronroneo que acompaña los paseos de los biólogos y visitantes.

Y, por si faltara espacio, un nuevo parque-refugio, el Ambue Ari, ha abierto sus puertas a 45 minutos de Ascensión de Guarayos. ´En él ya hemos acogido a cinco pumas, dos jaguares, nueve monos aulladores, un mono león, tres tejones y toda una selección de aves, incluyendo guacamayos y ñandúes´.

Orgullosa de su tarea, Nena enfila uno de los caminos del Machía con un joven oso perezoso entre sus manos. Se cuida de que los monos no le vean, para evitar celos, pues ella misma se define a menudo como ´la mamá de los monos´.

Imágenes

Remo Alberto Di Natale nació en Caracas, Venezuela, en 1971. De padres bolivianos, terminó radicando en nuestro país, donde ha estudiado comunicación visual y en el que ha aprendido fotografía de la mano de Radeslav Pazameta. Para realizar su trabajo fotográfico en el Chapare tuvo que lidiar con las altas temperaturas, la humedad y las picaduras de los mosquitos. Pero valió la pena. Fruto de su tarea, nació el interesante libro “Machía, refugio natural”, editado por Expebol, que resume en imágenes de excelente factura, las bondades de este parque. Flora, fauna y espectaculares colores se dan cita en páginas exclusivas para los amantes de la naturaleza.

 

 

Correspondencia, sugerencias e informaciones a:
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Fax : (591-2) 242 7153

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