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Heredarás
la tierra

Decenas
de personas murieron por la pelea de tierras.
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El
acceso y la tenencia de tierra sigue manteniendo en vilo al
país. Los intereses y presiones sectoriales en la materia
pusieron contra las cuerdas a los gobiernos e instituciones
involucrados, y un clima parecido espera al siguiente mandato.
Los
frentes campesinos, indígenas y empresariales siguen
trabando el proceso de saneamiento agrario y los consensos,
lo que subyugó el debate técnico a las premisas
políticas. El panorama lleva a pronosticar un horizonte
apocalíptico de más enfrentamiento. Un suicidio
al que contribuyen los protagonistas inscritos en la realidad
agraria boliviana.
¿LA
CULPA DEL INRA?
El
Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) ha incumplido
los objetivos de su nacimiento (1996). Principalmente por
no haber saneado, en los diez años establecidos por
ley, los 106 millones de hectáreas (h@) de la superficie
nacional.
Con
78 millones de dólares invertidos, los resultados son
magros. Las superficies tituladas (8.574.576 ha) y por certificar
(10.264.930 ha) sólo llegan al 17 por ciento del territorio,
otro 30 por ciento se encuentra en proceso de titulación
(28.349.800 ha) y aún resta por sanear 53 por ciento
de predios agrarios (59.562.325 ha), para lo que se requerirían
cinco años más de trabajo.
¿Razones?
Según Kadaster, el brazo técnico de la cooperación
del Reino de los Países Bajos, para contar con el título
de saneamiento de una propiedad agraria, en Bolivia es necesario
cumplir al menos 200 pasos, y después
-con suerte- esperar incluso más de un año para
que se emita la resolución que garantizará seguridad
jurídica sobre la tierra. "El 'cuello de botella'
se centra en la burocracia del proceso de regularización
de tierras.
A
eso se suma que el INRA siga dependiendo del Ministerio de
Desarrollo Sostenible y la politización del tema",
evalúa el experto agrario Iván Arias.
También
influyó la corrupción en el INRA. Varios funcionarios
emitieron informes que beneficiaron a partes en conflicto
del proceso de saneamiento. "Fue un error no institucionalizar
los cargos del INRA, eso la corporativizó en favor
de los intereses empresariales. Por ello, ahora, las organizaciones
de campesinos y los sectores afiliados al MST quieren aplicar
la misma receta. El INRA debe ser manejado por profesionales
técnicos, que unan sus facultades con los lineamientos
judiciales", explica el investigador de la fundación
Tierra, Paulino Guarachi.
El
viceministro de Tierras, Luis Fernando Asturizaga, sostiene
que los ex directores nacionales del INRA no tuvieron capacidad
operativa para hacer viable un saneamiento rápido.
Segundo, se obligó a participar al INRA en reuniones
políticas en las que el Gobierno firmó acuerdos
que no se podían cumplir. Y, por último, está
el divorcio entre el Ministerio de Desarrollo Sostenible,
el Viceministerio de Tierras y el INRA en desarrollar decisiones
políticas y técnicas en el rubro.
CAMPESINOS
Y EMPRESARIOS
A
la par, el Movimiento Sin Tierra (MST) ha alimentado el problema
con la radicalidad de sus medidas de presión, que incluso
rayan en la delincuencia, y que llevaron a deslegitimar sus
demandas iniciales. Basta mencionar que desde 2003 el INRA
contaba 90 conflictos agrarios y 46 tomas de propiedades privadas,
lo cual creó un ambiente de inseguridad jurídica
que desembocó en enfrentamientos con propietarios y
la Policía.
Este
movimiento está fracturado: un frente es liderado por
Ángel Durán y otro por Moisés Tórrez
(MAS). Además, están los intereses personales
que le hicieron perder la brújula ideológica,
algo aceptado por su dirigente Vladimir Machicao. Las demandas
se tornaron políticas, eso se vio cuando el Estado
dotó de mil hectáreas a la comunidad de Durán,
con 80 familias, en Gran Chaco, en Tarija. Al final, sólo
tres permanecen en el sitio. "Las ocupaciones posibilitaron
una figuración política personal. Hay líderes
a los que conviene que el conflicto no se solucione",
complementa Guarachi.
No obstante, Machicao asegura que se seguirá buscando
una reforma agraria radical.
Otro
sector no dispuesto a ceder es el formado por los pueblos
originarios, que demandan tierras comunitarias de origen (TCO)
en lugares donde han sobrellevado su vida económica,
social y cultural a lo largo de la historia.
"Las
demandas están, en muchos casos, sobredimensionadas,
hechas con base en la presión, y la mayoría
son incumplibles. Este punto se halla fomentado por líderes
políticos, organizaciones no gubernamentales y autoridades
departamentales con fines políticos", comenta
Arias.
Aparte,
como dijo en su momento el ex ministro de Desarrollo Sostenible
Gustavo Pedraza, en el conflicto agrario existe también
un grupo radical empresarial -cuyas demandas coinciden, curiosamente,
con las del grupo radical campesino- formado por grupos pequeños
y excluyentes a los que no les interesa trabajar las tierras,
porque se dedican al tráfico y comercialización
de éstas. Sus miembros poseen grandes predios, por
lo que no les simpatiza el proceso de saneamiento, a diferencia
de los verdaderos productores (soyeros y ganaderos), que se
someten a las normas y contribuyen al erario nacional y están
interesados en que se regule la tenencia de la tierra.
En
criterio de Arias, los empresarios agravan los desencuentros
al dedicarse simplemente al "engorde" de tierras;
en esto sobresalen los bancos. A juicio de Guarachi, los agroindustriales,
sobre todo cruceños, "bloquean" el saneamiento
en sus tierras y las fragmentan para evadir obligaciones con
el Estado. En pos de ello, presionan al Instituto y fomentan
que el proceso sea manejado de manera íntegra por el
INRA departamental, supuestamente manejado por personas afines
a sus intereses.
LA
CULPA GUBERNAMENTAL
Arias
añade que los distintos mandatos gubernamentales también
alimentaron la crisis en el rubro, ante todo al politizar
las demandas sectoriales y seguir manteniendo bajo su batuta
al INRA, evitando su descentralización. En consonancia,
Guarachi acusa a Desarrollo Sostenible por no fijar políticas
agrarias y no definir los procesos de reversión y de
la función económica social con reglamentos
ágiles. Aparte, los sucesivos gobiernos, cada uno,
aplicaron un enfoque distinto al problema desechando los ya
elaborados.
Pero
la culpa principal se ubica en que los gobiernos y las prefecturas
no impulsaron la instalación de la Comisión
Agraria Nacional (CAN) y las comisiones agrarias departamentales,
instancias responsables de proyectar y proponer políticas
agrarias de distribución, reagrupamiento y redistribución
de tierras. La CAN es un sitio ideal para hallar consenso
social, donde debieran participar los sectores gubernamentales,
campesinos, indígenas y empresariales.
"Ése
el escenario para discutir el factor tierra, no así
las calles. Y en esto es llamativo que los más interesados
en solucionar el problema, los campesinos, no asistan a las
reuniones convocadas, y así el Gobierno en vez de generar
políticas en estos espacios esté apagando incendios.
En estos nueve años hay culpa tanto del Ejecutivo,
del INRA y de los sectores sociales y empresariales que echaron
más leña al fuego", establece Antezana.
En conclusión, el director de la Fundación Tierra,
Miguel Urioste, recomienda llegar a acuerdos mínimos.
"Si no hay un nuevo pacto entre las regiones del oriente
y occidente, pequeños y grandes productores, la migración
a las tierras bajas se intensificará con un nivel creciente
de ocupaciones de tierras y de conflictividad. El tema debe
ser resuelto de inmediato, sino la capacidad de reacción
del Estado va a ser rebasada".
Los campesinos quieren una Reforma Agraria radical; los empresarios,
obstruir el saneamiento Los Gobiernos y las prefecturas no
apoyaron la instalación de las comisiones agrarias
CINCO AÑOS DE LUCHA INCESANTE
La pugna por la tierra siempre fue un barril de pólvora
en la historia boliviana. La coyuntura se tornó difícil,
más aún con la llegada del Movimiento Sin Tierra
(MST).
Lo
ocurrido en noviembre de 2001 en la provincia Gran Chaco (Tarija)
fue el preámbulo de lo que se vendría, con la
primera ocupación de tierras en Pananti, que tuvo como
saldo trágico a siete personas fallecidas (seis campesinos
del nuevo MST y un hacendado).
El
cuadro se complicó de a poco. A mediados de noviembre
de 2002, en la colonia La Merced y la comunidad Los Yukis,
a 75 kilómetros de Yapacaní, en Santa Cruz,
decenas de personas encapuchadas (mercenarios) mataron a cuatro
colonos, esto fue antecedido por el secuestro de dos personas
y la desaparición de otras tres. Desde ese momento,
en contraparte, imperaron los avasallamientos de propiedades
privadas, a pesar de ser ilegales. Las haciendas Cocayapu,
Boopi Motacal, Maderal, Comanche, en La Paz, y Ulincate, en
Cochabamba, fueron ocupadas en 2003.
Sin
embargo, el oriente es el centro del enfrentamiento de intereses.
Empresarios y propietarios de los fundos han solicitado mano
dura al Estado para reprimir los avasallamientos de tierras,
incluso alertando con asumir defensa con sus propias manos
(¿y armas?). La situación se torna más
oscura por la instrucción del MST, a sus afiliados,
de tomar las armas y prepararse para la "guerra por la
tierra".
DEOLOGÍA
PERDIDA
Pese
a la legtimidad de la demanda del MST, esta organización
ha sido objeto de críticas por sus acciones recientes,
que han rayado con la criminalidad. Un caso que involucra
al líder altiplánico Gabriel Pinto tiene que
ver con la muerte del alcalde de Ayo Ayo, Benjamín
Altamirano, el 15 de junio de 2004. Se suman dos hechos emblemáticos:
la destrucción de la hacienda agropecuaria Collana,
en la provincia Aroma, y del centro turístico la Posada
del Inca, en la provinca Omasuyos. Pero, la gota que rebalsó
el vaso en occidente fue el asesinato del hacendado de la
finca de Munaypata, en los límites de La Paz y Cochabamba,
Miguel Dupleich, cuyo cadáver fue hallado el 19 de
agosto, año y medio después de haber sido victimado
por campesinos del lugar asesorados por el MST.
En
el oriente, el 20 de diciembre de 2004 se suscitó la
toma del predio Pailas que derivó en la muerte de Medrín
Colque. Otro acto violento fue la toma de los Yuquises, en
Santa Cruz, el 10 de mayo, cuando miembros del MST capturaron
a 67 personas como rehenes y montaron un "campo de concentración",
donde los "secuestrados" eran considerados sicarios;
los rehenes fueron liberados el 12 de mayo pero aún
existe un desaparecido de 27 años. El más reciente
hecho sangriento se presentó en la hacienda Sini, a
unos 80 kilómetros de Ascensión de Guarayos,
donde tras un enfrentamientos de 150 comunarios del MST con
unos diez efectivos del Batallón de Seguridad Física
Privada, contratados por empresarios, fue muerto un uniformado
con un disparo en el pecho.
El
dirigente Vladimir Machicao argumenta que "se intenta
criminalizar las acciones del MST", por ello 12 dirigentes
están detenidos en las cárceles.
No
hay excusas, en opinión del experto agrario Miguel
Urioste, quien tilda a este movimiento de "conservador
y retrógrado" y, asegura, que con estas acciones
se le hace un favor a los terratenientes en Bolivia y, además,
brinda una excusa al Estado para que emplee la fuerza pública,
generándose así mayor enfrentamiento y violencia.
El problema agrario se acentúa. Recientemente, en Cochabamba,
adjudicatarios de Santa Bárbara se enfrentaron con
policías; el saldo: seis heridos (cuatro policías,
un poblador y un periodista).
EL MITO DEL SUELO SIN FIN
El ex viceministro de Tierras Carlos Valderrama alegaba que
la solución parcial al problema agrario pasa por implantar
una Política Nacional de Tierras. En esa línea,
el actual viceministro del área, Luis Fernando Asturizaga,
fomentó el Diagnóstico sobre acceso a la tierra
y recursos naturales, que procura establecer información
fidedigna del rubro, evitando caer en los "mitos"
que alimentan los discursos políticos.
Se habla de la existencia de latifundios en el oriente. Asturizaga
sostiene -sin desechar la existencia de éstos- que
de acuerdo con las superficies saneadas en Santa Cruz el tamaño
promedio de un predio llega a las 1.700 hectáreas;
en el Beni, a las 3.200, y en Pando, a las 6.300 hectáreas.
No obstante, la afirmación es rechazada por el MST,
que alega que la tierra está fragmentada por los terratenientes.
Otro
dato revela que Bolivia no tiene 109 millones de hectáreas
para distribuir. Del total, solamente 106 millones son "área
rural", de la que 60 millones son bosque (con buen porcentaje
no apto para la ganadería y/o agricultura). A esto
se suman las 19 millones de hectáreas inscritas bajo
el régimen de "áreas protegidas" (son
casi intocables). Entonces, 70 millones de hectáreas
ya tienen restricciones al uso agropecuario, quedando sólo
27 millones para el empleo específico, que en su mayoría
ya fueron dotadas.
Además
existe el mercado de tierras rurales, a pesar de estar prohibido
por ley. Solamente el 4 por ciento de los beneficiarios originales
de la Reforma Agraria perviven en el altiplano y los Valles.
Incluso el tráfico de tierras está en entredicho,
a pesar de que el ex ministro de Desarrollo Sostenible Gustavo
Pedraza entabló una denuncia sobre grupos empresariales
chileno-bolivianos que traficaban con los predios en el oriente,
que no llegó a probarse.
Al
final, el director de la Fundación Tierra, Miguel Urioste,
argumenta que las políticas estatales están
ya diseñadas y sólo falta mejorarlas. La Asamblea
Constituyente será uno de los escenarios para ello,
pero no debe ser el único.
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