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50 años después
José Guillermo Justiniano*
Han
pasado 50 años desde la Revolución Nacional.
Como siempre en la política, algunos defenderán
ese hito histórico, otros lo repudiarán
y quizá la mayoría por ser jóvenes
serán indiferentes. Al margen de las posiciones
ideológicas o partidarias, nadie puede negar
que la mayor transformación estructural de la
historia nacional se dio el 9 de abril de 1952. Fue
el inicio de la era moderna, de la integración
nacional, de la inclusión social, de la recuperación
de los excedentes mineros para construir el país,
de un proyecto de desarrollo. Los costos, como todo
cambio estructural fueron grandes, pero Bolivia comenzó
a existir en sentido integral del término.
Las
bases del proyecto nacional de desarrollo fueron la
recuperación de los excedentes económicos
generados por la minería que estaban en manos
de la oligarquía; la distribución de la
tierra para los campesinos; la incorporación
de pobres, analfabetos y mujeres a la democracia representativa;
la integración del país con la marcha
hacia el oriente; la educación para todos; la
construcción de una burguesía nacional;
el desarrollo del mercado interno y la diversificación
económica para salir de la dependencia de la
minería.
Existió
un proyecto de nación coherente, basado en la
creación de un Estado-Nación, con una
fuerte presencia de las empresas públicas, en
un modelo de capitalismo de Estado.
¿Qué
tenemos 50 años después?, ésta
es la pregunta esencial. ¿Sigue vigente el proyecto
de nación o estamos en otra fase completamente
distinta? ¿Se acabó el ciclo o se lo debe
profundizar?¿Es una Revolución inconclusa
o se debe buscar otro paradigma completamente diferente?
Bolivia
sigue siendo un proyecto de Nación en formación,
muchas de las tareas emprendidas en 1952 siguen vigentes
y necesitan consolidarse o ajustarse ante las nuevas
realidades mundiales y nacionales. Por ello es una Revolución
inconclusa, que requiere ser profundizada bajo nuevos
enfoques.
Bolivia
sigue siendo un país que depende de los recursos
naturales no renovables y la cooperación internacional.
El patrón histórico de producción
es fundamentalmente el mismo. El patrón de acumulación
cambió radicalmente con la desaparición
del Estado empresario, los ingresos para el Estado ya
no provienen de las rentas de sus empresas públicas,
sino de los impuestos y regalías. El rol redistribuidor
del Estado depende ahora en gran medida de la recaudación
impositiva. Es momento de sembrar el gas en educación.
Respecto
del Estado, hemos pasado desde un Estado centralista
hasta un Estado descentralizado con las reformas emergentes
de la Participación Popular. El rol regulador
pasó a cargo de las Superintendencias que son
entidades autárquicas. El Estado Nación
se debilitó sustancialmente como consecuencia
de sus nuevos roles y del proceso de globalización,
lo que afectó su tradicional relación
patrimonialista con la sociedad y los grupos económicos.
Necesitamos más Estado, no menos.
El
intento de crear una poderosa burguesía nacional
que lidere al país con su proyecto histórico
de clase dominante no se ha logrado, lo que unido al
debilitamiento del Estado y la globalización,
conforma un cuadro de mayor dependencia internacional.
Requerimos una empresa privada más fuerte.
Avanzamos,
pero somos aún un país muy pobre y sin
igualdad de oportunidades. Queda mucho por hacer. Para
empezar, sacar al país de su situación
de emergencia: salir de la crisis, derrotar la corrupción
y combatir la exclusión social.
*José
Guillermo Justiniano
es subjefe del MNR
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