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A propósito de Le Pen
Julio Aliaga Lairana*
El
indicio de que algo andaba mal fue Haider en Austria.
Ahora es Le Pen, que ha sacado de la carrera a Jospin,
el tercer socialista eliminado de la segunda vuelta
presidencial desde la creación de la Quinta República
francesa. Le Pen asevera que la decadencia que
paradójicamente él mismo expresa
debe llevar a los europeos fuera del marco tradicional,
del centro histórico entre conservadores, liberales
y socialdemócratas. Reaparecen las banderas del
nacionalismo, el chauvinismo, el racismo, el autoritarismo.
Así emergieron antes Hitler o Mussolini, para
que todo terminara con el holocausto y la gran guerra
de la que todos hemos oído hablar.
En
América Latina, ahora que se pone en cuestión
el sistema pluralista de partidos políticos,
la tendencia que expresa esa decadencia es el populismo.
Fujimori en el Perú es un buen ejemplo, o la
nación venezolana partida en dos. Aquí
tenemos trazada una línea de continuidad entre
Palenque, Fernández y (como dicen los emenerristas)
el capitán Reyes Villa.
La
diferencia consiste en que la democracia de por acá
es menos sólida que la europea, está poco
institucionalizada y en que nuestra población
conoce y valora sus ventajas mucho menos que los europeos
o norteamericanos, que sí saben que no hay desarrollo
posible si no es en el marco de un sostenido proceso
de democratización de la sociedad.
El
error fundacional fue confundir el régimen de
gobierno y la forma de organización y autorrepresentación
de las sociedades en democracia, con el puro procedimiento
al que nos obliga el sistema. La victoria del neoliberalismo
nos ha hecho trastocar la forma con el contenido y hemos
conservado la pura cáscara, el envoltorio.
Las
sociedades han perdido su capacidad crítica,
que es el gran aporte de la cultura occidental a la
política: la facultad de cuestionar el sistema
en nombre de valores universalizados: la libertad y
la justicia. Ahora ya no importa si las sociedades son
libres o justas, lo que se juzga es si cumplen o no
los procedimientos de la democracia formal, que está
definitivamente al servicio de los mercados y no de
la gente. Este convencionalismo es el problema.
Conviene
entonces recurrir al impulso inicial constitutivo
de los valores democráticos, republicanos, integracionistas
y socialistas que permitieron el advenimiento de las
repúblicas modernas. Bienaventurados los que
mantienen la capacidad crítica y constructiva
que ensoñaron los ideólogos clásicos
y las grandes utopías, porque a ellos tendrán
que recurrir mañana las sociedades que se pierdan
nuevamente en la decadencia fascista, populista y/o
autoritaria.
De
los compromisos eternos (en cuanto inmanentemente humanos)
queda poco, sin ellos Le Pen es posible en Francia (es
un decir ejemplificador, porque va a perder como en
la guerra pues los vástagos de Descartes y Rousseau
no pueden ser tan brutos).
Como
en la Troya antigua, ocultos dentro de un caballo de
madera acomodado a las formalidades del sistema, un
grupo de templados combatientes tendrá que penetrar
la fortaleza de los adversarios (de la humanidad, la
nación, la democracia, la libertad etc.) y así
poder sobrevivir a esta marea ligth que ha destruido
naciones, instituciones, asociaciones y partidos políticos,
hasta dejarnos desguarnecidos frente a la intemperie
procedimental.
Es
imprescindible retornar a la política. Hay que
volver pertinaces, recurrentes e impenitentes
a encender el fuego inmemorial.
*Julio
Aliaga L.
es sociólogo y militante del MIR.
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