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Que el pueblo decida
Julio Aliaga Lairana*
Me
hubiera gustado escribir esto faltando tres días,
pero la columna es la columna y esta es la última
que redacto antes de las elecciones. Me toca también
resumir y profetizar por adelantado, tomando en cuenta
que nada vale mucho frente al voto de la gente, que
decidirá en las urnas quienes de entre
los invitados serán los elegidos.
A
pesar de las encuestas, los sondeos y tanto vaticinio
publicado, los bolivianos somos diversos como somos.
Aquí no hay mayorías aplastantes (todos
somos parte de alguna minoría), tampoco tendencias
sostenibles e invariables. El voto se divide en cuartos
(más chicos y más grandes), uno para cada
uno de los tres primeros y el cuarto para el resto.
Lo que se agranda también enchiquetece y santas
pascuas continúa nuestra democracia.
De
los 11 sólo quedan tres, los demás tendrán
sus votos y su representación, pero poco cuentan
para las grandes decisiones. La derecha liberal con
Goni, la derecha populista con Manfred, la izquierda
democrática con Jaime y (un cuarto aparecido)
la izquierda radical con Evo, que no se toma en cuenta
ahora porque es inviable, dado que el sistema no puede
asumir todavía esos extremos.
El
sistema democrático boliviano ha tenido la capacidad
de reordenar las postulaciones integrando en su seno
a casi todos. Es buena la presencia de una derecha clara,
de un centro progresista y de una izquierda manifiesta,
porque la democracia es el gobierno de las mayorías,
pero también el respeto a la existencia de las
minorías.
¿Alguien
dijo que las ideologías estaban muertas y que
la historia había terminado? Mientras existan
ricos y pobres los pueblos encontrarán siempre
la manera de expresar sus intereses y reavivar sus sueños,
y es por eso que debemos considerar nuevamente lo que
estamos jugando en estas elecciones: la renovación
de las hegemonías agotadas por la administración
de un modelo el neoliberal que nos llevó
prácticamente hacia la nada.
Ahora
se trata de decidir si uno está a un lado o al
otro, si con los pobres y la mayoría o con la
parálisis de un modelo que se derrumba poco a
poco. Si uno está con el pasado liberal, cree
en el mercado y se deja ensoñar con aquellos
discursos del puro crecimiento, debe decidir votar entre
la capitalización o la capitanización
que nos ofrecen las derechas. Si uno quiere volver a
abrir los horizontes de la integración, la justicia
social, la equidad, la productividad y el desarrollo,
estará al otro lado, en el que yo llamo el lado
de los buenos, si ésta fuera una pelea entre
probos e infames.
Eso
sí, el asunto no es tan sencillo y dentro de
cada uno de estos partidos existen diferentes corrientes
y sensibilidades. Junto a los liberales, los socialdemócratas
y los populistas están también los depredadores,
los que quieren estar o llegar a toda costa porque viven
medrando del asunto y que se encuentran muy bien repartidos
entre todos. La construcción de una nueva hegemonía
no es solamente cosa del partido que gane en las elecciones
y las negociaciones, sino de quienes ganen al interior
de esos partidos a la hora de los acuerdos.
Este
voto es así de importante. Y si Dios realmente
existe, que nos bendiga a todos.
Posdata:
Concluidas las elecciones y para tranquilidad de mis
lectores, la próxima columna versará sobre
la influencia del rococó en las composiciones
eclesiales de la Colonia y la lírica renacentista,
para no llegar más lejos.
*Julio
Aliaga L. es sociólogo y asesor del MIR.
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