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Cambiar al presidente
Raúl Garáfulic Lehm*
El
último gobierno de Hugo Banzer se caracterizó
por la crisis económica y por la falta de esperanza
de muchos bolivianos ante el futuro del país.
Esto se vio reflejado en las largas filas que hacían
miles de ciudadanos frente a los consulados de países,
como Estados Unidos o España en busca de visas
de ingreso, que bien podrían llamarse visas de
escape. La decisión para muchos de ellos debió
ser dramática, porque dejar Bolivia significaba
la renuncia a su pasado y presente, era el reconocimiento
implícito del fracaso de una vida.
En
este contexto, Banzer resultó un Presidente obsoleto
e inapropiado ante la problemática que el país
enfrentaba.
Con
este ejemplo, podría argumentarse que la democracia
es un sistema imperfecto, porque con frecuencia lleva
al poder a personajes que traen la desgracia de sus
gobernados. Lastimosamente, el caso no es aislado, recordemos
a Bucaram en Ecuador, e incluso podemos aventurarnos
a mencionar a Chávez en Venezuela.
Este
gafe de la democracia se origina porque a menudo los
candidatos a gobernantes ofrecen el sol, la luna y las
estrellas a los votantes con tal de hacerse elegir,
sabiendo que no podrán cumplir sus promesas electorales,
o lo que es aún peor, sin saberlo. Y es que muchas
veces la gente se deja engañar, porque simplemente
no tiene ni la capacidad ni la formación adecuada
para distinguir entre la demagogia y lo posible.
Si
bien los argumentos anteriores son ciertos, al mismo
tiempo son extremadamente peligrosos, porque pueden
usarse como tesis para que unos pocos pretendan adjudicarse
el derecho de elegir lo que la mayoría necesita
y ello degenera en diversas formas de dictadura, de
derecha o izquierda, que históricamente se han
demostrado como el camino equivocado.
La
ventaja evidente de la democracia es que permite a los
pueblos enmendar sus errores en el mediano plazo, mediante
el voto y la elección de nuevos líderes.
Lastimosamente, en aquellas situaciones donde la incapacidad
de gestión de gobierno es muy grande, ese mediano
plazo puede volverse eterno y fatal para la estabilidad
económica.
Así
pues, si bien nos quedamos con la democracia como el
menor de los males, no debemos renunciar a encontrar
mecanismos constitucionales que nos permitan anticipar
las elecciones y cambiar al gobernante de turno si éste
no está a la altura de los retos que el cargo
demanda.
Si
consideramos que tan sólo en esta era democrática
de casi 20 años, hemos soportado la incapacidad
de gestión de dos gobiernos el de la UDP
y el de Banzer que hicieron todos los méritos
para merecer un anticipo de elecciones y que prácticamente
destrozaron la economía de Bolivia. Es evidente
que un cambio constitucional es imperativo.
El
procedimiento para llamar elecciones anticipadas debe
ser diseñado cuidadosamente para evitar su abuso
por parte de la clase política, tal como ocurrió
con el voto de censura constructiva que permitía
el cambio anticipado de alcalde en los municipios del
país. Por este motivo, la toma de decisión
debe ser delegada a los ciudadanos, que podrían
expresar su deseo de cambiar al Presidente mediante
un referéndum.
La
propuesta del MNR en este sentido es razonable y demuestra
una genuina intención de encontrar una solución
al mayor problema de nuestra democracia. Es mejor que
un gobierno inepto se vaya, a que los bolivianos tengan
que hacerlo.
*Raúl
Garáfulic L. es ingeniero. Fue director de La
Razón. Trabaja en el grupo Prisa.
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