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Lo sé, pero me lo guardo
Raúl Garáfulic Lehm.*
Los
últimos días de la campaña electoral
se caracterizarán por una serie de denuncias,
acusaciones y contraacusaciones entre los diferentes
candidatos presidenciales, en particular contra Manfred
Reyes Villa y Gonzalo Sánchez de Lozada, que
aventajan a sus contendores, según todas las
encuestas. La motivación es simple: obtener más
votos quitándoselos a un adversario, porque a
estas alturas la torta ya está dividida hay
pocos indecisos- y para que uno suba, otro debe bajar.
Pero,
el abuso que se ha estado haciendo de esta llamada guerra
sucia durante los últimos días de la campaña
tiene dos inevitables secuelas. Primero, la saturación
comunicacional que se genera termina por cansar a todos
y hace que la gente preste menos atención a lo
que se dice. Y segundo, los candidatos que cuentan con
la preferencia de la gente tienden a convertirse en
víctimas porque los electores prefieren no creer
lo que se dice contra sus favoritos, algo así
como: "pobrecito, le dicen todo esto porque va
ganando".
No
obstante, esta guerra comunicacional es necesaria y
forma parte de las reglas de juego de la democracia,
porque es imprescindible que si un candidato cometió
hechos reñidos con la ética, la moral
o la justicia, ello sea de conocimiento público,
para que el voto ciudadano sea consciente de sus consecuencias.
La
vida privada de un candidato deja de serlo desde el
momento en que se postula. El votante tiene derecho
a conocer cualquier detalle sobre el pasado de un presidenciable
que le resulte relevante para decidir su voto. Así,
es lícito que los contrincantes publiquen detalles
tan diversos como la religión, los amigos que
frecuenta, el origen de la fortuna personal, el estado
civil, los vicios y los pecados, pecadillos o pecadotes
que pudiera haber cometido un candidato.
Pero,
un aspecto censurable de la guerra sucia es que aquellos
hechos de carácter delictivo, que son utilizados
como arma electoral, a menudo son descubiertos con mucha
anticipación y, sin embargo, se ocultan a la
justicia, que es donde corresponde su presentación
como lo indica la ley. ¿Cuál es la ética
de aquel que acusa cuando le conviene, para hacer un
show, y no para que se haga justicia? Y para colmo de
males, a veces, el acusador termina aliándose
con el acusado al término del proceso electoral
para conformar una coalición gobernante, archivando
las denuncias previas. Esto, señores, es encubrimiento.
Otro
aspecto oscuro y censurable de nuestro proceso electoral
es que algunos partidos políticos claramente
manipulan las encuestas para influir sobre la opinión
pública. Es una práctica habitual mantener
en secreto la encuesta verdadera y publicar una versión
manipulada.
Este
hecho puede comprobarse fácilmente por lo disparatado
de algunos resultados que, incluso, alguna vez son adjudicados
a empresas fantasmas. ¿No es esto una especie
de fraude electoral?
La
Corte Nacional Electoral debe censurar esta mala práctica
porque las encuestas son imprescindibles en una democracia
moderna y no deben desvirtuarse por su mal uso.
Me
adhiero a la propuesta de La Razón en sentido
de que la publicación de las mismas deba ser
autorizada por la Corte, sólo a empresas cuya
ética y capacidad técnica estén
debidamente comprobadas.
Deseo
aclarar que atribuyo la disparidad de resultados de
las encuestas elaboradas por medios de comunicación
serios a factores técnicos y de muestreo.
*Raúl
Garáfulic L. fue director de La Razón.
Trabaja en el grupo Prisa.
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