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La
promesa de la cura para todos los grandes males
Aunque
no todos los científicos están de acuerdo con esa
posibilidad, se cree que conocer
el mapa genético posibilitará la detección
y tratamiento de enfermedades como el cáncer.
Con
la decodificación del genoma humano la ciencia puede decir
que tiene toda la información sobre la vida y sus misterios.
Ahora -según los científicos- es cuestión de
aprender a utilizarla. Y las metas no son cortas: combatir enfermedades
como el cáncer, la diabetes, la obesidad, el envejecimiento,
los trastornos del sistema inmunológico y las degeneraciones
nerviosas y cerebrales; el Alzheimer, por ejemplo.
Pasa que genes, proteínas, aminoácidos y cromosomas
reproducen en cada célula del cuerpo humano unas órdenes
precisas. El desciframiento (decodificación, en la buena
jerga científica) de esas órdenes supone empezar a
entender los males y su posible cura. Ergo: la obtención
del mapa del genoma sería un paso definitivo hacia la formulación
de medicinas ajustadas a los genes de cada paciente. Conocido el
modo en que se estructura el material genético, los científicos
están en posición de conocer las diferencias entre
un gen normal y uno cancerígeno, cuya composición
está definida por la secuencia del ADN.
Tan
seguros están los investigadores de sus posibilidades que
calculan que dentro de 20 años cada persona podrá
tener su mapa genético individualizado, de manera que sabrá
sus puntos débiles y su propensión a padecer ciertas
enfermedades. El siguiente paso será el diseño de
fármacos individualizados.
Pero, tras haber suscitado inmensas esperanzas, los científicos
más escépticos estiman que si la genética no
desemboca en resultados concretos es porque sus bases teóricas
son erróneas. En sus principios, el "dogma central"
de la disciplina afirmaba que una pizca de ADN -un gen- codificaba
una sola proteína. Sin embargo no es el caso, pues se ha
logrado establecer que un mismo gen puede codificar varias proteínas
y que varios genes pueden contribuir a la expresión de un
mismo carácter.
La
secuenciación (descripción) del genoma ha sembrado
la confusión todavía más, según un análisis
publicado en el número 43 de la revista Label France en enero
de este año. Se ha descubierto que un gran número
de genes no presenta más que una correlación estadística
con el carácter que en principio debe determinar. Eso significa
que, entre los individuos portadores de estos genes, algunos presentan
el carácter (una enfermedad, por ejemplo) y otros no. Frente
a este problema, que complica la utilización de genes con
fines terapéuticos, los genetistas explican que hay que considerar
las complejas influencias de, incluso, factores medioambientales.
En consecuencia, el antes todopoderoso gen tendría que replanteando
seriamente.
"Hace falta comprender las leyes que rigen las interacciones
genéticas. Y estas leyes no están codificadas en el
genoma", previno el científico Andras Paldi en una entrevista
al diario Le Figaro, en julio de 2002.
El negocio detrás del logro
Dos rivales científicos, el Proyecto Genoma Humano (PGH)
y la empresa privada estadounidense Celera, han trabajado incansablemente
para comprender el hilo con el que está tejida la vida humana.
Pero no todo ha sido parabienes en los avances de la genética,
porque la rivalidad entre los dos grupos ha disparado los recelos
acerca de quién sacará provecho comercial de este
ingente trabajo.
Celera
es una entidad con ánimo de lucro que ha invertido cifras
millonarias en la empresa y espera obtener regalías. El PGH,
en cambio, es una iniciativa pública y busca la libre difusión
de sus logros entre toda la comunidad científica. Mae-Wan
Ho, biotecnólogo de la universidad Walton Hall del Reino
Unido, describe esos propósitos así: "Celera
dice que con sus descubrimientos se podrá curar definitivamente
el cáncer, lo que le asegura un lugar en el mercado de la
inversión privada, mientras que el proyecto público
señaló que el mundo real estaba empezando. De ese
modo justifica los fondos públicos que este proyecto recibirá
en su segunda fase".
Este escenario ha sido bautizado como "la fiebre de oro de
la bioinformática", que promete transformar la información
bruta en conocimiento para hacer medicinas lucrativas. La bioinformática
es un negocio que mueve 300 millones de dólares y se espera
que en cinco años alcance los dos mil millones.
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