Seis países buscaron el primer "bingo" científico del siglo XXI

Estados Unidos impulsó el Proyecto Genoma Humano. Se le unieron Alemania, China, Japón, Francia y el Reino Unido. Trabajaron a contratiempo, con la sombra de la competencia privada.

Bajo la batuta de Estados Unidos, seis países intentaron leer por más de una década el ABC del "libro de la vida": el genoma humano. Alemania, Japón, China, Francia y Reino Unido se sumaron a la iniciativa estadou- nidense para alcanzar lo que se cree que es la primera gran revolución científica del siglo XXI.
Su inicial gran logro fue la "lectura" de los primeros genomas en 1995 y en junio de 2000 presentó el primer mapa del genoma. El anuncio se hizo en la Casa Blanca, con la participación de Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano -un consorcio internacional de laboratorios de investigación que trabajan con fondos públicos, liderados por Estados Unidos-, y Craig Venter, presidente de la competencia privada aunada en la compañía Celera Genomics. Y con esto pareció establecerse una tregua en la implacable y beligerante competencia que enfrentó a los investigadores públicos con el equipo privado de Venter.

El día de la presentación del mapa, Venter dijo: "Este es un día histórico en los 100.000 años de historia humana, pues es la primera vez que el ser humano es capaz de leer las letras de su propio texto". Para no quedarse atrás, Collins llamó al mapeo del genoma humano como "la revelación del libro de la vida".
La competencia se declaró por la década de los 80, cuando se organizó el programa mejor financiado y coordinado para descifrar la esencia del ADN humano. En 1984, el biólogo molecular Robert Sinsheimer planteó la idea de fundar un instituto para secuenciar el genoma en la Universidad de California. Muchos estados y universidades competían con miles de millones de dólares por atraer al ambicioso proyecto.

Independientemente de los esfuerzos de Sinsheimer, el Departamento de Energía (DOE) de EEUU entró en el juego. Llevaba mucho tiempo interesado en la genética humana y las mutaciones, por sus programas nucleares, tanto militares como civiles. En 1986, la oficina de Investigación Sanitaria y Ambiental de la DOE propuso que su matriz aumentara su participación en las investigaciones genéticas basadas en la nueva biología molecular. Sabía que la secuenciación del genoma humano sería una tarea inmensa, pero beneficiosa para sus laboratorios nucleares.
También se involucraron diversos colectivos de científicos, principalmente los biólogos moleculares de las universidades y otras instituciones de investigación biológica que tenían la mirada puesta en los National Institutes of Health (NIH), que canaliza casi todos los fondos federales para la investigación biomédica estadounidense.
El 1 de octubre de 1988, el decodificador del ADN, James Watson, fue nombrado Director Asociado de la Investigación del Genoma Humano en el Instituto Nacional de Salud, con un presupuesto de más de 28,2 millones de dólares para el período 1988-1989 (unos 10 millones más que el presupuesto del DOE para investigar el genoma).
Ese mismo día, el NIH y el DOE firmaron un Memorándum de Entendimiento en el que las dos agencias se comprometían a cooperar en la investigación. El proyecto emprendió la marcha, pero con el NIH a la cabeza en lugar del DOE.

Mas durante los años de trabajo científico no todo fue color rosa, los investigadores estatales del proyecto recibieron instrucciones de la administración de Bill Clinton de hacer lobby para tratar de reparar las relaciones con Venter, científico que dejó el NIH para abrir su propia empresa con la intención de acelerar la investigación del mapa y lucrar con los descubrimientos. Dos objetivos que declaró él mismo y que empezó a lograr en los 90.
En 1994, Venter había fundado, con financiamiento mixto, el Instituto para Investigación Genómica (TIGR) y condujo el desciframiento de la secuencia completa del genoma de la bacteria hemophilius influenzae. En mayo de 1998 estableció Celera Genomics, una corporación resultante de la unión de Applera Corp. y TIGR, y concretó un joint venture con Applied Biosytems para comercializar sus hallazgos.

Cuando empezó a crecer el interés internacional por el Proyecto Genoma Humano, se hizo evidente la necesidad de un foro internacional y por eso en 1998, durante una reunión celebrada en Cold Spring Harbor, los investigadores decidieron fundar la Organización del Genoma Humano (HUGO), entidad que se encargaría de coordinar los trabajos internacionales para evitar repeticiones y solapamientos.

El impulso científico

Francis Ccrik Ganador del Premio Nobel. Genetista británico, fue uno de los primeros científicos en descifrar la estructura del ácido desoxirribonucleico en 1953. Es decir, identificó la sustancia que
determina las características de los seres vivos y lleva información genética por generaciones.

James Watson Nacido en Chicago en 1928, trabajó junto con Crick en la descripción de la estructura del ADN. El 1 de octubre de 1988 fue nombrado Director Asociado de la Investigación del Genoma Humano en los Institutos Nacionales de Salud. Primera meta: completar el mapa genético.

Craig VeNter Es el catalizador del Proyecto Genoma Humano. Presidente de Celera Genomics. Su aparición en el mundo científico forzó la maquinaria de la corporación internacional al establecer una fuerte competencia en la carrera. Su esposa, Claire Fraser, bióloga molecular, lo colabora en sus investigaciones.

Francis Collins Es el director del Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano, una división de los Institutos de Salud de EEUU, responsable del Proyecto Genoma Humano. Su laboratorio identificó los genes de la fibrosis quística, la neurofibromatosis y el mal de Huntington.

John E. Sulston Parte fundamental del equipo del Programa Genoma Humano. En 2002 compartió el Nobel de Fisiología y Medicina con otros científicos, por sus investigaciones sobre el desarrollo de órganos y la muerte celular programada. Mapeó una línea celular donde cada división celular y la diferenciación podía ser seguida en el desarrollo de un tejido en C. elegans. Mostró que las células específicas caen en muerte celular programada como parte integral del proceso normal de diferenciación e identificó la primera mutación de un gen que participa en el proceso de muerte celular.


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