Los niños se lucieron en el corso infantil, pese al agua y la desorganización
(La Paz - La Razón)
Un jet de medio metro de altura hecho con cartulina, plástico, madera y llantas esperaba a su piloto y copiloto a las 10.15 en la calle Colón. Henry Arroyo diseñó el vehículo que después condujo su hijo de tres años, Cristofer, y su sobrino, Kevin, en el corso infantil de La Paz.
Como Henry, los padres de familia diseñaron, compraron, alquilaron, elaboraron y hasta mandaron a traer del exterior trajes para que sus pequeños los luzcan en la entrada tradicional.
Más de 3.000 niños vestidos de conejos, gatos, tigres, leones, abejas, pepinos, hadas, hormigas, mallkus, cavernícolas, ratones y hasta puercoespines recorrieron la avenida Mariscal Santa Cruz.
Los padres más entusiastas también se disfrazaron. Algunos se preocuparon por entonar con sus retoños, como una liebre que acompañó a su pequeña tortuga o un papá que se vistió de mamá.
En el palco, el Alcalde saludaba a los carnavaleros. Dijo que el corso parecía una marcha de alegría. Los
papás le entregaban a sus niños para tener un recuerdo de Juan del Granado. En el mismo lugar, los jurados calificadores observaban con suma atención. Menuda tarea, cuando hubo derroche de creatividad. No faltó el que hizo alusión a temas “municipales”, por decirles de algún modo, como el niño que se vistió de basurero. Su mensaje: una ciudad limpia para todos.
Guarderías, preescolares y escuelas participaron. Por ejemplo, el Kinder Santana de Fe y Alegría, Toy House, María Auxiliadora y la Escuela República Argentina. Los grupos de amigos de zonas como la 3 de Mayo y Norte también asistieron junto a sus hijos.
Para el corso se disfrazaron bebés desde los tres meses hasta jóvenes de más de 15 años.
La emoción de los jefes de familia se notaba en cada cuadra. Cámaras fotográficas, filmadoras y fotógrafos contratados paseaban junto con los niños, los globos y la espuma.
Sin embargo, al pasar el palco se acababa la música. Muy pocos grupos
llevaron una banda durante todo el recorrido, la mayoría sólo bailaba al son de los instrumentos municipales.
"Tradición y diversidad" es el slogan que la Alcaldía de La Paz eligió para la versión 2003 de las fiestas carnavaleras.
Otra vez, la falta de control aguó la fiesta infantil
Cerca al palco donde se encontraba el alcalde de La Paz, Juan del Granado, había guardias municipales y policías. Cero espuma, cero globos. Las vendedoras ni asomaban por el lugar.
Sin embargo, media cuadra más arriba y media más abajo comenzaba el caos. Ni qué decir en el Obelisco o la plaza del Estudiante. La guerra de agua no respetó ni a los más pequeños. La misma historia de los corsos de los últimos dos años.
El lugar de concentración, el tramo entre el Obelisco y el Subterráneo se convirtió en un campo de batalla con armas de agua y espuma. Y ni a quién quejarse, porque no había ni guardias ni ningún tipo de autoridad. Era tierra de nadie. Los escasos
dos policías que rondaban por ahí también terminaron empapados y la gente de control de la Alcaldía se limitaba a mirar y, si acaso, a decomisar uno que otro globo. Pero a los disfrazados, no a las vendedoras apostadas prácticamente cada medio metro en las aceras.
De modo que algunos padres no dudaron en repartir bofetadas y empellones para hacer respetar a sus niños. Lo más triste fue que todo el empeño en los disfraces se fue, literalmente, al agua. Y, encima, una torrencial lluvia despejó la entrada después de las 13.00, cuando no hubo ingresado ni la mitad de los concursantes.
Los uniformados tampoco se inmutaron cuando la gente pisó las jardineras centrales en varios sectores de la avenida Mariscal Santa Cruz. ¿Podrá quejarse la Alcaldía? A las 08.00, los vendedores de globos llenaban baldes con agua de algunas tomas de El Prado.
Tanto el Alcalde paceño como el oficial Mayor de Culturas, Pedro Susz, dijeron que hubo el control.
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