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9/27/2001

Una sirena de esperanza sobre el mar andino.

(Revista Escape)

El barco hospital Julián Apaza realizó entre el 15 y el 26 de agosto un viaje por 17 poblaciones ribereñas del lago Titicaca entre Perú y Bolivia, incluidas seis islas. Once militares y ocho médicos vivieron extraordinarias lecciones. La nave cumple casi dos décadas de servicio.

Marineros zarpamos, marineros zarpamos. Los potentes llamados de la sirena y una serie de órdenes militares desafiaron el silencio de las primeras horas del 15 de agosto en el atracadero de la base naval de Tiquina al iniciarse la nueva misión del Julián Apaza. La nave boliviana que durante las últimas dos décadas se ha convertido en toda una celebridad en las costas del Titicaca.

Los motores empezaron a rugir y la voz de mando lanzaba el clásico ¡soooltar amarras!, mientras seis marineros y tres clases iniciaban coordinadamente diversas maniobras. Unos ajustaban gomas a babor para amortiguar el área del barco que iba pegado al muelle, otros recogían a duras penas pesadas escalerillas metálicas. El comandante de la nave, teniente de navío Gonzalo Jarjury, y el segundo de abordo, teniente de fragata Willams Gonzales, super- visaban la labor del timonel y los responsables de los sistemas motrices. Después la embarcación de 120 toneladas surcaba a una velocidad de tres nudos por hora el Lago Menor en cumplimiento de la primera travesía binacional de las dos que se efectúan al año.

En el interior del barco hospital —dividido entre consultorios y estrechas dependencias para el personal de a bordo— la contagiante dinámica militar exterior infundía un aire de solemnidad entre médicos y odontólogos.

Dos horas antes los galenos habían culminado los preparativos para responder a los retos que enfrentarían durante 11 días en sus visitas a 17 poblaciones ribereñas, incluidas seis islas.

En la pequeña comunidad flotante pronto afloró el buen humor y la camaradería. Algo necesario para la misión emprendida, pero natural en un grupo humano marcadamente joven. El promedio de edad no superaba los 26 años.
El primer objetivo del viaje fue Santiago de Oje, un pequeño poblado ubicado a tres horas de navegación. Allí esperaba a los viajeros la primera de una infinidad de lecciones vivas en esa sutil frontera de agua que marca a culturas y naciones.

Santiago estaba a la vista, pero como en la mayoría de los poblados bolivianos no existe un muelle, el Julian Apaza debió enviar su deslizador para ubicar el sitio propicio para atracar. Tres militares salieron en la pequeña lancha a rastrear la zona. Hallado el lugar, el barco inició su aproximación anunciando su presencia con la sirena. Los marineros comenzaron la exigente instalación de pesadas estacas metálicas en las orillas para fijar la embarcación.

Nuevamente la jerga naval se puso en vigencia: ¡Cobre, cobree! mandaban los superiores mientras los marinos liaban las sogas. En esas circunstancias el agua fría y los chapuzones son sólo un detalle en medio del gran afán que significa el desembarco a tierra. Luego vino otra experiencia propia del lado boliviano: la reacción _subDetalle timorata, a veces indiferente y hasta arisca de muchos pobladores hacia los recién llegados.

El Julian Apaza recibía poco a poco a quienes precisaban una salida a sus atormentadores dolores de muelas, infecciones crónicas o lastimaduras recientes. Dos marineros ampliaban la oferta a bien definidos cortes de cabello.

Algunos de los campesinos que tímidamente se animaban a las consultas a veces requerían de tratamientos importantes. Los esfuerzos de los médicos sólo alcanzan a combinar paliativos con consejos a sabiendas de que a veces todo es casi simbólico. “¿Qué se podría hacer por un enfermo que nunca tuvo los medios para poder siquiera viajar a La Paz?”. “¿Cómo prometer ayuda a pueblos que pese a su cercanía han sido ignorados durante siglos por los gobernantes?”.

Al continuar la travesía las diferencias se hicieron evidentes en aguas peruanas. Mientras el barco hospital izaba la bandera roja y blanca junto a la tricolor nacional, otra bandera del país vecino on-deaba cerca de su respectivo atracadero. Para las poblaciones de esas zonas, la visita se convertia en un evento significativo y la asistencia a las consultas se hizo masiva, organizada y expresiva. La infraestructura básica era notoria en cada poblado.

El barco boliviano continuó disciplinadamente su itinerario. La sirena volvió a aullar infinidad de veces en medio de los extraordinarios paisajes azules.
En cada puerto se escribieron decenas de historias como aquella en la que los médicos decidieron no revelar a un anciano que




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