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18 de octubre, 2004

Tapados, entre el rumor y la leyenda

(La Paz - La Razón)

Los tesoros escondidos bajo tierra se mantienen en el imaginario popular desde el Incario hasta hoy. Se dice que los escogidos observan destellos dorados o blancos o pequeñas llamas en el lugar.

Hay que saber, hay que tener fe y no tener miedo. Con esos requisitos es posible ingresar al mundo de “los tapados”, aquellos extraordinarios, por lo magnificados, tesoros escondidos bajo tierra y que, en algunos casos, han emitido señales precisas para hacer conocer a los escogidos sobre su presencia, aunque no siempre para ser descubiertos.

Don Porfirio Mamani Chura, un amable taxista en La Paz, es quien destaca la importancia de saber y de conocer.

El saber dentro de la cultura de los contrapuestos de los pueblos originarios del occidente boliviano implica conocer los poderes de lo bueno y de lo malo y saber cómo contentar al bien y al mal, indistintamente.

La Pachamama (Madre Tierra), generosa como es ella, abre la tierra durante ciertas fechas del mes de agosto, que es el mes dedicado a renovar la tierra después de que ha dado sus frutos. Pero al abrirse también da paso al mal, al Diablo, que permanece en sus entrañas agazapado y listo para causar daños y para despertar la avaricia de los humanos.

Es importante entonces ofrendar a la Pachamama, que “se encuentra con la boca abierta porque tiene hambre”, en esta época en la cual se prepara la tierra y es una oportunidad en la que hay que agradecer la prosperidad que da la Madre Tierra.

Pero también es muy importante saber contentar al Diablo para que los males que pueda ocasionar sean menores, sean más leves.

Cuando se abre la Pachamama, algunos individuos descubren como destellos que emanan del suelo. Cuando los destellos son dorados es que hay un “tapado” o un tesoro escondido con contenidos de oro. Cuando el destello es blanquecino, similar a cuando arde el alcohol, es que los tesoros tienen contenidos de plata, explicó Mamani Chura.

“Era agosto de 1973 ó 1974 —no puedo precisar el año— y estábamos en la provincia Camacho. Yo vi un destello en el suelo. Y corrimos hasta el lugar para marcarlo. Al día siguiente, fuimos a cavar y, en eso estábamos cuando sentimos como si un pájaro hubiese volado sobre nuestras cabezas”, contó don Porfirio. Fue como si se les helara el alma. Muy asustados dejaron sus excavaciones y salieron corriendo. “Al día siguiente amanecí con mi cara muy hinchada y solamente pudieron curarme los yatiris, que me millucharon en el mismo lugar, a pesar de mi miedo porque ya no quería volver”.

Un similar destello fue observado en varias oportunidades por una niña en la vieja casona en la que hoy se levanta el Museo del Charango, en las calles de Linares y de Sagárnaga. Cuando se estaba refaccionando la casa para convertirla en museo, la niña, que era ya una mujer casada pidió al dueño, el músico Ernesto Cavour, que se excavara el piso de la habitación donde ella vio con frecuencia esa especie de fuego, o de aura. “Excavamos —cuenta Cavour—, pero no encontramos ningún tapado. Eso sí, en uno de los muros que tenía un metro y medio de ancho, se encontraron restos de mesas negras, pero nada de tesoros ni objetos de clase alguna”.

De rumores a leyendas. Existen innumerables historias no confirmadas y suposiciones de que en tal o cual lugar existían tesoros escondidos, es decir, pequeños baúles con monedas, paquetes con joyas u objetos religiosos, cuyos dueños pudieron haber guardado bajo tierra para futuras generaciones en los primeros años de la República o, en los últimos de la Colonia. Ello explica algunos hallazgos en Potosí, en Cochabamba y aquí en La Paz.

En el siglo recién pasado, el siglo XX, se decía que se había encontrado “tapados”, pero nunca se pudo confirmar la existencia de los presuntos tesoros. El último caso, a fines de los 90, se produjo en una casa de la calle Chacaltaya, a la que fueron convocados arqueólogos, que acudieron con detectores de metales pero no encontraron más que algunos túneles que amenazaban con derrumbarse, por lo que, junto al pedido de la familia, decidieron volver a tapar lo perforado.

Lo mismo se dijo cuando se estaba derruyendo la casona de doña Rosa Agramont, en la avenida Arce y Rosendo Gutiérrez, para levantar el “Shopping Center”, que acabó en manos de la Universidad. Lo mismo sucedió cuando se preparaban los terrenos, que pertenecía a un orfanatorio administrado por monjas, donde se levantó el Palacio de las Comunicaciones. O en la iglesia de San Juan de Dios, de la Loayza, en la que se encontraron algunos objetos de la antigua construcción que le precedió y que, aparentemente, era un hospital.



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