La realidad de los inmigrantes
(La Razón)
El indocumentado gana menos, por supuesto, pero, además, no tiene acceso a la seguridad social. El indocumentado es vulnerable a la extorsión, a la amenaza, y no puede acceder a la vivienda, la educación, la salud, y lo que es necesario para vivir.
Seguramente que uno de los temas que con mayor atención ha tratado y trata este periódico ha sido y es el vía crucis por el que atraviesan los inmigrantes nacionales que están dispersos por el mundo, pero muy especialmente quienes tienen carácter de indocumentados y que se han asentado, en particular, en la vecina República Argentina.
Nada más que el hecho de tener que abandonar el propio país en busca de trabajo y de un mejor destino, ya es suficiente sacrificio. Apartarse de la familia, de los hijos y del cónyuge, con la esperanza de reencontrarse algún día; dejar las costumbres, la comida, el clima al que se está habituado, es algo que pesa enormemente en el ánimo de quien emigra. Pero si en la patria no existe oportunidades para vivir decentemente, para sostener un hogar y asegurar el futuro de la descendencia, entonces no existe otra alternativa que buscar suerte en otros lugares.
La ausencia de empleo por la que atraviesa Bolivia desde hace décadas ha obligado a muchos compatriotas a tomar el camino de una suerte de destierro voluntario. El Estado se preocupa por una situación de esta naturaleza tan desesperada pero, como no puede ofrecer trabajo, tampoco puede evitar que su gente joven, la mano de obra tan necesaria en el país, los técnicos y hasta profesionales calificados se vayan en busca de oportunidades.
Las noticias que han llegado desde Buenos Aires, luego de que se conoció la muerte de seis compatriotas que trabajaban, casi como esclavos, en una fábrica de textiles que se incendió, han conmocionado a la opinión pública y han causado un remezón en nuestra sociedad. Sucede que se ha abierto ante la vista de todos una realidad terrible, de la que se hablaba pero, en el fondo, no se le daba la suficiente credibilidad: la servidumbre a que están sometidos muchos inmigrantes en Argentina.
No se trata de que haya una persecución intencional en contra de los bolivianos por el hecho de haber nacido en Bolivia, sino que existe una inhumana explotación laboral para todos los indocumentados que se asientan en Argentina. Pueden ser bolivianos, como paraguayos y peruanos. Justamente los hombres y mujeres procedentes de las naciones más pobres son quienes sufren el rigor del trabajo “negro”. Esa es la gente que, sin una identificación en regla, no puede firmar contratos de trabajo, y entonces queda sometida a la arbitrariedad de quienes los contratan.
El indocumentado gana menos, por supuesto, pero, además, no tiene acceso a la seguridad social. El indocumentado es vulnerable a la extorsión, a la amenaza, y no puede acceder a la vivienda, la educación, la salud, y lo que es necesario para vivir dignamente. Pero, además, lo grave es que no son los nacionales argentinos quienes abusan exclusivamente de los inmigrantes bolivianos, sino sus propios paisanos que han montado cadenas de explotación que se inician en Bolivia, donde se recluta la mano de obra, para luego hacerles pasar la frontera y allí despojarlos de sus documentos —a quienes los tienen— y someterlos a un trabajo inhumano y mal remunerado.
Ahora el Gobierno argentino anuncia nuevos programas para facilitar la regularización de los residentes ilegales. Es de esperar que no sea uno más entre tantos convenios, protocolos, anexos y modificaciones que se han suscrito y cuyos resultados no evitan la explotación y la violencia.
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