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6/30/2002

“Potosí 1600” se presentará el 2 de julio en La Paz

(La Razón)
Leonor se insinuó en el portón de la casa contigua al convento de Santa Teresa y, arrebujada en negro manto, subió la pendiente que la llevaría a la iglesia de San Francisco. La seguían Paquita y la Mamay con misal, reclinatorio, novenarios, denarios y rosarios listos, mientras contestaban los rezos que proponía en pos de confesión con el Muy Reverendo Padre Joseph de Quiroz.
Señor, tú que sacaste al profeta del lago,/ de poder de gentiles sacaste a Santiago,/ a santa Marina libreste del vientre del drago:/ libra a mí, Dios mío, desta presión do yago.
Cruzó el umbral de la venerable puerta y se precipitó a la imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz. Paquita aprontó el reclinatorio para que el ama se postrara de hinojos, desnudara el rostro y mirara esa imagen que un buen día llegó en cajón de cedro al puerto de Veracruz, el primero que pisara Colón en el continente, con unas letras grabadas que no dejaban lugar a engaños: «Para San Francisco de Potosí». Así la caja había recorrido cientos de leguas, virreinatos y capitanías generales para llegar de Nueva España a Nueva Granada y a Nueva Castilla y a Nueva Toledo y a la sede de la Audiencia de Charcas sin procesiones, liturgias ni protocolos, hasta ese luminoso amanecer en que apareció a las puertas de San Francisco, de la Villa Imperial de Potosí, urgido de que alguien izara sus leños cruzados y descubriera las finas formas. El Divino Rostro lucía cabello natural que no menguaba desde aquel ya lejano 1550, no obstante que manos de frailes, legos y beatas lo cepillaban y ofrecían reliquias con los pelos arrancados que cumplidamente crecían, incluidas algunas canas que pintaban madurez en la Divina Imagen.
Señor tú que libreste a la santa Susaña,/ del falso testimonio de la falsa compaña:/ líbrame tú, mi Dios, desta coita tan maña, /dame tu misericordia, tira de mí tu saña.
Potosí había sido consagrado al patronato del Santísimo
Sacramento, a la Purísima Concepción de María y al Apóstol Santiago, en célebres fiestas que duraron veinte días. A todas esas santas advocaciones Leonor invocaba con una angustia latente, pero bien administrada por el chocolate que le servía la Mamay y que se había convertido en un vicio desde aquel día en que recibió el primer embarque de manos de su prima, Doña Ximena, residente en Nueva España, y muy dada a interrumpir el oficio despachando con sus comadres una jícara de esa sangre vegetal cálida y espesa originaria de México. Dicen que el propio Arzobispo concedía tres recreos durante la misa ordinaria para dejarse agasajar con tamales, hojaldres, alegrías y buenas tazas de esa bebida que era ya objeto de colectiva adicción.
A Jonás, el profeta, del vientre de la ballena,/ en que moró tres días dentro en la mar llena,/ sacástelo tú sano, como de casa buena:/ Mexías, tú me salva sin culpa e sin pena.
Las jícaras mexicanas eran el orgullo de Leonor pues su uso no era frecuente en Potosí como lo era el de la yerba mate que llegaba del Paraguay, en un principio como remedio de botica, pero muy pronto como un vicio difícil de controlar. El padre había adornado la dote de Leonor con seis delicados poros de plata blanca y maciza y seis bombillas del rico metal con incrustaciones de rubíes y esmeraldas.
A Leonor la afligían, sin embargo, cuitas más graves. Repetía, frente al retablo mayor, los siete pecados capitales y concluía que el mayor flagelo de Potosí era la codicia. Allí afincaba la
terquedad de su marido, que
hubiera accedido a cualquier demanda suya, menos a desamparar esa rica ciudad que les daba tanta riqueza.
Leonor recordaba esa vez que había nevado once días consecutivos. Al segundo ya no había bastimentos, en especial carbón. Al tercero, comenzaron a llegar las siete plagas de Egipto, y culminando la docena de días el desastre total, porque la nieve se deshieló, crecieron las quebradas y hubo graves inundaciones con costo de vidas y casas derruidas. Pero acaeció que al mismo tiempo la nieve dejó descubiertas dos vetas de las más ricas del Cerro legendario: la Estaño y la Mendieta. Entonces nació el célebre refrán que dice: Año de nieves, año de bienes. La codicia de los potosinos no reparaba en pérdidas de vidas ni en los rigores de esa cruda estación que se iniciaba en mayo y se disipaba apenas en septiembre. Ellos decían que bien haya el rigor de la nieve, si al cabo el Cerro nieva plata y rosicler.
Ese era el cimiento de la caterva de dudas de Leonor sobre si obraba conforme a la gracia de Dios al obedecer a un marido tan codicioso a quien no ofendía la muerte temprana de seis hijos anteriores con tal de seguir recibiendo la dádiva mineral del Cerro Rico. ¿No había ella insistido en mudarse a la ciudad de La Plata o Chuquisaca, o comprar un fundo en el valle de Cinti, o volver a Castilla y vivir los días que restaban en sus vidas? Pero Francisco de Flores era tozudo: estaba poseído, como todos en Potosí, por el demonio de la codicia y no tenía cuero para los fríos. Unicamente para esperar, día a día, el reporte de haber encontrado una nueva veta o el de contemplar maravillado los milagros del azogue o el de haber conseguido un nuevo procedimiento para beneficiar los negrillos o simplemente para ignorar la tragedia de su propia familia y esperar todos y cada uno de los días ese golpe de la fortuna que hizo millonarios a Juan de Villarroel y al Capitán Zapata y a su amigo Don Rodrigo Peláez y al Maestre de Campo Antonio López de Quiroga y a cuantos afortunados habían coqueteado con los favores del Cerro Rico.
En el fondo de su corazón, Leonor se decía que ése era un Cerro khencha, que es como llaman aquí a la mala suerte, un viejo rijoso y crápula que dilapidaba una parte ínfima y, sin embargo, sobrenatural, de su fortuna, para alentar el vicio y el pecado en la imperial Villa, no obstante que en su vientre se sucedían las peores atrocidades, los crímenes más horrendos, el agobio más inicuo de la naturaleza sobre el hombre y del hombre sobre sus semejantes.
Por dentro, el rico Cerro era como un árbol de plata cuya cabeza había sido decapitada, según decían los indios, cosa tan cierta como una moneda de un peso de a ocho reales. La plata blanca de la punta, veteada de rosicler y de plomo ronco, los árboles argentinos que formaba la naturaleza con filamentos como ramas de pino, poco a poco habían ido desapareciendo para dar lugar a negrillos y otras mezclas rebeldes a todo beneficio. Si lo sabría Francisco, su esposo, azoguero, cuya vida se le iba en el ingenio de su propiedad, cavilando noche y día cómo arrancar el metal de la prisión de esas arcillas avaras.
Leonor contemplaba la Divina Clemencia y estaba a punto de maldecir por el sino de haber vivido ya tantos años en una tierra de rencores. ¿No habría sido mejor permanecer alrededor de una olla de duelos y quebrantos y padecer austeridad en la villa de su nacimiento que venir a esta ciudad opulenta donde nadie tenía comprada la vida?
En los detalles de su memoria había indulgencias para sus propios pecados, pero temibles recriminaciones para los ajenos. ¿No era pecado la contumacia del potosino suelo donde habitaban tantos advenedizos hombres de armas cuyas crueldades llegaron a oídos del Virrey Hurtado de Mendoza que ordenó que el Corregidor Polo de Ondegardo los desarmara y no permitiera gente alguna sin oficio conocido en la imperial Villa, sin éxito alguno? Porque era más fácil que un alfanje pasara por el ojo de una aguja, que el ánimo exaltado de los potosinos de entonces se aviniera con el prójimo.
Tristes eran los reconcomios de Leonor. ¿No maldecía la hora en que Francisco de Flores, su primer y único hombre, la llevó al Nuevo Mundo y el instante en que recalaron en Potosí? Sin embargo, esa tierra labraba en el alma sentimientos contrapuestos: tan pronto Leonor sentía que la odiaba con todo su ser, como le agradecía por la prosperidad, la opulencia, la despensa llena y abundante con que mantenía su casa.
Con todo, Francisco de Flores era reo de codicia, y quizá el Señor hallara modos de cobrarse muy caro este pecado capital: ése era el mayor temor de Leonor. ¿Cómo podía el humano entendimiento concebir que un padre perdiera seis hijos de tierna edad, tan sólo por no irse de esta Villa helada, únicamente por el vano afán de acumular pesos de plata? ¿Cómo podía obligar impunemente a su familia a vivir en esa tierra inhóspita donde, si no soplaba el viento helado, caían granizos del tamaño de un huevo de paloma o, como era también frecuente, del volumen de un pomo de espada?
Leonor invocaba la protección celestial del Santo Cristo, por intercesión de su Santísima Madre que un buen día, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, se apareció en una plancha de plata nativa y maciza con filamentos de los más finos que era obra de maravilla y fue enviada al Viejo Mundo, donde dicen que es venerada en la Iglesia de San Agustín de Barcelona. Recordaba además al Santísimo Sacramento, al Apóstol Santiago y a la Purísima, a cuyo santo patronazgo había sido encomendada la Villa.
Del fondo emergió la silueta de un anciano, cuyo hábito de San Francisco cubría con holgura su magro cuerpo. A los flancos de la tonsura, que era pura y simple calvicie, una cabellera incierta y conjetural, como hecha de briznas de nieve, y en el rostro blanco el fuego de sus ojos verdes: Fray Joseph de Quiroz asumía sonriente el rito semanal de dar confesión a esa santa mujer cuya copiosa limosna sostenía el gasto de flores y ceras del Retablo Mayor.
Unida en santo matrimonio con el azoguero Francisco de Flores, con buenos veinte años de residencia en el Nuevo Mundo, llevaba presta sus angustias a confesión. ¿Pero qué pecados podía cometer una mujer pía y fervorosa como ella? No era criatura de pecado sino de consejo. Tal como lo sospechara, se había confirmado su embarazo. Un nuevo hijo de Flores latía en sus entrañas, pero le hacía abrigar el oscuro temor de perderlo, como ya le había ocurrido con seis criaturas anteriores, una tras otra, a Dios gracias bautizados y hoy en el Coro de los Angeles, muertos por las inclemencias del tiempo, pues, no bien llegaban a Potosí, los helaba.
—¿De qué me ha servido, vuesamerced, retirarme al valle de Cinti, al valle de Mataca, a Presto o a Sopachuy, a la ciudad de La Plata o a Mondragón para alumbrarlos y criarlos, si de retorno cogieron resfrío y los recogió el Señor? Nueve años de mi vida lejos de mi marido, sabiéndolo amancebado con barraganas de la Villa, tan sólo por darle descendencia y...
—No volváis a ausentaros de Potosí —dijo el padre Joseph.
—¿Pero cómo? ¿A quién invoco? ¿Al Santo Cristo de la Veracruz? ¿A La Limpia Concepción? ¿Al Apóstol Santiago? ¿Al Santísimo Sacramento?
—No, hija, a San Nicolás de Tolentino, patrono de...
—...los panaderos...
—...y... de los partos difíciles.
—Pero, vuesamerced, ¿no es acaso patrono de parturientas y parteras San Ramón Nonato?
—San Nicolás también tuvo dificultades en nacer.
—¿Podrá San Nicolás, por ventura, interceder al Señor como no pudieron hacerlo antes no menos ilustres abogados?
—Ten fe en Dios, hija mía, y en la intercesión de San Nicolás. Ora mucho, cumple los preceptos, y haz amable tu dulce espera.
Leonor Guzmán de Flores cruzó el umbral de San Francisco, bajó las gradas del atrio, se dirigió a la Plaza del Gato y estaba radiante. Por fin un santo varón le daba una causa para recobrar la fe, redoblar sus ejercicios espirituales y abrigar la leve esperanza de que un milagro le diera, por fin, un retoño, y a Francisco de Flores el orgullo de preservar su apellido.



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