Qala Yampu una travesía con nubarrones incas

Martes, 15 / Oct / 2002
 
(La Paz - La Razón)
Bolivia.com
Una piedra que surca las aguas del Titicaca, un armazón de totora y corazón aimara, y una tormenta con ventoleras. La expedición comienza. ¿Llegará con éxito a su destino?

El sol quema y el aire arde. El invierno se muere. Es 25 de agosto. La barca de totora, construida por el maestro Paulino Esteban y su familia, toca recia y altanera las aguas del Titicaca. Es mediodía. Antes, más de 60 personas desplazaron la nave a duras penas, con cuerdas, troncos y palancas. Así, comenzaba la aventura.
La expedición Qala Yampu, dirigida por los arqueólogos norteamericanos Paul Harmon y Alexei Vranich, abandona junto a la orilla la teoría y los papeles para empaparse de olas y mareas. Primero con una travesía de Huatajata a Copacabana, donde se pretende cargar una piedra de andesita de nueve toneladas. Luego, hasta Santa Rosa, para hacerla llegar a la sagrada Tiwanaku.
Algo más de 90 kilómetros de navegación en el lago más alto del mundo, el Titicaca (3.830 metros), y una embarcación de 10 toneladas, 15 metros de eslora y seis de manga que quiere demostrar que los antiguos tiwanakotas transportaron a los monolitos en este mismo tipo de estructura.
Por eso la reunión de esta mañana. La agónica espera de semanas —el proyecto arrancó el pasado 2 de junio— alberga su recompensa. Y el sueño de un pequeño grupo de personas —Alexei, Paul, Mariette Verseveld, Rebekka Rust, Chris Knutson, Kenji Spielman y Niels Johannsen— se pone en marcha, la barca está a flote.
Alexei forjó la idea pero es Paul, experto navegante, quien ha tomado la batuta de la travesía. Y Chris se destapa con sus conocimientos sobre navegación en el incaico. Los tres, quizás, hayan sido el verdadero alma de la aventura.

La odisea comienza
Los malos presagios hacen pronto acto de presencia, al segundo día de la partida y con las primeras estrellas. El tremendo amasijo de 3.000 amarres de totora se instala en sus propias carencias. La más grave es la falta del ancla que les deja a merced del vaivén de las olas y la muerte. Cualquier accidente en esas circunstancias puede ser fatal.
Por si aquello fuera poco, también salen sin timón, sin velámenes de tela y sin patria. Sí, sin patria, porque ante el empuje de las aguas, la tonta ventolera y la tormenta, la barca casi se bambolea entre las fronteras de Perú y Bolivia.
Sin más daños encallan en la isla Taquiri, pero recién se dan cuenta de que algo falla. La barca no está en condiciones y una familia se les viene en mente: los Esteban.
Los hijos de Paulino —Benjamín y Braulio—, que se habían acercado a la nave, les conducen a Suriqui para las reparaciones. Allí nace el naufragio. Ambos piden más dinero para continuar, a pesar de que su ayuda y compañía ya figuraban en el contrato.
Paul, decepcionado y preocupado, no tiene más opción. El barco se alista como puede y Benjamín y Braulio quedan en tierra. Aunque con timón y ancla, el grupo se siente por primera vez a la deriva.

Un nuevo constructor
En ese estado, el armazón de totora retorna al agua. Ya sin tripulación aimara y con los elementos en su contra, viento del oeste que aún les rezaga y una barca que, a pesar de los esfuerzos, no parece estar todavía en condiciones. Todo es cuestión de tiempo.
Y éste pasa y se encarna en la pausa y el desastre. Los remos no responden, las velas de tela —que por fin les entregaron el día 28— no se adaptan al mástil y uno de las cordajes cede poniendo en virtual peligro la estabilidad de la nave.
En esas latitudes, donde nunca es descartable la tragedia, los marineros deciden parar para remozar la balsa. Están en Tiquina y la marea, que ya resbala sobre septiembre, los halla con la moral minada por frío y contingencia.
Paulino se ha esfumado del mapa y con él toda su familia. Pero los remiendos precisan de un maestro y terminan encontrándolo. Se llama Justino Cacasaca, también con amplia carta de experiencia en lo que a estos barcos se refiere. Se les unen, además, cuatro expertos jóvenes navegantes de la Isla del Sol. La totora recupera de esta forma un espíritu indomable, el aimara. Tardan en prepararse tres días, con trabajo arduo y riguroso desde las 7 de la mañana. El resultado es el mejor: un asta dos metros más alta al firmamento y complementos más robustos, que ahora sí rezuman seguridad y presencia.

Rumbo a Copacabana
Una nueva carcasa, y también una nueva suerte. Parten a Copacabana el 4 de septiembre. Y si antes la navegación en la noche fue la constante y las horas muertas ancladas frente al viento, ahora desfilan como un rayo. En solo dos días se plantan en su primer destino. El 6, a media tarde y no sin haber tenido que remar algunos tramos, tocan las costas del santuario de la Virgen más famosa.
"Truenos, relámpagos y una cascada incesante de agua. Aquellos sueños del 26 de agosto fueron realmente de pesadilla. El cielo se estremeció hasta estar a la altura del Titicaca. Un abismo gélido se adueñó de los cuerpos de la tripulación. Ellos, apenas con un plástico y los sacos de dormir y sin una carpa, resistieron la arremetida casi a la intemperie. Sin embargo, después nada fue más reconfortante que la contemplación del firmamento, como una ilusión de polvo astral, de oscuridad moteada con puntitos luminosos".
"Lo de la comida es para comentar aparte. Al principio, la dieta era de circunstancias, escasa y fría. Y es que los elementos eran pocos, una cocinita a gas y un hornillo de aluminio. Aunque con el tiempo, como el buen vino, todo mejoró e incluso se dieron el lujo de disfrutar de algún plato caliente".
Son tímidos apuntes para el cuaderno de bitácora porque la crónica perfecta se comenzó a escribir el 7 de septiembre. En esa fecha, el grupo se sumerge en otra de las realidades de la expedición, el movimiento del monolito de andesita. Arrancado del mismo cerro, llevaba días siendo arrastrado por varios habitantes de la Isla del Sol por una rampa que ellos mismos construyeron piedra a piedra.
Por lo menos, ya había caminado 20 metros. Sólo falta el empujón definitivo. En eso trabajan: troncos, algas como lubricante y poleas. Ante la dificultad, tardan más de un día en subirlo hasta la barca. Finalmente, cae en el lugar indicado, en medio de un terrible y poderoso estruendo. Y un peso añadido se une al de la totora mojada. La nave muestra ya un leve hundimiento. Los buenos ánimos, en cambio, emergen vigorosos.

La superstición y el miedo
La fiesta y el alborozo no duran mucho tiempo. El 9, jornada prevista para la partida, la enfermedad se adueña de cada uno. La causa, una leve indigestión.
Nuevamente, un velo de superstición y nubarrones amenaza a los integrantes del Qala Yampu. El miedo arrebata conciencias, pero se adueña con especial saña de los aimara. Los signos no son los más propicios. Y ellos lo saben.
Justino, el segundo constructor, aboga por no soltar amarras. No es el único. Otros también creen interpretar malos augurios. Por eso, sobrevienen los retrasos. Al día siguiente, es una tormenta lo que desaconseja levar el ancla.
Ningún tiempo está demás, se aprovecha para la puesta a punto de la nave. Mástil firme, timón sujeto y cordaje tenso. Con todo, hay una falla: la simetría en alturas entre babor y estribor no es la misma, y con la roca encima, esta disfunción se acentúa. Paul y su equipo se enfrentan a un nuevo desafío. Pero, la solución llega de la manera más inesperada, gracias a la alargada sombra de los Esteban.
Todo es extraño, Paulino se presenta en el pueblo junto a su familia y se ofrece para la reparación, esta vez sin dinero de por medio. Entre mitos, creencias y súbitas apariciones la barca parte hacia lo desconocido. Con un rumbo, Santa Rosa, y el futuro engarzado entre riadas de temores y de dudas.
Más que navegar, la totora vuela. Viento a favor y con las velas hinchadas, atraviesa los estrechos y las corrientes sin problema.
El 16 de septiembre, de un suspiro, están ya a punto de entrar a Santa Rosa. Y tan sólo dos días más tarde bajan la piedra. Llega gente de todo lado, palos y pares de manos que ayudan en una maniobra que culmina con una rapidez extrema. Ha sido un éxito.
El tiempo se atora en esa imagen. Y el monolito se olvidará de Tiwanaku. Los comunarios deciden que se quede en Santa Rosa, así como la barca. Paul sonríe, aunque abandona la totora con tristeza. La Qala Yampu pone punto y final a la travesía. El sol quema y el aire, extrañamente, arde.
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