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11/26/2002

Afrobolivianos, 151 años libres, pero no iguales

(La Razón)


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El último censo los ignoró. En la universidad les decían que las matemáticas no son para negros. En la calle les ven y gritan: “¡Suerte negrito!”, como si fueran amuletos, objetos.

El tiempo transcurrido desde la partida hasta la llegada duraba un año y medio, alojados en estrechas sentinas de los buques pequeños, malolientes y mugrientos. Las recuas humanas, llevadas como nubes sin agua por los vientos de la colonización, navegaban los océanos en total hacinamiento y en condiciones inhumanas sin ninguna protección sanitaria”.

Así las crónicas recogen la travesía de los esclavos africanos hasta el Nuevo Mundo en 1500. Puertos como Cartagena de Indias en Colombia, Callao en Perú o Río de la Plata en Argentina daban cobijo a los barcos de esclavos que llegaban desde las aguas del continente negro. La mayor parte venía desde Congo, Angola, Benguela y Biafra. Una vez producido el desembarque, las familias eran separadas y cada persona era marcada como bestia, con fierros candentes. La trataban como simple mercancía y los colonizadores españoles la llamaban “pieza”.

Nadie olvida. Y el Primer Congreso Nacional Afroboliviano —reunido en La Paz entre el 13 y 16 de noviembre— ha venido marcado por el escozor de esas llagas de la historia, heridas que no terminan de cerrarse por las actitudes actuales de la sociedad.

La abolición de la esclavitud, durante el gobierno de Manuel Isidoro Belzu hace 151 años, no fue suficiente. Aquellos primeros siervos obligados, que sufrieron y dejaron sus vidas en las minas de Potosí o en la Casa de la Moneda, apenas dispusieron de oportunidades. Pero los que recién estrenaron la libertad tampoco mejora- ron sustancialmente sus condiciones de vida. “Mi abuelo participó en el sistema de pongueaje de las haciendas.

Trabajaba tres días para el patrón y uno para su familia.

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No había descanso, ni sábados ni domingos. Se ocupaba en las plantaciones de coca, de sol a sol”. Es parte de los recuerdos de Edgar Vásquez, de la dirigencia afro de La Paz, que los está volcando en un libro sobre sus orígenes. Y él bien sabe que el vasallaje respecto a los grandes señores seguía siendo un obstáculo para romper el yugo de las antiguas cadenas. Por eso, muchos consideran que la verdadera libertad no llegó hasta la reforma agraria que sucedió a la Revolución de 1952. Fue en aquel momento cuando, por fin, accedieron a la tierra, logrando así una mayor independencia. Hoy, a pesar de que el mundo ya camina con pie y medio en el Siglo XXI, la discriminación late aún con fuerza. Por lo menos, de esa forma se refleja en la experiencia de aquellos que emigraron desde sus comunidades yungueñas a La Paz y otras ciudades, en busca de educación universitaria y un futuro con mejores perspectivas. “Para los ojos de la sociedad todavía somos invisibles”, se queja Jorge Medina. Alza su voz con la seguridad de aquellos que esculpen las verdades con las palabras justas. Su frente es amplia, su mirada penetrante como una aguja y su voz suena rotunda. Es otro de los líderes que trabaja en la hoyada. Y lo que dice viene envuelto en un manto de certeza. En el último censo, el año pasado, se les excluyó de la catalogación de etnias, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) con tal motivo. “Se nos olvidó incluirles”, se excusaron entonces desde el organismo del Estado.

Unas 30.000 personas —la población aproximada de afros— quedaron así relegadas al ostracismo, como si lugares como Tocaña, Chijchipa, Santa Ana, Chicaloma o Chulumani, entre otros, no pertenecieran a ninguna parte. Se les ha negado, en los papeles, la existencia como pueblo. “En la conquista no se produjo el encuentro de dos mundos,

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sino de tres. El tercero es el africano —explica el historiador Fernando Cajías—. Entre 13 y 20 millones de esclavos fueron arrancados de sus países para ser llevados hasta el nuevo continente. Mucho más que el europeo, el negro fue el gran colonizador de América”. Sin embargo, siempre marginados de las políticas de desarrollo de los gobiernos, su representatividad es casi nula.

Pero no sólo se les hace el vacío en las instituciones. Las escenas cotidianas son un mudo testigo de las vejaciones que aún acompañan al devenir diario de la población afro en las grandes capitales. “Suerte negrito, me decían cuando llegué a La Paz. Y me sentía mal. En algunos momentos pensaba: ¿Por qué he nacido negro? ¿Por qué la gente se tiene que burlar? No somos amuletos”. Jorge, que ha grabado en su cabeza esos momentos, fue también uno de los primeros en abrir camino en la universidad. “Uno de mis docentes me espetó una vez que la ingeniería de sistemas no era para negros. Le demostré todo lo contrario con mis calificaciones. No les interesa el grado de preparación.
Unicamente se fijan en el color de la piel, no hay dónde perderse”. Edgar coincide con sus reflexiones: “Presentas el currículum y en muchos sitios no te toman en cuenta por ser negro”. Y las mujeres no se escapan de estos ambientes. “Piensan que no valemos más que para ser empleadas del hogar”, lamenta Marfa Inofuentes, otro rostro importante del grupo dirigente. Ella ha sido una de las principales impulsoras del Congreso.

A ritmo de saya
Y, como respuesta al cúmulo de despropósitos con los que se enfrentan los afros en la vida diaria, la plaza Murillo se llenó de saya el viernes 15 de noviembre. Estas canciones de queja y alabanza son el símbolo inequívoco de pertenencia de las comunidades. “Ha sido uno de los medios para forta- lecernos. Nos ha ayudado

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a ganar espacios”, reconoce Juan Carlos Ballivián, otro de los líderes de avanzada. Tambores, látigos, cascabeles y cuanchas sonaron con todo el aliento de un continente. “No me confunda saya con caporal”, reclamaban en clara referencia a la apropiación por parte de grupos, como los Kjarkas, de las composiciones locales, y a su posterior distorsión. Así, el potente chorro de percusión y voces que recorrió las calles del centro de La Paz reivindicó la presencia de los afros, aun con las fuertes dosis en vigencia de influencia andina —quechua y aimara—, presentes en aquello relacionado con los modos de vida y vestimenta.

Con todo, pese a la indiscutible influencia de la música en la búsqueda de un sitio y de una identidad, Fernando Cajías avisa: “No hay que musicalizar la cuestión afro”. Guarda razón, la cultura de sus ancestros va todavía más allá. Desde el mauche —un ritual de corte fúnebre para homenajear a los ancianos difuntos— hasta el matrimonio negro se esconde la esencia de las raíces africanas que ellos sienten tan dentro. áfrica está en el mundo y esto ya lo resumió el periodista polaco Ryszard Kapuscinski en los prolegómenos de su libro Ébano: “Viví unos cuantos años en áfrica. Siempre evité las rutas oficiales, los palacios y las figuras importantes. Prefería subirme a camiones encontrados por casualidad o recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos. Su vida es un martirio, un tormento que sin embargo soportan con tenacidad y áni- mo asombrosos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, un cosmos heterogéneo de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convección reduccionista, por comodidad, decimos áfrica... en la realidad, salvo por el nombre geográfico, áfrica no existe”. Y es que áfrica es mucho más que unas fronteras.

 

 

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