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12/4/2002

La leyenda de la ciudad de piedra

(La Razón)


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Entre Charaña y Rosales, a los pies de una comunidad llamada Muru Amaya, se ubica esta formación geológica que se conformó ya hace 10.000 años. Allá las formas imposibles se funden con el trazo de sus historias. Y el que entra, si sale, nunca queda indiferente.

El sol caía horizontal y la sed, grasienta, me devoraba los labios. Mis pies escrutaban el vacío y mi cuerpo se deslizaba por el borde del cañón, una inmensa dentadura de encantos verticales, temblando entre las dos paredes rojizas. Se cumplía la leyenda de la ciudad de piedra: “Uno sabe cuándo entra, pero nunca cuándo va a salir”.
Minutos después, en un último y fugaz vistazo al atravesar el filo de la garganta por un paso que se llama la escalera, me cercioré de que el aliento de la ciudad de piedra realmente existía. Ella, eterna y semiburlona, nos despachó con aires de clemencia, ya que esta historia comenzó con muy malos presagios.
Aquel martes los todoterrenos colorados de la prefectura avanzaban dando tumbos por el camino sin asfaltar que conducía al complejo rocoso, una titánica formación geológica de más de 2.000 kilómetros cuadrados que data de hace 10.000 años. Por aquel entonces, el volcán Anallajchi (5.583 metros) —próximo al Sajama— explotó sin tregua conformando ese lindo sueño de canto y arena.
Y todo resultó normal hasta que llegamos al pueblo de Calacoto, acompañados por la vieja y denostada vía férrea. Allí, un extraño arco iris de doble arco doblegó las primeras conciencias. Luego, tras cruzar el río, el cielo se atragantó con el azul tridente de los rayos y una golpiza de granizo embistió hasta estremecer el suelo.
Fue en esa atmósfera que aterrizamos en Muru Amaya —el

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corazón de la ciudad de piedra— casi en la anochecida. Y la pequeña comunidad dispuso el tercer guiño de casualidad. En quechua su nombre significa “la pared de la muerte”. Así, tan sólo el delgado hilo de voces de la Panamericana, resonando en una destartalada radio, sepultaba los maltratados nervios.

Hacia ninguna parte
A la mañana siguiente, las luces malvas del alba enfocaron la escena de la partida. Y nos dimos cuenta de que Muru Amaya estaba en medio de un fortaleza natural de cerros escarpados, donde las rocas se sucedían esbeltas como teclas de piano. Nos acompañaban tres comunarios —Gregorio, Jaime y Justo—, que se movían cual vizcachas por entre el laberinto de piedras.
El ascenso y la proximidad a la mastodóntica estructura cambió las perspectivas. Los peñascos crecían y crecían tomando formas de lo más caprichosas y, abajo, el pueblo se convertía en una leve mancha de adobe y un reflejo agudo de calamina.
En la entrada al complejo de piedra, un pasillo estrecho y tenue se veía a palmos. Sin embargo, al fondo de la corta senda, comenzaba la leyenda de la que dicen ciudad encantada (Pumiri). Silencio y vacío. Una superficie plana de guijarro y tierra se extendía al infinito besando los cuatro puntos cardinales.
Los primeros pasos no hospedaron ruido alguno. La vida parecía ahogada por los bordes del barranco y el lugar era un desierto donde nada se escuchaba. Unicamente las siluetas que se erguían en cada esquina —chimeneas, calaveras y lenguas de piedra— querían contar algo. “Cientos de caravanas de gente han muerto durante años intentando cruzar de uno a otro lado”, recordaba Gregorio.
El conoce bien la zona pero, a pesar de eso, no dejaban

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de martillear en mi cabeza otras palabras como advertencia: “Uno sabe cuándo entra, pero nunca cuándo sale”. La sensación de pérdida era una maldición que se llevaba encima. Incluso, el vuelo de los pocos pájaros si acaso se volvía un murmullo sordo.
Y la pampa que se insinuaba en un principio no era tal. Casi sin darnos cuenta, en segundos, nos rodeaba una cascada de piedras. La planicie era un pequeño desfiladero sobre el cerro. Entonces, empezaba a ser consciente de que ese lugar alojaba mimbres para lo imposible. La desorientación era tal que, por momentos, tenía la certeza de que aquel sitio no existía.
Más tarde, las sombras se adueñaron de peñas y precipicios. Y una roca con forma de muela atrajo nuestra atención. A su vera, los huesos recientes de un camélido reposaban fríos entre unas yerbas. Era el rastro inconfundible del puma, pardo, que
recorre a zancadas la ciudad de piedra como miembro fiel de su leyenda. No es el único. Venados, cóndores, víboras y vizcachas campan a sus anchas por entre el aspecto tullido de las rocas.

Un nombre para cada lugar
De repente, un chasquido de viento consciente rompió todas las inercias. Y recordé otra de las historias de la ciudad de piedra. “Lo que allí ocurra depende tan sólo del estado de ánimo con que uno haya entrado”. Pese al retorno de un sol de fierro y avinagrado, sentí la tímida galerna como un escalofrío gélido melancólico. Fue como si la tremenda formación rocosa estuviera perforándome los ojos para leer mi pensamiento, porque en instantes me olvidé de todo y retornó la calma infinita.
La mole encantada, siempre sumisa a sus abismos, calzó así su personalidad cortante. Pero, como si el azar

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estuviera bien atado, se quiso insinuar de boca de los comunarios en cada sector, en cada nombre. Ningún lugar pudo escaparse de su topónimo obligado.

“Eso es el estanco. El agua llega a alcanzar allí hasta un metro de altura en las épocas de lluvia”, relataba Jaime señalando a una sima cóncava toda de piedra.
“Y allá se encuentra la caída del relámpago”, indicaba Justo. En las duras noches de tormenta, sus altas concentraciones de hierro llegan a ser sinónimo de muerte.
Y ya donde el horizonte dejaba sus contornos azulados, en los lindes del cañón, se alzaba una fortaleza o pukara. La construyeron los aimara para defenderse de la penetración incaica por Chile. El recinto, amurallado, tenía una vista única de la ciudad encantada. Desde sus alturas, las piedras se alistaban uniformes como las construcciones de un imperio.

Era la antesala de un adiós. Nadie nos lo dijo, pero el mágico complejo tenía ya prevista nuestra salida. De nuevo, silencios y soledades hicieron de guía indispensable, amén del conocimiento de la zona de los originarios.
Así, con el calor rancio del mediodía, nos vimos abocados al vacío, porque bajo nuestros pies, por apenas unos segundos, se balanceaba el precipicio. Sudores y náuseas, un paso en falso y sería adecuada aquella canción que dice que la vida no vale nada.

En el descenso todavía resonaba el pálpito de la ciudad de piedra que nos hizo partícipes, por unas horas, de su misterio. Y asumí un chubasco renovado de dudas. ¿De verdad existe o era sólo un sueño? Entonces, resbale y caí. Como un quiste, un torrente de piedrecitas aguijoneó mi espalda. ¿Fue un aviso? No lo sé, pero la ciudad, por fin, se hizo leyenda.

 

 

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