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20 sitios arqueológicos bajo las casas de La Paz

(La Razón)


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En menos de un siglo se han hallado vestigios arqueológicos en zonas como Chasquipampa, Sopocachi y otras de la ciudad. Los del monumento a Busch son los últimos.

La tierra, las piedras, las paredes… lo que fue y lo que no fue… desde hace décadas el presente es también un rumor constante del pasado. Se alistan cimientos y se encuentran osamentas. Se remodelan edificios y se halla la cerámica de los siglos ya pasados. Los vestigios se ocultan tras una caravana de rincones, a menudo bajo el mismo suelo que pisamos, y ellos son el pulso más preciso de la historia. La Paz no se escapa a las señales. Es más, éstas se condensan silenciosas de norte a sur de la ciudad: Alto Achumani, Chasquipampa, Llojeta, Tembladerani, Sopocachi, Casco Viejo, Alto Obrajes, Miraflores, Pampahasi, Ciudadela Stronguista, Chuquiaguillo. Todos los lugares forman parte de esa crónica aún a medias de la recuperación de lo que antes fuimos. Estas huellas, esparcidas por la hoyada en más de 20 enclaves distintos, son el testimonio de unos orígenes que sobreviven al cobijo de la urbe.

El último hallazgo, hace casi un mes, ha sido en Miraflores, en la plaza que aloja el monumento en homenaje a Germán Busch. Allá, la Alcaldía realiza obras de acondicionamiento: ensanchando la rotonda, mejorando aceras y jardineras y levantando una fuente frente a la estatua. Precisamente, fueron los obreros que trabajan en ellas quienes dieron con los restos arqueológicos el pasado 18 de noviembre. Luego, una llamada telefónica movilizó a la Unidad Na- cional de Arqueología (UNAR) y el investigador Pablo Rendón, de voz nerviosa y tonos despistados, se hizo cargo de las excavaciones. Su compañero Marcelo Maldonado y la estudiante Soledad Fernández completaron el equipo. Además, dos obreros de la constructora Hércules les echaron una mano. Así, el trabajo en su fase inicial apenas concluyó hace un par de días.

En el UNAR han comenzado ya el estudio de las piezas descubiertas. De momento, mediante la aplicación de la técnica comparativa, se ha determinado que éstas pertenecen a la época V de la Cultura Tiwanakota, siempre según la clasificación de Ponce, es decir, serían objetos empleados entre el 900 y el 1200 después de Cristo.

Entre los restos hallados destacan los óseos. “Seguro son de una persona adulta. Tenemos el cráneo, vértebras, algunas costillas y huesos largos. Creemos que esa zona de Miraflores

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pudo haber sido una necrópolis. Se han encontrado dos batanes —uno entero— que eran las tapas de unas tumbas. Y quizás los obreros, en sus tareas en la plaza, hayan dañado algún otro sepulcro”, reconoce Pablo.
Hay otras piezas, como una pequeña muestra de cerámica y un pedazo de cobre que posiblemente perteneció a un tumi —cuchillo de metal— o a un topo —elemento ornamental que se adhiere a la ropa—. “Los encontramos en el basural que excavamos en las labores preliminares”, explica Rendón.
Sin embargo, entre los hallazgos más relevantes están una punta de proyectil y un trozo de mineral que servían para las cuentas de collares. “La primera, extrañamente, la hemos encontrado entera”.
Finalmente, está la cerámica negra, también de origen tiwanakota. “Tenemos que analizar los porcentajes para ver si hay abundante presencia de este material en el sitio. No suele ser habitual”.

Sin embargo, los descubrimientos en la plaza no han quedado tan sólo para el anecdotario. Como puerta de la historia, el sitio arqueológico del monumento a Busch ha dado lugar a muchas hipótesis acerca de la presencia tiwanakota. Entre ellas están las que propagaron en los 30 Max Portugal padre o Wendell Bennett.
Portugal, en sus escritos, habla de una estructura templaria similar a Kalasasaya de Tiwanaku. Y asegura que él encontró allí materiales pertenecientes a la época IV. También menciona trabajos en la antigua plaza Carrasco —hoy el tramo entre el monumento a Busch y la plaza Uyuni—. No es todo, otros dos lugares están plasmados en las crónicas de aquellos tiempos. Uno es Guitarrani, un sector posterior a Tiwanaku, donde se ha encontrado presencia del señorío de Pacajes. El otro, en las proximidades, es Villa Pabón. En esta ocasión se nos habla de una pukara en el Montículo, que dicen perteneció a una población inca. En ambos, los restos son señales donde el pasado se reescribe y se reivindica.

Con todo, se puede afirmar que sobre Miraflores —donde siglos atrás se perfilaba un valle— pudo haber un asentamiento urbano. Max Portugal menciona en sus estudios una alta concentración de viviendas en ese punto. Cuando Cotel realizaba su séptima ampliación en 1995, se rescataron indicios que confirmaban dicho extremo. De tal forma, se asegura que la mancha urbana llegaba incluso al Hospital Obrero.

Al amparo de estos datos, podría sostenerse la teoría de John Murray: el manejo

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vertical de los pisos ecológicos. Él dice que los señoríos aimaras tenían colonias en varios sectores con las que intercambiaban sus productos por otros que ellos no producían. Y muchos extrapolan un modelo similar a Tiwanaku. “En La Paz, en Miraflores, se cultivaban maíz y papa, productos oriundos de zonas más templadas que el corazón del Altiplano. De esta forma, también otras poblaciones como Pasto Grande en Yungas o Moquegua en Perú habrían sido puntos de intercambio con el complejo monumental de Tiwanaku. Asimismo, existían relaciones con pueblos todavía más lejanos como los Atacamas en Chile —antes territorio boliviano—”, expone Pablo.

Un mosaico del pasado
Mucho se ha escrito. Ya desde mediados del siglo pasado La Paz tiene registro de sus reliquias arqueológicas. Y es que por casualidad o por accidente la ciudad ha ido destapando el secreto real de sus orígenes. En 1957, después de la celebración de la Primera Mesa Redonda de Arqueología en el 53, se publicaron algunos informes.

Según los mismos, en la calle Jaén se ubicaron varios fragmentos de cerámica y un tumi de cobre. Y no muy lejos, cerca de la fábrica Said, se encontraron tres topos elaborados en plata. Entre la avenida Frías y la calle Macario Pinilla se descubrió una tumba colectiva que resguardaba al menos 20 esqueletos humanos de cráneo deformado y uno de perro. Al parecer, estaban relacionados con el conocido señorío de Pacajes posterior a Tiwanaku.
Y, volviendo nuevamente al barrio de Miraflores, se da fe de que en el sitio antes mencionado como Guitarrani se encontraron tres chullpas funerarias. En la avenida del Pacífico se toparon por casualidad con un pedazo de Keru —representación del personaje central de la Puerta del Sol—.
En Villa Fátima, en la zona de Chuquiaguillo, se halló cerámica superficial perteneciente al incario y a la época IV de Tiwanaku.

En Achocalla, en cambio, lo que se localizó fue un asentamiento precolombino de gran importancia con presencia de cerámica del incaico y de los períodos IV y V. También Tembladerani y la avenida General Lanza, de Sopocachi, registraron cerámica tiwanakota.
Llojeta, por su parte, verificó el hallazgo de varias piezas líticas. Y Villa Pabón, de algunos aríbalos.
Pero la arqueología no se quedó anclada en el 53, otras excavaciones han seguido transcribiendo las rutas del pasado. Por ejemplo, las del 81 determinaron la

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existencia de material cultural tiwanakota en Pampahasi. Las del 87, de cerámica inca en el convento de San Francisco. Y más tarde, en la plaza del mismo nombre, se ha determinado la existencia de huellas de Pacajes tiwanakotas y coloniales.
No son todos, aunque sí los más relevantes. La UNAR bien lo sabe. Y no puede nada más que dar constancia. Cuando recibe un aviso, tan sólo se limita a las tareas de salvamento. “Vamos, recuperamos lo posible y retornamos —confirma Javier Escalante, director de la Unidad—. Dentro del área urbana es difícil la arqueología de campo. Las calles están repletas de edificaciones, de tráfico y de gente”.

Pese a lo efímero de estos hallazgos, la plaza del monumento a Busch jamás dejará de ser historia. La Alcaldía proyecta ya una vitrina para que lo encontrado no agonice en el recuerdo. “Debemos rescatar la memoria”, subraya Gastón Aráoz, director de Patrimonio Tangible, Intangible y Natural.

Lo que fue y lo que será... Busch señala incólume al frente desde sus altares de mármol. Las botas hasta la rodilla, el revólver enfundado, las mangas remangadas... hierático como el pasado. Los investigadores de la UNAR se han retirado. La rotonda, hoy, está vacía. Mañana, seguirán las obras. Y en poco tiempo, la noticia pasará de página. La Paz, sin embargo, nunca abandonará la sangre que todavía circula por sus arterias, el mito, las paredes, los huesos y las rampas. Si las piedras hablaran...


Señales y vínculos

Dicen que la historia se lee también en sus señales residuales. De esta forma, los restos del lejano pasado tiwanakota dan algunas pistas sobre cómo fueron los modos de vida de su gente. Y la conclusión es certera: la agricultura fue una de las actividades con más presencia en aquellos tiempos. Por ejemplo, en la Isla del Sol todavía se conserva una buena cantidad de terrazas agrícolas. No sólo eso. A menudo, la alineación de las construcciones monumentales tenía mucho que ver con los períodos de equinoccios y solsticios. Una de ellas es la famosa Horca del Inca, en Copacabana. Además, sus deidades casi siempre guardaban relación con las actividades de la tierra. Su otro polo de influencia era la ganadería. Sin embargo, es difícil encontrar signos que tengan una vinculación directa al respecto; aunque los estudios también dicen que algunos de sus dioses se asemejan a las figuras de algunos de los animales que criaban.

 

 

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