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4/25/2003

Garras del valor con rostro de mujer

(La Razón)


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Sin identidad y mimetizadas con la selva

Cada año, cientos de policías de todo el mundo pasan por el centro. Son los futuros antinarcóticos. Esta vez, el turno fue de las mujeres.

Todo se puede superar: el dolor, el cansancio, la presión psicológica…". La policía Greice Karla Cossío Cris- pín hace tiempo que no escucha su nombre. Para sus instructores es el elemento 44. Y ella ya se ha acostumbrado. Llegó hace casi un mes y medio al Centro de Entrenamiento Internacional Antinarcóticos —en la región de Chimoré, en pleno corazón del Chapare— para distinguirse como Garra del Valor. En breve, el 4 de abril de 2003, será nuevo miembro de los cuerpos de élite antinarcóticos. Se graduará con distin- ciones. Y es que en los 45 días que dura el curso se ha destacado como la mejor de las alumnas.

Pero no todas han mantenido el mismo espíritu que Greice. La pequeña campana que flanquea el patio central del campamento, siempre a la vista de policías e instructores, ha sido reclamada en más de una ocasión por las aspirantes a entrar en la Fuerza Especial de Lucha contra el Narco- tráfico (FELCN). Entonces, cada amanecer o cada ocaso que su sonido vestía los silencios con un movimiento acompasado y discreto, las miradas se cruzaban unas con otras. Tres toques significaban la renuncia. Hubo varias. De las 70 alumnas que iniciaron la instrucción en Garras del Valor, sólo 55 la terminarán en unas horas. Y antes, quizás, volverán a sudar sangre.

Cuando se une al grupo, Greice únicamente es una más entre un montón de cuerpos enfundados en trajes de camuflaje. Así, su espacio y sus pertenencias son como los de cualquier otra: un armario metálico, un casco encima, una litera dónde dormir y ni rastro de objetos personales que puedan hacer recordar a amigos y familia. El entrenamiento es implacable. En el comedor no se habla. La indisciplina se castiga con ejercicio físico. En las barracas no se entra y las duchas son un privilegio para escasos días a la semana. Para el resto del tiempo está el río, destinado a la higiene personal. Pero todo tiene su
razón de ser. Al menos, el elemento 31 —Yusela Miranda— lo ve de esa manera. "A menudo, nos bañamos en el río porque en muchos de los lugares donde estaremos en un futuro próximo seguro no habrá duchas", reflexiona. Y lo del comedor también responde a motivos semejantes. "Cuando estemos cerca de gente implicada con el narcotráfico no vamos a poder hablar a diestra y siniestra. De esta forma, durante el desarrollo del curso hacemos hábito y aprendemos a mostrarnos con más reserva". No queda otra, es necesario.

Sorpresas en cada jornada

Miércoles 2 de abril, de madrugada. Nada se mueve. Una patrulla de Garras del Valor está ya cerca del polígono de tiro, a unos pocos metros del campamento. Sus integrantes defienden sus posiciones con un rostro frío y hierático como una navaja. Ni siquiera transpiran. Su mirada, al frente y a la par que sus fusiles. Con esta maniobra, asegurando posiciones, se da por finalizado el ejercicio. Sin embargo, los rostros, entre el miedo y el alivio, continúan al acecho. Algunos instructores han estado con las Garras toda la noche, evaluándolas. Y ellas, bajo la única guía de los ojos de gato —para visión nocturna— de su jefe de patrulla, se han desplazado desde un punto a otro en medio de la oscuridad.

La jungla es una dura prueba. Los instructores, por experiencia, ya lo saben. El cabo Roberto Tórrez —que lleva 12 años en la escuela y casi 30 cursos de Garras a sus espaldas— recuerda una anécdota al respecto. "En los patrullajes, los que no están habituados se asustan con cualquier ruidito. Y, cuando el sol se esconde, muchos ven las luciérnagas. Piensan que les sigue gente con linternas y hasta disparan", relata. Pero en mitad del monte, donde el día se hunde en la vegetación, la presencia humana no es precisamente el mayor peligro. "Las abejas, las serpientes, culebras y algunas hormigas como la tucandera son una amenaza aun más seria". La picadura de la tucandera produce insensibilización, luego fiebre, dolores musculares y de muelas", apunta Marco Fontana, el jefe del curso.

"¡Garras, Garras!", gritan
las policías cada vez que se desplazan hasta cualquier esquina. Siempre van en yunta, de dos en dos.

Ya son las 08.00. Y, pese a haber dormido tan sólo unas pocas horas y a duras penas bajo la selva del trópico, cuando llegan al campamento no desfallecen. Tampoco resulta tan raro. Habitualmente, se levantan a las 04.30 de la madrugada y el ejercicio físico y las tareas se extienden hasta el final de la jornada. La mayoría los aguanta porque todavía son jóvenes. "Somos, sobre todo, chicas entre los 19 y 22 años —comenta Yusela—. Esto es debido a que las más jóvenes solemos tener mayor agilidad y resistencia. Además, cuando una mujer ya es madre resulta más complicado que deje a sus hijos por este tipo de cursos".

Y no pasan ni unos minutos cuando una de las patrullas ya está disparando en el polígono de tiro. Los fusiles M16A2 y las pistolas Beretta escupen proyectiles vivos y certeros que se arrebatan los blancos a 20 metros de distancia. Es el armamento que proporcionan los estadounidenses a las unidades antinarcóticos. Se emplean, incluso, hasta balas trazadoras, que marcan su trayectoria. Y en cada curso las alumnas pueden llegar a descargar hasta 1.500. Los gastos son lo de menos. Y Estados Unidos también ha pagado las infraestructuras del centro.

Ambas actividades forman parte de la instrucción y son de los rubros de aprendizaje más importantes, pero no los únicos. Y es que las exigencias teórico-prácticas de la escuela han ido en aumento cada año. Actualmente, el abanico es amplio: derechos humanos, primeros auxilios, acondicionamiento físico, saltos de confianza, explosivos y detonación, sustancias químicas controladas, cruce de ríos, na- vegación terrestre, rapel y sogas, juicios orales, operaciones aeromóviles, legislación antinarcóticos, Inteligencia, la ley 1008… Por la noche, el cansancio quiere pasar desapercibido para las muchachas. Pero se les viene encima otro duro desafío, la caminata tradicional. En los autobuses, decenas de caras dor- midas resbalan por detrás de los cristales. Y pasadas las 02.00, más de 100
pares de botas desfilan por la carretera, a esas horas de nadie y a la vez de todo el mundo. "Hoy estoy aquí, mañana me voy. Pasado mañana, ¿dónde yo estaré?", cantan. Les esperan aún por delante 12 millas con más de 18 kilos en sus mochilas. A estas alturas, los tobillos están débiles y las fuerzas de algunas ya flaquean. No pasa nada. El empuje está en el grupo y se arrastran las unas a las otras. Alguna hasta se desmaya, pero se levanta y recompone el paso con decisión. Y luego, a las 06.00, llegan a buena zancada hasta al campamento.

A estas alturas ya nadie se engaña. Saben que afuera les espera un ambiente tenso y demacrado, una vida en el filo y las más de las veces lejos de sus familias. Los instructores, precisamente, tienen una larga experiencia en estas lides, la mayoría en parajes como Beni o el Chapare. Y este último lugar seguro será el destino de varias de las alumnas. Hoy, Umopar Chapare —la unidad antinarcóticos— mantiene 360 efectivos en la zona. Ellos se en- frentan constantemente al tráfico de cocaína en todo tipo de lugar. Ayer, luchaban contra las grandes bandas de narcos. Actualmente, lo hacen contra los pequeños clanes familiares. Y los cocaleros, entre tanto, siguen reclamando con distintas medidas de presión su cato de coca.

Mientras, el Centro de Entrenamiento Internacional, ubicado en la Senda 3 de la provincia Carrasco, no descansa. En unos meses comenzará el curso de hombres, éste de más de 70 días. Y más tarde, el internacional, que está abierto a países como Alemania, Brasil, España y Colombia. Y cada uno bajo un patrón común: "¡Garras, uno para todos y todos para uno!".

En las fotos

1. La habilidad con las armas es exigencia imprescindible.

2. Una de las policías sostiene varios fusiles mientras sus compañeras se alistan para practicar tiro. Abajo, un momento durante la instrucción.

3. El trote es una actividad que se hace a diario. Y las chicas cantan mientras avanzan.

4. La indisciplina se paga con castigo físico. Las alumnas, además, lo viven todo juntas, de dos en dos.

 

 

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