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400 especies en las cañas y redes de La Pesca

(La Paz - La Razón)


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En el Beni se puede observar la pesca de subsistencia, la comercial, la industrial, la deportiva y la científica.

Los reflejos de sol salpican en el agua perturbada por los pesca- dores y anuncian el desplome de la tarde. Los pacús tiemblan y saltan mientras son abrazados por la red. No hay dónde huir. Las pozas donde los crían fueron diseñadas para la pesca. Adolfo Velasco Unzueta, dueño de los criaderos del Centro Ecoturístico Don Fito, procura molestar lo menos posible a sus peces, pues cada vez que utiliza la red, los acuáticos se llevan tal susto que dejan de comer tres días.
Al salir a la superficie, los peces de unos tres kilos mueven sus agallas desesperadamente. Los pacús son resistentes y morirán media hora después de abandonar el agua. Y, dependiendo de la prontitud del pescador, quizá se vaya al otro mundo sobre una parrilla.

Sólo en la Cuenca Amazónica, en lo que corresponde al departamento del Beni, existen más de 400 especies de peces que ofrecen un gran potencial económico para la pesca comercial e industrial, aunque también hay la de subsistencia, deportiva y científica. Y cada especie presenta sus particularidades como, por ejemplo, algunas son ornamentales y otras peligrosas, o unas son de río y otras de laguna. Y el tipo de carne que tienen también varía, puesto que hay de tres tipos: roja, blanca y amarilla, todas comestibles, pero no siempre apreciadas en el mercado.

Pesca de supervivencia

Los anzuelos se encuentran cada día con algunas de las 327 especies que circulan en el agua del río Mamoré, según las investigaciones ictiológicas de la Universidad Técnica del Beni. Se utiliza la caña y la red para atrapar a presas como la curcuina, que puede llegar a pesar hasta 45 kilos y medir 2,20 metros.

Y aunque este pariente del surubí no suele ser muy apreciado en el mercado local, sí es un banquete para las pequeñas comunidades que viven en las riberas del río y se alimentan de lo que pescan porque muy poco lo ponen a la venta. Y el buchere zapato es uno de los que más cae en los anzuelos de sus artesanales cañas; aunque su carne roja no se la comercializa a gran escala. Se la vende como filete.
La boga y el bentón también forman parte de la canasta familiar de las familias humildes que salen durante las primeras horas de la mañana en botes y esperan en las orillas a que algún pez pique en los anzuelos que llevan como carnada en la punta motacú rallado, lagarto

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o plátano, de acuerdo a la especie que se busque atrapar. Y para las que abundan, como las sardinas, se usan las redes.

El cauce del río es importante, pues los peces acostumbran a dejarse llevar. En su defecto, sólo pueden nadar hacia adelante, sin dar la vuelta. La excepción es el pez pluma que, a diferencia de los demás que tienen las aletas caudal, dorsal, adiposa, anal, ventral y pectorales, sólo cuenta con una pétoro anal o pétoro dorsal que le da la habilidad de nadar en reversa.

Creatividad para el dinero

Un enorme y rubio perro se acerca corriendo y, de un salto, se lanza a la poza de los peces. Don Fito Velasco no está asustado, pues Kaiser acostumbra nadar entre los peces y comerse una buena porción de su comida balanceada que él trae desde Santa Cruz y Brasil para sus mimados acuáticos.

Don Fito está en su balneario sacando con una red los pacús que cría en cautiverio. Tiene en 11 pozas artificiales unos 1.700 peces, cada uno de tres kilos. No sólo los comercializa de forma tradicional, sino que también ofrece a los aficionados el servicio de “pesque y pague”. Caña en mano, éstos pescan y hacen pesar su trofeo para cancelar por los kilos que lleva encima el infortunado atrapado.
“Me apasiona. Los he criado desde que eran como unos renacuajos”, comenta quien tuvo esa idea al ver un programa agropecuario en un canal del Brasil. No podía ser tan difícil llevar adelante tal iniciativa para alguien como él que es dueño desde hace 33 años de tierras ubicadas junto a la laguna Suárez, a cuatro kilómetros de la ciudad de Trinidad.

La cría del pacú necesita cuidados. “Hay que protegerlo de los hongos, su principal enemigo. Pero no se puede hacer ese trabajo en días fríos, porque los pacús botan un aceite que los vuelve resbalosos y no se los puede agarrar”. En sus lagunas artificiales nadan peces recién nacidos, de varios meses y dos años. “A los dos años ya los pongo a la venta. Tenerlos más no es rentable, pues no crecen más”.
La cercanía con la laguna le trajo algunos sustos. “Una vez entraron los lagartos y se empezaron a comer los peces, pero los pudimos matar”. En medio del balneario tiene un pequeño hotel destinado al ecoturismo, como alternativa a las pocas ventas. “El mercado es muy chico. Vendí 400 pacús en Semana Santa (época alta), a 20 bolivianos el kilo. La ventaja de nuestro pescado es que es fresco y no tiene químicos”, argumenta Don Fito mientras saca el

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alimento de un balde para lanzarlo a la poza.

La pesca científica

En formol de 7 a 10 por ciento y alcohol al 70 por ciento, unas 400 especies de las más extrañas de la Cuenca Amazónica yacen sin vida tras un vidrio. Es la colección de especies del Museo Ictiológico de la Universidad Técnica del Beni, una de las tres de América.
“Existen seis especies de rayas en esta cuenca”, comenta Luis Torres Velasco, director del museo. “Entre sus características están las púas, que no segregan ningún veneno, sino un ácido similar al de la hormiga, pero 100 mil veces más poderoso. No mata, sino necrosa la piel”. A pesar de considerarse una carne exótica, su comercio no se ha extendido por las evidentes dificultades de la pesca y la manipulación. Para la gente del museo ese no es un problema, pues ellos utilizan la pesca eléctrica, la química, la con mallas agalleras, con mallas de arrastre y las trampas.

Otro ejemplar interesante es el paiche, un pez endémico que actualmente amenaza a otras especies por su gran tamaño. Es enorme: puede pesar hasta 300 kilos y medir de tres a cuatro metros. Depredador por excelencia, se alimenta del pez que se le cruce en el camino. Claro, si ese pez es un cachorro, debe pensarlo dos veces. Éste se caracteriza por tener una afilada y punteaguda dentadura que mide entre 1,80 y 1,90 metros. Se lo encuentra en el río Manuripi.
Los dientes afilados son atributo también de las voraces pirañas y palometas que pesan entre 900 gramos y un kilo, y acostumbran a atacar en grupo. Pero para que lo hagan, es necesario que la víctima entre al agua con una herida sangrante, cuyo olor las convoca a distancia. En la laguna Suárez hay gran cantidad de pirañas, pero los bañistas no suelen tener problemas, pues sin el atractivo de la sangre reaccionan como el resto de los animales: se asustan y huyen.

Entre los peces peligrosos, algunos están cubiertos por escamas, otros por cuero o piel y unos pocos por placas óseas como las que lleva la tachaca, que le sirven de escudo contra las agresiones y para producir profundos cortes.

Pero sin duda, una de las principales joyas del museo es la anguila eléctrica, la que, lejos del alcohol y el formol, despide 550 voltios con tres amperios de descarga discontinua. “En su medio acuático puede hacer dos descargas seguidas. Luego debe retroalimentarse para cargar sus electrolitos de la sangre, su fuente de energía”, explica Torres.

La anguila

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es un pez peculiar. Tiene muy cerca de la cabeza el orificio urogenital por el que defeca, eyacula y desova. Ahí también están los demás órganos vitales. Se la encuentra en los ríos Manuripi e Iténez, porque necesita un medio físico-químico muy específico. No es fácil de pescar y las que atraparon para el museo tienen 2, 10 y 1,70 metros de longitud. Y al igual que el cachorro, la piraña y la tachaca, tiene una mirada peligrosa que traspasa el vidrio e inquieta.

La pesca deportiva
No existe mayor satisfacción para un buen pescador que atrapar una piraiba. Esta especie apetecida vive en la cuenca del río Beni o Madre de Dios y puede llegar a pesar entre 300 y 350 kilos. Semejante animal mide de tres a tres metros y medio. Es el pez más grande de cuero y se vende al mercado brasilero. Se necesita de pesca especializada para atraparlo, pues se utiliza un espiniel, una especie de gran anzuelo de 40 a 45 centímetros, con un pez como el sábalo, la curbina o el tucunaré de carnada.

Carlos Balcázar Moreno aprendió a pescar a los 10 años y desde entonces esta actividad es su pasión. Ahora, ya llegando al medio siglo, está metido en una serie de tareas en Villa Wallpher, donde lleva 15 años trabajando. “Tengo varios tipos de peces, pacuses, estambaquí, tucunaré, palometa real y piraña en mis 12 pozas”. Frota las manos para iniciar la pesca deportiva. Y es que en 40 hectáreas, con 12 de ellas dedicadas al monte natural para la caza fotográfica de animales, es una tentación.
Carlos ya tiene un cronograma para el año de pesca. “Siempre viví en contacto con la naturaleza y la pesca es una forma de desestresarse. Es muy sencilla y se necesitan sólo deseos de pescar. Claro, la práctica te enseña mucho: un sobrino llevó hilos de menor espesor para mis pacús, que pesan 10 kilos. Como era nylon muy delgado, se enredó y no pudo sacar nada. O a veces, los peces son más despiertos y se comen la carnada sin picar”.

Cuando se trata de deportistas profesionales, las clases de caña, los hilos, los anzuelos y las carnadas, orgánicas o artificiales, se convierten en un pequeño mundo. Pero para Carlos, no hay nada como entrar al agua y ver cómo salpican los reflejos de sol sobre las pequeñas olas provocadas por el trajín de sus peces favoritos: las sardinas, que se acercan de puras curiosas y le dan pequeñas mordidas por todo el cuerpo, pero sin hacerle daño alguno. En ese instante, él sabe por qué está vivo...

 

 

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