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26 de septiembre, 2003

Sorata, el pueblo que quedó semidestruido en una noche de furia

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(La Paz - La Razón)
La gente retenida pide ser rescatada por las autoridades. Los pobladores prefieren no hablar porque tienen miedo a los campesinos que custodian el lugar. Los pobladores apoyan las marchas campesinas en silencio.

Llorando desconsoladamente, sin dinero, con la ropa sucia y con hambre, Blanca Luna de 63 años y su esposo René Mendoza de 65 suplicaron ayer a unos choferes que los saquen de Sorata.

La pareja de ancianos, que visitó la población ubicada a 148 kilómetros de La Paz y que está cercada por enormes piedras de hasta un metro de alto, fue abandonada por la caravana que partió el sábado pasado con resguardo policial y militar. Posteriormente, los dos ancianos fueron evacuados.

En una situación de abandono están 28 personas que no pueden salir de Sorata, porque del pueblo no entran ni salen vehículos ni productos.

El silencio es casi sepulcral cuando se pregunta a esa gente o la que habita en el pueblo sobre lo que pasó el sábado 20 de septiembre. Pero no es necesaria una explicación porque las cenizas de varias casas quemadas y semidestrozadas, muestran a Sorata como un pueblo fantasma.

Los inmuebles de la Confederación Campesina de Sorata, la agencia de Cotel, la Subprefectura, la tranca de Tránsito, el hotel Copacabana y dos vehículos de ese complejo son la evidencia de que lo que pasó ese día.

Los edificios también fueron saqueados, pero lo más grave pasó en el hotel Copacabana porque los campesinos sacaron los soquets, enchufes, duchas, piletas, lavamanos y retretes.

Ninguno de los inmuebles, que aún no cayeron porque el fuego no alcanzó sus cimientos, está en reconstrucción y ahora sirven como ejemplo de la ira campesina hacia la gente adinerada.

Por eso, los pobladores de Sorata temen quejarse y cuando son consultados sobre la situación del pueblo se limitan a decir que "el Gobierno tiene la culpa", que esperan una pronta solución y que la situación en la localidad es totalmente normal. Sin embargo, otra es la realidad porque el comercio se redujo, no existe transporte, las tiendas cierran antes de medianoche, hay asambleas obligatorias y las marchas de campesinos y mineros de Yani son frecuentes en las mañanas.

Ayer, la movilización que reunió a unas cuatro mil personas, que dieron la vuelta a la plaza principal, reclamó el pago de una indemnización a los familiares de los campesinos que fallecieron en el conflicto, la liberación de detenidos, el asfaltado de la carretera Sorata-Achacachi, la construcción de la Universidad Técnica de Sorata, recursos para el fomento agropecuario industrial, la edificación de puentes en Koribaya y Humanchaya.

En la protesta detonaron dinamitas y se aseguró, a gritos, que los pobladores de la provincia Larecaja están listos para iniciar una “guerra civil”. La marcha impidió el normal desarrollo de las clases e incluso algunos maestros suspendieron las actividades escolares para asistir a la concentración que tuvo una gran convocatoria, porque muchos de los asistentes tienen miedo a represalias y se limitan a murmurar lo que pasó en Sorata sólo dentro de sus casas o negocios. Un ejemplo de esto es que uno de los sacerdotes del pueblo dijo a La Razón que él no podía hablar sobre la situación de la localidad porque los únicos autorizados para eso son los campesinos del lugar que ahora tienen el mando. Pese a ese panorama los teléfonos de Entel y Cotel funcionan y hay servicio de internet, señal de radio y televisión. Pero no ingresan ni salen llamadas a celulares porque las antenas habrían sido dinamitadas. La incomunicación también afecta a Warisata y Achacachi, donde las personas exigen que el servicio se restablezca cuanto antes.

La venta de verduras, carne y abarrotes no es regular en Sorata porque los dirigentes campesinos cumplen un “estado de sitio” por lo que no dejan salir ni entrar vehículos. Además, la comida sólo se adquiere para el consumo del pueblo. Los precios de los comestibles son baratos y se puede comprar una arroba de papa con 10 bolivianos, una libra de tomates con 50 centavos, paltas con 30 y lechugas a ese mismo costo.

“Los edificios fueron saqueados. Los campesinos se llevaron soquets, enchufes, duchas, piletas, lavamanos y retretes”, cuenta un poblador.




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