Warisata forjó su propio destino a partir de escuelas clandestinas
(La Paz - La Razón)
El indígena Avelino Siñani y el educador citadino Elizardo Pérez fueron los impulsores de una revolución ambiciosa: lograr la liberación del indio boliviano a través de la cultura.
La rebeldía de la gente de Warisata es asunto de generaciones. Avelino Siñani, oriundo de la región, se enfrentó a los terratenientes y a pesar de que estaba prohibido que el indio se eduque, él de manera clandestina creó las primeras escuelas, las que forjaron la historia y ahora el destino de la población altiplánica.
Si bien Siñani, como pedagogo, se encargó de educar clandestinamente a sus hermanos, el intelectual Elizardo Pérez plasmó su idea de implementar centros educativos para indígenas. Prosiguiendo su plan, levanta la primera normal rural para profesores nativos.
Un escrito dejado por Elizardo Pérez rememora el encuentro con el pedagogo indígena Siñani. “Corría el año 1917. En mi carácter de inspector de La Paz, visitaba las escuelas del distrito, incluyendo las indigenales de Saracho; ahí conocí la región de Warisata, donde funcionaba una humilde
escuela fiscal. Mi visita no hubiera tenido ninguna trascendencia, si no hubiera encontrado, en la misma zona, otra escuelita particular, dirigida por un indio llamado Avelino Siñani”.
El que luego sería el primer Ministro de Educación sostiene que, en otro medio o en otra época, Avelino Siñani hubiera sido honrado por la sociedad, pero nació y vivió en el ambiente feudal del altiplano. “No importaba que apenas dominara el alfabeto y su castellano fuera elemental: su cultura no residía en los ámbitos de occidente; era la cultura de los viejos amautas del incario, de los indígenas de antaño, capaces de entrar en el misterio de la naturaleza y de espíritus humanos”.
El ministro Hugo Carvajal, que dice admirar la enseñanza de los ayllus, afirma que Warisata es un área emblemática para el mundo aymara. Allí se ha desarrollado una serie de iniciativas y movilizaciones históricas. “No es casual que Warisata fuera elegida como un centro para el establecimiento de la normal”.
La población de Warisata emerge en pleno altiplano lacustre, a dos
horas de viaje de la sede de Gobierno. Ofrece un paisaje de cordilleras bañadas en nieve y, a pesar de su clima seco y frío, la gente hace producir a la Pachamama cebolla, papa, haba y nabo. El ganado ovino le proporciona algo de leche.
“Mi tierra es única, somos rebeldes porque los gobernantes nunca nos toman en cuenta, sólo cuando levantamos las armas nos meten bala; si hubiera sensibilidad y atendieran nuestras demandas sólo nos dedicaríamos a trabajar”, sentencia el comunario Agustín Mamani.
La implementación de las escuelas clandestinas para indígenas también es mencionada por el pedagogo y actual técnico en el Ministerio de Educación, Esteban Quispe. Graduado de la normal de Warisata, sostiene que la historia de inicios del siglo XX está forjada en esos centros educativos que funcionaban sin el permiso de los terratenientes.
“Desde el inicio Warisata fue envuelta por la lógica de la estructura política que siempre fue dirigida por sus amautas; ellos estuvieron presentes en la educación y hoy lo hacen también con la misma fuerza
de antaño, a pesar de estar en otra época”.
Esa enseñanza nació con Siñani, quien obligado a gravitar en su pequeño mundo, abrió una escuelita, pobre pero de ambiciosa mira, pues se propuso nada menos que la liberación del indio por medio de la educación. Había que capacitar a la gente, iluminarla con el fuego sagrado, prepararla para futuros días.
El complemento para que ese propósito sea ejecutado lo dio Elizardo Pérez, idealista y dedicado a la causa de la educación indígena. Su misión era fundar una escuela rural y fue en Warisata donde tuvo el apoyo de la comunidad. Con el correr de los años, la población se convirtió en el núcleo de 70 escuelas individuales. Así y todo, Pérez no estaba satisfecho, pues los maestros en su escuela eran indígenas, pero pertenecían a la clase media y tenían dificultades para relacionarse con los estudiantes.
Esto impulsó a Pérez a fundar, en 1937, la escuela destinada a capacitar a maestros indígenas para estudiantes indígenas. De ahí en adelante, la Normal fue el símbolo de la resistencia aymara.
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