La familia que inventó el charquekán de El Puente

Oruro es famoso por su Carnaval y por su platillo basado en el charque de llama, mote, papas, queso y huevos. El secreto lo tienen los Lozano.

Cuando como, no conozco”, suelta en un suspiro don Reinaldo Copa, de 45 años, mientras se chupa goloso los dedos. “Yo vengo a servirme por lo menos una vez a la semana desde hace unos cinco años. Pero para echarle un charquekán tradicional orureño, hay que probar el de El Puente”.

Comentarios como éste llenan los restaurantes que rodean a la plaza Sebastián Pagador, al norte de la ciudad de Oruro. Si no lo sabrán don Eduardo y doña Estela Lozano, quienes empezaron ahí su negocio hace más de 40 años y ahora tienen uno de los restaurantes más famosos de la ciudad.
La edad y la memoria no ayudan mucho a los propietarios de El Puente, pues van a cumplir las siete décadas de vida y su matrimonio acaba de celebrar las bodas de oro. Ahora sus hijos y parientes les ayudan a mantener en crecimiento este negocio que está basado en el sabor de la carne de llama.

“Junto a mi mujer teníamos una chichería en el mismo lugar en que está actualmente el restaurante”, explica don Eduardo. Allí atendía la entonces joven Estela, quien intentaba acompañar las noches
de bebida preparando algo de comer para invitar a los clientes. Un día presentó un pequeño plato de mote y queso acompañado por charque y llajwa. A los clientes de El Puente les gustó y empezaron a pedirlo con más frecuencia.

En ese momento era simplemente una cortesía de la casa. Luego fueron los mismos comensales los que sugirieron que se le adicione papa hervida. Con la adición, Estela le puso precio: lo que hoy sería cinco y seis bolivianos.
Pero había un problema, la carne deshilachada se hacía cocer a la parrilla y a lo mucho alcanzaba para unos 10 platos. La demanda era impresionante. “¿Qué podemos hacer para que rinda más? Lo tostaremos nomás”, había resuelto Estela, quien en aquel entonces tomó el charque extraído de una pierna de llama y lo llevó a una cacerola con aceite. La impresión en los clientes no se hizo esperar.

Siguieron las adiciones. Alguien habló de un huevo hervido. Y los datos se fueron quedando en la cocina de doña Estela para conformar el platillo que ofrece hoy.
La chicha quedó relegada a un segundo plano, pues el bocado adquirió mucha popularidad. “Hemos empezado con una piernita. Al principio a la gente no le gustaba mucho la carne de llama. No era una
costumbre todavía. Pero después vinieron los clientes y ahora es la comida más pedida de Oruro. A la semana retengo unas 100 piernas para los dos locales”.

Ahora ofrece platos de dos precios: el normal, que cuesta a 10 bolivianos, y el especial, que sale a 15. Este último se ve apetitoso: una montaña de mote, dos sendas papas, dos humeantes huevos cocidos, una lonja de queso y una cascada de crujiente charque.

Tanto el charque como los demás acompañamientos se elaboran en el mismo restaurante durante la mañana. Los 10 empleados que ahí trabajan hacen de mozos y cocineros. En la tarde, la señora Estela y una ayudante se ocupan de mortajar la carne, cuchillo en mano, logrando unas delgadas tiras que después de salarse y secarse se llevan al aceite para freír. “Lo más importante es que la carne esté bien delgadita, así se queda crocante”, explica Estela, quien a pesar del crecimiento de su negocio no ha dejado nunca que otros se metan en su cocina, pues ella es la poseedora del secreto que hace famoso a su charque.

Tardes orureñas

La música folklórica acompaña al plato de charquekán. Y es que comerlo en Oruro tiene toda una tradición. En primer lugar, se trata de un plato de
la tarde. Por eso el trabajo en el restaurante recién comienza a partir de las nueve o diez de la mañana, teniendo todo listo para las 15.00, hora en la que recién se comienza a comercializar. La costumbre es acudir al restaurante con los amigos y la familia entre las 17.00 y 19.00, lapso en el que se tiene mayor movimiento. “Tenemos que correr de un lado al otro para atender a toda la gente”.

El plato se acompaña generalmente con una cerveza fría y un alegre cubilete con dados que sirven para matar al atardecer.

Al día se sirven tranquilamente unos 100 platos en los dos locales ubicados en la misma calle, aunque en épocas fuertes como el Carnaval, la cifra se cuadruplica. Los domingos son los días para acudir en familia, mientras que los viernes reciben a los amigos que se toman un tiempo después del trabajo para “comer alguito y servirse dos cervecitas”.

Como El Puente, son muchos los restaurantes que ofrecen esta especialidad en la capital del folklore, pero el de doña Estela tiene una fama muy especial. “Tengo pues mi secreto, por eso es que las autoridades siempre vienen aquí y cuando llegan visitas de otros lados, la gente las trae a nuestro local”, sonríe orgulloso Eduardo.
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