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Humedales de Bolivia

(La Paz - La Razón)


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Representan el 20 por ciento del territorio boliviano. Están reconocidos a nivel mundial y son imprescindibles para la conservación de la biodiversidad y los ecosistemas.

Flamencos de cuello corvado, pico ganchudo, patas finísimas y andares de bailarina. Reptiles tostados al sol, de férreas escamas y movimientos vertiginosos. Rápidas vizcachas, solitarios cactus, flores andinas, cóndores, aguas que reflejan en verdes y azules el idilio de los paisajes del altiplano. Comunarios pescando… La lista de escenas que se entretejen en los humedales de Bolivia es infinita.

El trajinar comienza a ojos de los turistas con los primeros colores desteñidos del alba y termina con los rojos intensos que matan la tarde. Espectáculo semejante no sería posible sin la presencia de los bofedales, ríos, lagos y lagunas.
Según datos del Ministerio de Desarrollo Sostenible, el territorio se divide en tres grandes cuencas hidrográficas: Amazonas, Del Plata y Endorreica. Y éstas son como madres, porque a su vez están constituidas por 10 subcuencas, 270 ríos principales, 184 lagos y lagunas, unos 260 pequeños o medianos humedales y seis salares.

El agua es el elemento que articula casi todos los ecosistemas que se generan y es por eso que la conservación de los humedales se antoja hoy un tema fundamental.
Con todo, resultaría imposible abarcar tales extensiones, lo que ha llevado al país a designar tan sólo ocho humedales de importancia internacional, que se vienen a definir como "sitios Ramsar", nombre que nació de la firma de un convenio, la Convención Ramsar. Ésta busca, desde febrero de 1971, la protección de los humedales más importantes del planeta.

"Para inscribir un humedal en el acuerdo —explica Omar Rocha, director del Centro de Estudios en Biología Teórica y Aplicada (BIOTA)— se tiene que cumplir al menos con uno de los ocho criterios que exige la mencionada convención. Por ejemplo, éste debe mantener 20.000 aves acuáticas de manera regular, albergar especies endémicas de flora y fauna o destacar como centro de reproducción".
Para bien, Bolivia forma parte de los 138 países adheridos al tratado como partes contratantes.

Sitios Ramsar de Bolivia

Se consideran humedales a los ambientes y hábitat intermedios entre los lugares permanentemente inundados y los normalmente secos. Y el abanico mundial es amplio, pues va desde pantanos, turberas y llanuras de aluvión hasta las marismas, los manglares, las praderas de pasto marino y los arrecifes de coral poco profundos de zonas costeras.

El país tiene ocho sitios de éstos: la laguna Colorada,

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en Potosí; el lago Titicaca, en La Paz; la cuenca de Taczara, en Tarija; el Pantanal, los bañados del Izozog, el río Parapetí, el Palmar de las Islas, las salinas de San José y la laguna de Concepción, en Santa Cruz, y los lagos Poopó y Uru Uru, en Oruro. Suman 6.518.073 hectáreas, el 6,3 por ciento de los sitios Ramsar del mundo y sólo lagos y lagunas están fuera de las Áreas Protegidas.
"Son vitales. Los humedales son ecosistemas muy productivos, ricos en biodiversidad y en cuanto a los servicios medioambientales que ofrecen, pues crean microclimas especiales y las condiciones adecuadas para acoger asentamientos humanos", añade Rocha.
Además, generan una cantidad ingente de beneficios: almacenan y purifican el agua, controlan las inundaciones, regulan la erosión, alimentan constantemente los acuíferos subterráneos, estabilizan las condiciones climáticas locales, particularmente las de lluvia y temperatura, y retienen contaminantes, sedimentos y nutrientes. Asimismo, favorecen, entre otras cosas, el pastoreo, la proliferación de pesquerías, la agricultura, la producción de leña y el turismo.

Una relación de años

Todo está interrelacionado. Y en este caso las imágenes resultan mucho más representativas que las propias palabras. Los pescadores echando las redes desde las primeras horas de la mañana en el lago Poopó; las barcas de totora mecidas suavemente por el Titicaca; el pastoreo de camélidos en los bofedales; los turistas, largavistas en mano, observando cientos de flamencos rosados en la laguna Colorada. Los paisajes hablan por sí mismos de la ancestral adecuación de los pueblos originarios a la naturaleza que los rodea para lograr sobrevivir.

Los aymaras y los incas ya asociaban antaño, a través de sus cuentos, los lagos y lagunas con el origen del mundo y de los seres vivos. Para culturas como la Urus, eminentemente acuática, los lagos Titicaca y Poopó, por ejemplo, no sólo eran la fuente básica de sustento, sino que también se veneraban como espacios sagrados. Y mitos como el de Manco Kápac y Mama Ocllo, la pareja primigenia para las poblaciones andinas, o leyendas como la del mítico El Dorado han tenido mucho que ver con los humedales de la región, sobre todo con los altoandinos.

Por eso, iniciativas como la "Gran Ruta Inca", que pretende la recuperación y la conservación del patrimonio cultural y biológico de este antiguo imperio, sirven de igual manera para promocionar los humedales, pues un buen número de ellos se distribuyen por el camino: La Cocha (Colombia), el sistema hidrológico de Cajas (Ecuador), el lago Junín (Perú), la laguna Langui Layo (Perú), el lago

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Titicaca (Perú-Bolivia), el Poopó (Bolivia), la laguna de los Pozuelos (Argentina) y las lagunas del Negro Francisco y Santa Rosa (Chile).

Muchos son ya sitios Ramsar y más de 100 millones de personas aguas abajo, según datos de la Unión Mundial para la Naturaleza, se benefician en las grandes ciudades andinas de las fuentes de agua de los páramos y punas, herederas del acervo cultural de la región.

Estrategias de conservación

Así, los humedales altoandinos, en complementación con el potencial de los de las tierras bajas, conforman un panorama cuando menos atractivo, contándose con lugares idílicos, como el Pantanal de Santa Cruz, que con sus más de tres millones de hectáreas se constituye actualmente en el cuarto sitio Ramsar mayor del mundo —únicamente por detrás de Okavango (Botswana), el golfo de la Reina Maud (Canadá) y el complejo de humedales en abanico torno al río Pastaza (Perú)—. Asimismo, también ayuda al desarrollo de los pueblos circundantes.
"Y este detalle es importante, pues son las comunidades quienes determinarán el futuro de los humedales —analiza Rocha—. Llegados a este punto, es conveniente involucrarlas en cuanto a la gestión y conservación de estos ecosistemas". Es por eso que varias organizaciones no gubernamentales y las instituciones relacionadas con el medio ambiente y el desarrollo sostenible están trabajando con ellas para conseguir este fin. Y ahora los proyectos de manejo de cuencas y los de ecoturismo son realidades más palpables”.

Pero, además, se están tomando otra serie de iniciativas que contribuyen sobremanera al control de las especies que los habitan. "Como los anillados de flamencos. Se los marca para poder identificar sus rutas de migración, que suelen variar en función de la estación en que nos encontremos, siendo diferentes en verano y en invierno".
Sin embargo, de momento, todo lo trabajado no resulta suficiente. Y el Ministerio de Desarrollo Sostenible bien lo sabe. "Los humedales son grandes desconocidos —reconoce Jorge Mariaca, director general de Biodiversidad—. Pero estamos organizando estrategias para mejorar los planes de manejo".

Los esfuerzos ya se dejan ver. La celebración, cada 2 de febrero, del Día Mundial de los Humedales, los programas de sensibilización entre la población y las comunidades y el plan para conformar un Comité Regional sobre humedales son pasos hacia delante, aunque no dejan de lado las amenazas.
"Éstas no son siempre las mismas. Los peligros dependen de la zona donde uno esté. En el sector de los lagos Poopó y Uru Uru, por ejemplo, la principal es la actividad minera; en la laguna Colorada, el turismo intensivo y desordenado

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—con más de 45.000 visitantes anuales—; y en el oriente, en cambio, son los megaproyectos lineales y de posibles trasvases de aguas los que generan los mayores quebraderos de cabeza", expone Omar Rocha. Si a esto se le suma la deforestación y las quemas, la cacería de especies exóticas y las actividades extensivas, el panorama no resulta demasiado halagüeño.
Bolivia en la región

Pese a todo, la situación de Bolivia no es tan trágica como pareciera, pues después de Perú es el país con mayor superficie de humedales de América Latina. Los ecosistemas acuáticos cubren el 20 por ciento de su territorio. Y si se toma en cuenta su valor múltiple, biológico, ecológico, social, cultural y económico, se convierten en puntos verdaderamente estratégicos para todos los países que los contienen.

Cada uno, eso sí, con unas particularidades muy específicas. La laguna Colorada, el primer humedal registrado como sitio Ramsar en Bolivia, en 1990, se caracteriza por los microorganismos que dan la coloración rojiza de sus aguas y por ser hábitat de aves migratorias; el lago Titicaca, por ser el lago dulce más alto del mundo y la presencia de aves, peces y anfibios endémicos; el Pantanal, por ser un mosaico complejo conformado por lagos, lagunas, pantanos, ríos, sabanas inundadas y palmares; la cuenca de Taczara, por sus lagunas permanentes y semipermanentes y sus bofedales; el palmar de las Islas y la laguna Concepción, por sus palmares del tipo Copernicia alba; y los lagos Poopó y Uru Uru, por ser casa de aves acuáticas migratorias amenazadas y especies endémicas de puna.

Son tesoros únicamente comparables con algunos otros humedales de América Latina, como los de Ñeembucú, punto de afloramiento del sistema acuífero guaraní. De la misma forma, resultan de especial interés los de la cuenca del Imbakucha, en el Ecuador, pues reúnen a su alrededor más de 38 comunidades de la cultura Kichwa, que tiene una especial veneración por el agua, las montañas y los árboles, torno a los que se realizan rituales de purificación para dotarse de fuerza y energía. Finalmente, en torno al río Cruces, en Chile, otros humedales acogen hasta 119 especies de aves, entre las que están los cisnes de cuello negro.
Lastimosamente, la mayor parte de estos enclaves aún se encuentran vulnerables. Algunos ni siquiera pertenecen a Áreas Protegidas. Pero, retornando a las imágenes a una realidad muy de carne y hueso, uno se da cuenta de que queda lugar para la esperanza, pues comunidades como la de los Uru Muratos (Oruro), con sus redes y su pesca tradicional, por poner un caso, manejan todavía como pueden casi todos sus recursos de una manera sostenible.

 

 

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