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Monumentos en La Paz

(La Paz - La Razón)


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Forman parte de la historia colectiva, como protagonistas que fueron de epopeyas, de la leyenda y también de la herencia de colonias extranjeras. Este es un vistazo a los de La Paz.

Siempre están ahí, sin importar el tiempo que haga. Son testigos mudos del discurrir de la ciudad y, por la fuerza de la costumbre, se vuelven invisibles. Pero quienes descubren la ciudad por primera vez encuentran obras de singular belleza que, a la par, son recordatorios del pasado común de los hombres y ornamentan las calles.
Son los monumentos. Figuras en bronce, mármol, piedra u otro material, que se levantan en plazas, avenidas, calles y en los más impensables rincones. Son generalmente héroes y heroínas. Figuras míticas y personalidades de la política y del arte, y de tanto en tanto, sorprendentes figuras de personas o animales.

La Paz tiene un sinnúmero de monumentos grandes y pequeños distribuidos a lo largo del eje troncal, rotondas y plazas. Aunque forman parte de la historia, no tienen de sí mismos muchos antecedentes y tampoco están incluidos en un catálogo oficial.
La recopilación de datos y la información contenida en la tesis del historiador Mario Yujra permiten un primer acercamiento al pasado de estas silenciosas figuras que, sin embargo, forman parte de la memoria colectiva.

Breve retrospectiva

Atrás en el tiempo, hacia finales del siglo XIX, la plaza de Armas, llamada también la plaza Mayor y, más adelante, la plaza 16 de Julio, se engalanó con una hermosa fuente de agua que estuvo entre 1890 y 1909, cuando se modificó el sitio y se cambiaron monumentos.
Fue la llamada Fuente de Berenguela, que peregrinó por varios lugares de la ciudad, como otra, la fuente de Neptuno que de la Gruta de Lourdes llegó al paseo de la Alameda y acabó en el Montículo de Sopocachi, donde se encuentra hoy.

En estilo neoclásico, la fuente se instaló en 1928 y es una obra de los italianos

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Magnani y Cantela, según la tesis de Yujra.
De mármol blanco de Carrara, de tres metros de altura, es uno de los monumentos mejor logrados, por la expresión de la efigie y la fuerza que denota el pie de Neptuno sobre la cabeza de un pez de cabeza redonda y dientes afilados. El pedestal lleva en las cuatro esquinas cabezas de carnero con detalladas cornamentas, mientras que a los costados del pedestal se levantan dos caballos con medio cuerpo de pez y las patas delanteras con aletas. Todo está sostenido por cuatro conchas que reciben el agua que cae de la boca de otros tres peces colocados a cada lado del pedestal.

En la plaza de Armas
Era 1909 cuando se dispuso la modificación de la plaza Mayor o 16 de Julio. Para celebrar el grito libertario de 1809, se instaló en el centro el monumento a Pedro Domingo Murillo y el nombre de plaza 16 de Julio cambió al de Murillo, hasta este tiempo.

Tiene tres metros de altura y su pedestal lleva figuras alegóricas: una mujer sentada al frente, un soldado al costado izquierdo, un león al lado derecho y en la parte posterior un ángel con una trompeta. La figura de Murillo, en estilo neoclásico, es un fundido en bronce y fue encargada al italiano Ferruccio Cantella.
Con traje de la época y con levita, Murillo lleva colgada del brazo una capa y sujeta con la mano un sombrero de ala. Aparentemente no agradó a las élites de la sociedad boliviana y se decía entonces que no se trataba de Murillo sino, probablemente, de un torero.

La estatua la trajo de Italia su armador Horacio Ferruccio con todos los avatares que implicaba una larga travesía por mar y a lomo de bestia para llegar a La Paz. No faltó la desgracia, pues la lancha que trasladaba la carga del barco al puerto naufragó y varias piezas se perdieron irremediablemente en la profundidad del mar.
Al pie del monumento se colocó en 1975 (150 años de la República) un libro abierto de

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granito con la proclama de la Junta Tuitiva. Murillo está acompañado hoy, además de una sobrepoblación de palomas en la plaza Murillo, de ocho preciosas figuras femeninas en mármol blanco que representan a las cuatro estaciones (Verano, Invierno, Otoño y Primavera) y a cuatro musas del arte (Pintura, Arquitectura, Música y Escultura).

Los Libertadores

En el centenario de la República se inauguró una de las dos enormes estatuas ecuestres que posee La Paz. Se colocó en el comienzo de la Alameda en 1925 y la plaza se dedicó a Venezuela. De tres metros y 30 centímetros, el monumento en bronce de Bolívar fue encargado al francés Emanuel Fremiet, con talleres en París. Él trabajó también en el busto de un metro del Libertador que se encuentra en el descanso de las escalinatas al segundo piso de la Casa de Gobierno. Fremiet, afamado escultor que al final de su carrera se especializó en figuras animales, logró una fuerza expresiva no sólo en la faz de Bolívar, sino también en la del caballo que lo sostiene.

La figura ecuestre de Antonio José de Sucre, que se levanta en la plaza del Estudiante en el extremo de El Prado, fue inaugurada en 1926 y es una obra, de tres metros de envergadura, del italiano Enrico Todolini. Un busto de Sucre, que data de 1902, fue finalmente colocado en la plaza que lleva su nombre pero que la ciudadanía la conoce como San Pedro.

El afecto de las colonias

Para 1920, la colonia italiana había encargado el regalo a la ciudad que la había acogido, tras reunir los fondos necesarios. El monumento a Cristóforo Colombo, obra del italiano Giuseppe Graciosa, destaca en pleno centro de El Prado. Desde su pedestal de mármol blanco de Carrara, a casi tres metros de altura, Colón —que sostiene un mapa y el timón del barco que le llevó a las costas del Nuevo Mundo— es un mudo testigo de la intensa actividad en esa arteria.

La colonia española no se quedó

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atrás, pues también reunió dinero para regalar a La Paz una figura de la reina Isabel de España, conocida como Isabel la Católica. La obra de Jaime Otero se instaló en la llamada plaza del Óvalo, en lugar de un parque infantil poco concurrido pues, para entonces, se encontraba más allá del final de la Alameda, hoy El Prado, aunque se prolongaba hasta el comienzo de la que se conoce como avenida Arce.
El busto de Simón Bolívar, del escultor Fremiet, ubicado en la Casa de Gobierno, fue una donación de la colonia francesa que se entregó al Prefecto. Éste lo llevó al Parlamento, pero para agosto de 1926 el presidente Hernando Siles dispuso que se quedara en el Palacio Quemado.

La Madre Patria

También se la conoce como Alegoría a la Patria y es un monumento en bronce realizado en 1901 por el famoso escultor francés Henry Allouard. Mide tres metros y, en estilo ecléctico, funde en metal la figura de una mujer que lleva en la cabeza una corona de laurel, símbolo de la victoria y, en la mano, una espada. Actualmente se encuentra en el centro de la fuente de agua frente al cine Monje Campero, testigo mudo de marchas y encuentros.

Los perdidos

Hasta 1930 se colocaron casi una treintena de monumentos y hasta finalizar el siglo XX se sumaron numerosos bustos y efigies que recuerdan gestas y acciones épicas, y que hoy permanecen principalmente en la vía central que une San Francisco con la Calle 21 de Calacoto, en plazas y rotondas de urbanizaciones nuevas.

Algunos monumentos fueron trasladados de un lugar a otro y terminaron por extraviarse o acabaron en fundiciones. El monumento a Abaroa, la estatua de La Paz y el soldado del Batallón Colorados se perdieron, dice Yujra.
Silenciosos, con ojos que no miran, son testigos de las idas y venidas de los ciudadanos que ya no los ven. Pero siguen siendo, en cualquier tiempo, hitos de la memoria colectiva contra el olvido.

 

 

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