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Donde las vírgenes adoraban al Sol

(La Paz - Bolivia.com)


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Antaño, en la época del Inca, fue un lugar clave que acogía a sacerdotisas. Hoy, sobrevive a duras penas con los ingresos del turismo.

El insistente golpe de las olas, con el paso de los años, ha teñido de verde las rocas, que hoy sirven de frontera entre el lago sagrado, el Titicaca, y la enigmática Isla de la Luna. El día está nublado y las gotas de una molesta llovizna han picado las aguas del lago. Durante más de una hora de viaje, desde la playa de Copacabana, se ha mecido la lancha más de lo normal, hasta que el ronquido del motor de la embarcación, finalmente, termina por detenerse.

Lo hace en la isla de Kohati —o de la Luna—, un observatorio astronómico natural y el que fue el segundo lugar más sagrado para los incas después de la Isla del Sol, que también reposa en los 180 kilómetros de longitud del Titicaca.
Debajo de una corteza gris, formada por un mar de nubes, el capitán de la embarcación, Juan, un joven aymara de 15 años, saca un palo de unos seis metros con el que acomoda el bote junto al embarcadero. “¡Listos para saltar!”, grita.
Antes de la acrobacia es imposible no mirar abajo, donde algas verdes de vida bailan junto a las olas del lago. Sin embargo, lo que para algunos visitantes puede ser un paso más, para los que buscan conocer mejor la historia de este pedazo de tierra sumergido en el lago más alto del mundo es toda una experiencia espiritual única.

Y, aunque el frío y el viento se hacen sentir con todo su rigor, la emoción por subir los tres niveles de terrazas de cultivo embriaga a nacionales y turistas. No en vano, arriba espera una de las ruinas más emblemáticas de la pequeña ínsula: Iñak Uyu o el Templo de las Vírgenes, la escogida por el Sol.
Ubicados estratégicamente hacia el oriente —para vigilar y adorar la salida del astro rey— y frente al enorme

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nevado Illampu, están los vestigios de esta estructura ancestral, también conocida en la cultura andina como Acllahuasi. En ella, según cuenta el guía Anastasio Choque, hace cientos de años vivían hermosas jóvenes, de entre 13 y 17 años, que eran escogidas para adorar a Wiracocha, el dios Sol.

La importancia de la mujer

Para el estado incaico las mujeres fueron fundamentales, sobre todo en aquello relacionado con el desarrollo textil, cultural y religioso, y jugaron su papel más significativo en los cultos y las ceremonias.
Es por eso que los incas ponían especial énfasis en la instrucción femenina. Y de ahí las acllas, niñas que cuando llegaban a la pubertad eran adiestradas por su belleza y aptitudes para pasar a formar parte de los Acllahuasi, que eran claves en el papel educativo.

Las acllas al dejar el ayllu, la comunidad donde vivían, subían automáticamente de estatus, por lo que eran consideradas superiores al común de la gente. Así, empezaban a servir directamente al Estado y al Inca, ya que aprendían las artes culinarias, las cortesanas y la religión, considerados tres de los pilares básicos en el rol de la mujer.
Asimismo, las acllas también pasaron a reforzar el concepto de la reciprocidad incaica, cuando eran llamadas por el soberano para ser obsequiadas como esposas a los señores con quienes el Inca quería negociar o congraciarse. Y es que eran muy apreciadas porque, por su situación de mujeres escogidas, estaban más apegadas a las reglas sobre conducta moral.

Iñak Uyu, un centro ritual

Estas adoradoras del Sol se dividían en cinco categorías. De ellas, la más importante era la que conformaba el grupo denominado Yurac Aclla, compuesto por las jóvenes descendientes de sangre real, consideradas como las esposas del astro rey. Ellas hacían

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un voto de castidad eterno, por lo que los españoles las llamaron las Vírgenes del Sol. Es así que estas acllas eran llevadas hasta el Iñak Uyu de la isla de Kohati, donde se convertían en mamaconas y eran sometidas a una rígida disciplina para servir en importantes misiones sacerdotales en los más importantes rituales.

No por nada, entonces, el Iñak Uyu fue el más importante de los acllahuasis del Tahuantinsuyu. Edificado por los arquitectos incas, se caracteriza por su técnica de bovedillas de avance y sus elementos trapezoidales y escalonados.
Esta construcción, a pedido del inca Túpac Yupanki, fue elaborada en su mayor parte gracias a grandes piedras unidas por el barro. Constaba de 35 habitaciones erigidas en una proporción total de 55 metros de largo y 24 de ancho y es considerada patrimonio arquitectónico y artístico del lago.

Allá, con las aguas sagradas que reflejaban la luz en los días colmados de sol, las mamaconas, entre paredes enchapadas en oro y plata, se beneficiaban con el estudio naturista, pues se les instruía en los conocimientos de las distintas plantas curativas y medicinales.
Y, según Anastasio, ha sido gracias a esa dedicación y ese estudio que las culturas aymara y quechua pueden contar actualmente con lo que se conoce como derivados deshidratados de los diferentes tipos de papa y oca. “Aquí se inventó la tunta, el chuño y la kaya”, explica el aymara lleno de orgullo.

Las jóvenes, entre tanto, eran guiadas por las mujeres más mayores, mamaconas que transmitían los conocimientos adquiridos a las generaciones que les sucedían.

Un único hombre en la isla

Mientras, en el Iñak Uyu sólo estaba autorizada la presencia de un hombre: el Inca. Según cuenta el kallawaya Elemetrio Quenta, de 60 años, en la mayoría de los casos el soberano acudía allí

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para curarse tanto física como espiritualmente.

Quenta, que habitó en la isla hace una década, cuenta la historia al tiempo que acullica coca y quema incienso. “En el período inca —prosigue— la isla era lugar de meditación, purificación y sanación”.
Y es al mirar su fuego y las chispas de incienso que revientan con el calor, que Quenta recuerda que la isla albergaba además el fuego sagrado, “que se mantenía encendido permanentemente al cuidado de las atentas mamaconas”.

Con todo, el Inca no era el único beneficiario de los adelantos y conocimientos que se manejaban en la Isla de la Luna. “Por diferentes canales se hacía llegar lo descubierto hasta los rincones más perdidos del imperio, para que pudiesen beneficiar a todo el mundo”, comenta Quenta mientras fija su mirada en su poncho, lleno de verdes, amarillos, rojos y azules.

Esta vestimenta, según el médico naturista, fue confeccionada con la misma técnica de hilado heredado de las acllas hace cientos de años. “Para nosotros, todo y nada ha cambiado desde esa época”.
Y, en el fondo, tiene razón, me doy cuenta al descender del templo, cuando muy cerca de la lancha veo que dos niñas de pollera rosada reciben lecciones de su madre sobre cómo pisar el chuño.

Es como si todo siguiera igual, con las niñas vírgenes recibiendo enseñanzas que les servirán en un futuro. Eso sí, ya sin privilegios que las diferencien de otras mujeres, y resistiendo estoicamente los avatares de la vida en el campo, tan inherente a la escasez y a la pobreza.
Es por eso, quizá, que las niñas deciden interrumpir temporalmente su clase para acercarse tímidamente a los turistas. Y es que la oportunidad de ganarse unas monedas haciendo de improvisadas guías para los forasteros en la isla no puede dejarse pasar, pues no siempre llega gente a esos rincones.

 

 

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