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Con los espectros por las calles de Potosí

(La Paz - La Razón)


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En junio, San Pedro y San Pablo abren los cielos. Las almas descienden hasta la tierra y, durante dos días, pueden revelar los secretos del futuro a los vivos. Con esta aura en el firmamento, una feria esotérica colma la plaza Bolívar, en la ciudad de Potosí, para atrapar los designios del destino.

“Lo que pida, lo que necesite saber; en este instante, sólo con el pensamiento”, escupe repetidas veces un joven que entrega papelitos impresos a sus clientes cuando hacen contacto con una esfera de electricidad. Clara de huevo bailando en cerveza, coca dispersa sobre un awayo, estaño caliente reventando en el agua, cigarros, café y cartas toman posturas caprichosas que revelan el porvenir.
Sin embargo, pareciera que las entidades fantasmagóricas no necesitaran de los mentados santos para recorrer las calles potosinas, pues, según muchos de sus habitantes, los fenómenos paranormales son cosa de todos los días, ya que el fulgor y decadencia colonial provocaron la aparición de espectros que, hasta hoy, se dejan escuchar en las noches de añil.

La calle Ayacucho, otrora conocida como calle de los Vestidos o los Candelabros, alberga al recién restaurado colegio Santa Rosa. Con modernas aulas que se acomodaron a la infraestructura colonial, la antigua casa de las recogidas funciona, según las exigencias de la educación actual, gracias al Programa de Rehabilitación de las Áreas Históricas.
Lo que no cuenta la historia es que de allí todavía parte, a la medianoche y en fechas determinadas, una carroza de fuego con almas en pena. Al menos eso explica la licenciada en turismo Doris Belén Cayo, que a pesar de sus 26 años no le ha perdido el miedo al más allá. “Eso pasa según la leyenda. Además, nos han contado los vecinos y la portera que en este antiguo asilo para niñas huérfanas se escucha por las noches el lamento de infantes. También se ve a monjas ingresando por el portón”, retrata respetuosa Doris.

Y es que la calle Ayacucho, de cuyos balcones encajonados colgaban lujosos vestidos durante las procesiones, es una de las vías más “pesadas” de la ciudad. Así, los portones coloniales dejan ver la inscripción JHS —Jesus Hominum Salvator, Jesús Salvador de los Hombres— tallada en piedra, pues esa era la manera de marcar los lugares donde vivían los religiosos.

Bajando la Ayacucho, mientras, la mirada se detiene en el número 43. Allí están el restaurante Rosicler y el Hotel Santa Teresa, siempre llenos de turistas. El patio ostenta un pilón colonial, donde espera Franz Segovia, que lleva dos años trabajando en el lugar, quien cuenta que el edificio es muy conocido por la leyenda de La Bella.
“Antes, esta era una casa colonial donde vivía La Bella. Se trataba de una mujer hermosa que tenía muchos pretendientes.

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Uno de ellos, al no ser correspondido, raptó a su hija. La Bella buscó a su bebé por todo lado sin éxito. Con el paso del tiempo, la niña creció en medio de maltratos que hicieron que su rostro se volviera irreconocible. Y la única señal de nacimiento que conservaba era un lunar en el brazo izquierdo. Un buen día, vecinos de La Bella vieron a la niña, y le sugirieron que aquella pordiosera podía ser la niña raptada.

Paradójicamente, a causa del rostro desfigurado, la jovencita recibía el mismo apodo que su madre. Ni bien escuchó la idea, la mujer fue a buscar a la niña, a quien encontró agonizando. Así, La Bella reconoció a su hija por el lunar en el brazo. Y al abrazarla, la niña murió pronunciando mamá”.

Hoy, la leyenda late en el hotel, y Franz ha escuchado ruido de niños, pasos y sonidos en la noche.
Muchas más historias corretean, entre tanto, por las calles. De esta forma, Delia Coira Quispe, licenciada en Turismo y conocedora de las tradiciones de Potosí, muestra en la esquina Nogales y Cobija el lugar por el que caminaba el hombre de la calavera. “Por ese trayecto caminaba un monje con su sotana, con una calavera en una mano y con una vela en la otra. ‘Si mil veces vivieras, mil veces te mataría’, decía. Se expresaba así porque la calavera pertenecía a su enemigo. Y todavía se lo escucha”.
Por otro lado, la calle Lanza es conocida como la de los duendes, pues se cuenta que a la medianoche un pequeño hombre aparecía con un sombrero y poncho para espantar a los trasnochadores.

Los cabellos de Cristo

La Iglesia de San Francisco, por su parte, es uno de los templos que sufre más presencias sobrenaturales, y hasta una de las imágenes que destaca en el presbiterio mantiene su propia y apasionante historia.
Según la leyenda, la imagen apareció rota frente a la entrada del templo dentro de un ataúd. Era un día de lluvia. Los sacerdotes no supieron qué hacer con ella y la guardaron. Entonces, llegaron dos forasteros que se ofrecieron a repararla sin pedir nada a cambio, a no ser pan y agua. Como los hombres vieron que los padres aún desconfiaban, sugirieron que se les dejara con la imagen y las herramientas encerrados en una habitación bajo llave. Al tercer día, recién se les abriría la puerta. Los sacerdotes así lo hicieron y al tercer día vieron que la habitación se encontraba vacía, a excepción de la imagen reparada del Señor de la Vera Cruz. Y la leyenda sugiere que se trataba de dos ángeles.

Una marcha fúnebre brota de los dedos de Marcel Llanos Aguirre, un organista que trabaja con música litúrgica en el templo. “Todos veneran a esta imagen. Su aniversario es el 14 de septiembre y únicamente sale en procesión cada cinco años. Además, es una verdad irrefutable que

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le crece el pelo”, dice el músico de 75 años.

Y en el mismo templo, pero en el exterior, está una cruz verde de madera, sobre la calle Nogales. Se dice que es la Cruz del juicio final: cada día crece un poco y cuando la parte inferior toque el suelo aseguran que será el fin del mundo.

Lamentos y dados

Las calles La Paz y Hoyos se conocían antiguamente como las calles de la Amargura. Y es que antes desde la Casa de la Moneda hasta el atrio de la Catedral caminaban los condenados hacia la muerte pública. Allí se colgaba a personajes sobresalientes españoles y se dejaban expuestos por un día los cuerpos de los rebeldes. Los esclavos, en cambio, caminaban encadenados hasta el balcón del ahorcado, en la actual esquina entre las calles Bolívar y La Paz, donde todavía se puede ver la viga.

Antiguo cuartel, mientras, la Casa de la Moneda es por sí misma uno de los inmuebles más “pesados” de la ciudad. Los encargados relatan que se escucha cómo las máquinas laminadoras se mueven, además de gemidos, llantos y cascos de caballos infernales.
Lejos de estas dolorosas imágenes está la elegancia y estilo del Club Internacional, que durante la colonia fue el primer casino. “El club cumple el 12 de agosto 108 años de vida”, reseña Róger Zubieta Clavijo, secretario general. “En este lugar hay muchas leyendas, y gente que cuando duerme escucha algunas voces y el ruido del juego”.

El tesoro de Rocha

En el 732 de la calle Chuquisaca se encuentra la portada de un inmueble que hoy está dividido en varias casas y es compartido por algunos huéspedes. Antes, rondando el año 1648, era el caserón del español Francisco Gómez de la Rocha, conocido mercader de plata y falsificador de monedas.

Rocha guardaba la mitad de la plata que se debía transportar de la Casa de la Moneda a la Argentina y acuñaba sus propias monedas. Al ser descubierto, el hombre escondió su tesoro, el cual no ha sido descubierto hasta la fecha.
Franz López tiene 20 años y vivía en una de las casas que formaban parte de las propiedades de Rocha. “Mi casa era en la calle La Paz. Antes era de los españoles y en el segundo patio había una caballeriza”. Entre sus recuerdos está la visión de un duende cerca de lo que se supone que era el horno de fundición. En otra ocasión, fue su hermano el que se encontró frente a un hombre muy alto, vestido con una gabardina, que le impedía la salida. Cuando se chocó con él, empezó a sangrar de la nariz. Desde ese día, su padre les prohibió entrar en silencio a la casa, creyendo que este hecho era el que realmente atraía espectros.

Fabio López Cardoso es el padre de Franz, y con 64 años está contento de no tener que vivir ya en esa casa. “En esa época había caballerizas y he conocido todavía

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la bosta de caballos. De allí vi varias veces que salían caballos y se quedaban en el pilón dando vueltas. Eran unos seis. Yo escuchaba ‘toc, toc, toc’ y de curioso abría la puerta de mi cuarto y los veía claramente. Un caballo negro estaba a la cabeza y todos los demás eran blancos. Y, a pesar de tener la puerta totalmente asegurada con chapa y con fierros, los caballos se salían cabalgando como el viento”.
Sastre de profesión, en ese tiempo recibía encargos a toda hora. “Una vez —cuenta—, estaba con mi esposa mientras mi hijito de cinco años dormía. Una señora vino y me llamó de la puerta de calle para que le haga un trabajo. Se paró en el pilón y cuando bajé nos pusimos a charlar. Mientras conversaba con la señora, sentía que alguien pequeñito me agarraba la pierna y me jalaba el pantalón. ‘Parece que se ha salido su hijo’, me comentó la mujer. Sin verlo, le agarré de la cabecita y le dije ‘entrá’, y el chiquito se fue”.

“Cuando terminé de hablar con la señora, regresé a mi cuarto y le dije a mi esposa que cómo va a dejar salir al chiquito si hace frío. ‘¡Pero si el Osvaldo sigue durmiendo!, me dijo. El niño no se había levantado y seguía durmiendo sin inmutarse. Entonces, al que le agarré la cabeza fue a un duendecillo’”.

María Luisa de Poveda tiene 58 años y desde hace 40 años es la que vive en esa casa. Desde que se casó, relata, sintió que el lugar no era normal, e incluso trajo a un sacerdote para bendecir el lugar. “Pero ya no padecemos mucho, aunque hay personas que vienen y sienten escalofríos, como si les apretaran el pecho. Y siempre me dicen que hay un tapado”.
“Ni bien llegué, cuando me casé, me dijeron que había tapado. Se me apareció un fantasma, me dio su nombre y me dijo dónde cavar. No le di importancia, pues nunca he estado necesitada de dinero”.

Pero, curiosamente, la ambición es la que ha atraído incluso a extranjeros para la búsqueda del tesoro que dejó escondido Rocha cuando supo que podía ser descubierto. Y es que nadie reveló el supuesto escondite y el español ordenó matar a sus colaboradores.

Uno de los posibles lugares estaría a 18 kilómetros de la ciudad. Se cuenta que hacia Tarapaya existían muchos accidentes que se atribuían al demonio. Por ello se tuvo que traer desde España la efigie de San Bartolomé, quien dicen que habría enfrentado allí a Satanás.
Hoy, en ese punto sólo se puede ver una reja de hierro que protege la entrada de la Cueva del Diablo. Nadie se anima a ingresar ¿Una maldición protegerá ese tesoro?

Ante la duda, los vientos rondan la plaza Bolivia, donde se erigía antes el primer cementerio de Potosí. San Pedro y San Pablo ya han cerrado los cielos, pero al parecer las almas continuarán caminando entre los vivos de la Villa Imperial.

 

 

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