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San Roque, la fe conquista Tarija

(La Paz - La Razón)


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La Fiesta Grande de San Roque une en septiembre a la gente del campo y la ciudad. La devoción por el Santo Curandero llega a su punto álgido durante el llamado Encierro.

Aún no decidía si lo que veía caer era llovizna o nevada, cuando Marcel Antonio Aguilera Ríos ya sentía el frío que trepaba arañando sus piernas. Pero como la devoción era la que movía a ese cuerpo de casi ocho décadas, el hombre tomó la caña y se dirigió al templo de San Roque a las cinco de la mañana. Las campanas anunciaban con su repique el Encierro de la fiesta que durante todo el mes había alegrado los corazones chapacos. La quema de bombas auguraba un gran día. Y para Marcel era tiempo de demostrar su fe por el “taitita” de Tarija.

La Fiesta Grande de San Roque es una de las máximas expresiones religiosas en el sur del país. Con un ramillete de actividades que se iniciaron el 18 de julio y culminaron tres semanas después con el Encierro de la fiesta, el 13 de septiembre, Tarija disfrutó de un festejo en el que se prescinde del alcohol y el baile sin descuidar las tradiciones ni la buena comida.

Una nube gris acaparaba los cielos y de cuando en cuando soltaba gotitas de frío sobre las veredas chapacas la mañana del 13 de septiembre. “Hacía cinco años que no nevaba”, se quejaba un hombre mientras colocaba parlantes a lo largo de la calle General Trigo.

En los alrededores de la iglesia de San Roque, los vendedores preparaban toda su artillería gastronómica para acompañar el paso de los promesantes. Cerca de 2.000 chunchos, alféreces, tamboreros y cañeros avanzaban escoltados por un público que, tras escuchar la misa en honor al patrono de Tarija, se disponía a participar de la peregrinación por diferentes templos.

El Santo San Roque salió en aras y vestido de rojo. Su altar ya estaba cuidadosamente preparado para combatir la lluvia al igual que los promesantes, que cubrieron sus turbantes con bolsas plásticas. La procesión se dirigía a la Catedral para después pasar por la Capilla Santa Rosa del colegio Santa Ana y la Iglesia San Francisco. Mientras tanto, doña Fidelia Porco Zubiela corría de un lado a otro con su puesto de choripanes y sándwiches de pollo y cerdo siguiendo la procesión. Radios y canales de televisión transmitían en vivo y la población acomodaba todas sus actividades a esta celebración. ¿Qué hacía del Encierro una fiesta tan especial?

El Santo peregrino

Entre 1853 y 1858 se construyó en la comunidad tarijeña de Lazareto, a siete kilómetros de la capital, un leprosario al que acudían las víctimas de esta

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plaga. A pesar de que hoy sólo quedan ruinas, los peregrinos aún van al templo de la zona, donde según la tradición apareció San Roque un mes de septiembre durante la colonia y curó las heridas de los enfermos.

Los principales beneficiados del milagro habrían sido los guaraníes, quienes desde esa oportunidad fusionaron sus rituales contra la enfermedad a su deidad, Tumpa, con la devoción por San Roque. Tarija, desde entonces, celebra cada año la fiesta del Santo Curandero, uniéndose esta fecha a las celebraciones de los otros patronos, San Bernardo y San Juan Evangelista. Sin embargo, fue San Roque quien finalmente pasó a ser el patrono preferido de la región.

Originalmente, la imagen de San Roque debería portar un traje de noble, con la capa con esclavina y un sombrero de alas. Allí llevaría las llaves —que simbolizan su peregrinaje a Roma—, la Santa Faz —que representa a Jerusalén— y conchas. Sin embargo, el investigador Elías Vacaflor Dorakis explica que en Tarija, el Peregrino vestía una túnica con capa larga con hilos de oro y plata, un sombrero alón de metal, el cuello almidonado y en la mano izquierda portaba un bastón con una olla de plata, simbolizando el depósito de las pestes, mientras que en la derecha sostenía una cadena que llegaba hasta el collar de un perro sentado a los pies del santo.

Inicialmente la fiesta de San Roque duraba sólo tres días: el primer domingo de septiembre empezaban los festejos y dos días se dedicaban a la octava. Hoy, el evento ocupa todos los domingos de septiembre, empezando con San Roque, la Octava de San Roque, San Roquito y la Octava de San Roquito, con sus fiestas paralelas. Así, cada semana se cambia la imagen del patrono por una más pequeña.

Aunque la lepra abandonó la ciudad y el antiguo hospital desapareció, la fe sigue intacta. Para demostrarlo, los chunchos representan a los enfermos de antaño, recordando la época en que estos hombres bajaban a la ciudad para pedir limosna, alimento y agua.

Los chunchos

Ceñido a la cabeza del promesante está el turbante, un tocado hecho a base de plumas dispuestas en cinco aros y teñidas de colores: encima danzan las plumas blancas y les siguen por debajo otras en rojo, verde, azul, amarillo y naranja. Se trata de un vestuario originado en la cultura guaraní, que para proteger su salud realizaba distintas danzas al son de tambores y quenillas en honor a sus divinidades.

El turbante está asegurado en la cabeza que lleva por detrás un gran pañuelo que cubre la espalda. En su parte inferior tiene un espacio en

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el que se fijan lentejuelas, cintas, bordados, espejos y diversidad de adornos. De allí cae un velo transparente que, también decorado, cubre el rostro del promesante, evocando a los enfermos que ocultaban sus rostros lacerados.

El ponchillo es una capa de raso o seda que baja de los hombros hasta la cadera, luciendo en medio encajes y bordados. El pollerín parte de la cintura y cubre las piernas del chuncho, llevando también lentejuelas y adornos. Si bien antiguamente calzaban sandalias, hoy llevan ya medias y zapatos. Y la flecha que lleva el chuncho en la mano es la que servía durante la colonia para advertir de su proximidad a la gente para que se ponga a buen recaudo.

El Encierro

“¿Por qué el santo está mostrando su pierna?”, pregunta un pequeño a su madre a mediodía en el hospital San Juan de Dios, lugar donde los promesantes iniciarían después la procesión de la tarde rumbo hacia la iglesia de San Roque.

La gente aprovechaba la pausa para disfrutar de algunos de los platillos que luchaban contra los ataques esporádicos de la llovizna. Saices, picantes de gallina, asados de cerdo, empanadas blanqueadas de lacayote y rosquetes desfilaban por la pasarela gastronómica de las calles adyacentes al templo. Los olores no confundían a los visitantes más sibaritas, que como don Gastón Uribe —que ya asiste más de 20 años a la fiesta— no consideran completo el paseo sin saborear cada manjar acompañado por aloja (chicha) de maní y refresco de pelón (durazno deshidratado).

Considerando la gran afluencia de visitantes y peregrinos que llegan desde otros departamentos y países como Argentina, el 24 de agosto de 1992 se promulgó una Ordenanza Municipal que iniciaba el trámite para la declaratoria de la Fiesta de San Roque como Patrimonio Histórico, Religioso y Cultural. Para el 8 de septiembre 1998, la Fiesta de San Roque fue declarada como Patrimonio Histórico Religioso y Cultural. Y este año, la Ley de 10 de agosto de 2005 destinó 15.000 dólares para promocionar y organizar el evento.

A las 18.00, la gente parte detrás de los chunchos. Les siguen de cerca las alféreces. Plácida Ortiz, de 65 años, es una de ellas. Hace 50 años hizo una promesa por su enfermedad, y “seguiré hasta que me muera. Cada año tengo que comprarme con el vestido con cintas y collares, pollerín y pañuelos. Igual con mi manta, acompaño en la procesión a los chunchos. Ingresé a la procesión a las 10.00 y he pedido estar sana al otro año”.

Para las 20.00, el sonido de las cañas destaca en las nutridas calles armadas de chamarras,

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ponchos, gorras y paraguas. “De tu novenario santo/ ya llegó el último día/Con que corazón me aparto/ Roque Santo Peregrino”, se escucha claro por los altoparlantes.

Mientras tanto, Marcel Antonio Aguilera Ríos empuña la caña con una visible emoción: son 11 años que la toca. “Empecé con un ánimo bárbaro. Mis abuelos eran cañeros y de ahí me entró en la mente el ritmo de la caña. Cuando mis hijos crecieron, me dediqué íntegramente a practicar los instrumentos. Para mí es una cuestión de ensayo. Inicialmente la caña no suena nada y pareciera que uno no va a aprender nunca”, explica.

Marcel está convencido que el santo no sólo le ha lecho un milagro. “Pidiendo con toda fe nos va bien en todo aspecto. Yo estoy sano, veo bien, escucho bien, como, no me duele nada y tengo trabajo”.

Vistiendo la ropa del típico chapaco —sombrero, camisa bordada, chaleco, pantalón de bayeta y faja— acompaña el canto de los devotos. “Hoy me despido llorando/ Roque Santo Peregrino/ Me voy con tu bendición/ Adiós glorioso y divino”. Ese momento, contraataca la lluvia y, como si quisiera secarle las lágrimas al cielo, la gente levanta pañuelos blancos. Con este adiós, la imagen del santo patrón retrocede hasta su templo.

A la iglesia, los chunchos ingresan llorando mientras los peregrinos tocan los pies del patrono. La concurrencia regresa a los puestos de comida. De pronto, un relámpago ilumina la noche para dejar apenas una estela. La electricidad se ha ido. Prevenida, Trinidad Subia Anachura, de 34 años, prende una vela. “Vine a vender desde las vísperas. Traje más de 100 empanadas y voy a terminarlas”, dice resuelta. Y si el viento no amedrentó a los peregrinos, menos lo hará el frío. Total, la fiesta dura todo un mes.

La historia del Santo

San Roque es un peregrino originario de Montpellier (Francia). Parte de una familia cristiana acaudalada y huérfano en su juventud, vendió sus pertenencias y donó el dinero a los necesitados. Vistió entonces una túnica y peregrinó a Italia y Tierra Santa. Predicaba el Evangelio y detenía su viaje en los lugares donde había enfermos, a quienes curaba con la oración. Al contraer la peste, se le formó una dolorosa llaga en la rodilla y, para no causar molestias, se retiró a un lugar solitario. Un perro le llevaba un pan diariamente y cuando el dueño del animal lo descubrió, curó sus heridas. Ya de regreso, fue asesinado por ser acusado de espía. Cuando su cuerpo estaba en el ataúd fue identificado por su fama de santidad y el pueblo lo veneró. Hoy es protector contra las epidemias.

 

 

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