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13 de febrero, 2006

La libertad de expresión es una construcción colectiva

(La Paz - La Razón)

El caso de los dibujos sobre el profeta Mahoma y la violencia desatada da pie al análisis. Los caricaturistas nacionales y una comunicadora coinciden en que todo tiene un límite.

El semanario satírico Charlie Hebdo, de Francia, publicó esta semana las caricaturas de Mahoma —inspiración danesa— y añadió en su portada una nueva. En ella se ve al dios musulmán tocándose la cabeza preocupado, mientras lamenta: “Qué triste ser amado por unos imbéciles”.

¿Más leña al fuego? El responsable de la publicación dice que la edición es una forma de solidaridad con los caricaturistas y los medios que han sido condenados sólo por expresar sus ideas.

Otros periodistas, como los editores del diario español ABC —que también publicó los trabajos—, han tomado la oportunidad para señalar las

“profundas diferencias entre el mundo musulmán y el ‘occidental’”. A la pregunta de la periodista de Radio Francia Internacional de si es necesario enfatizar en esas diferencias, la respuesta ha sido que no se sabía si es necesario o no, pero que “no vamos a rechazar caricaturas si alguien quiere publicarlas”.

Para Trond, caricaturista de La Razón y El Nuevo Día (Bolivia) “la situación es penosa”. Por un lado, “es triste que los musulmanes sean tan fanáticos y no acepten ni un poco de humor”; pero por el otro lado, “es igual de triste que la prensa europea —y algunos caricaturistas— no tenga límites y se permita ridiculizar cualquier cosa”.

Otro colega nacional, Juan Alfaro, más conocido como Juancho, dice que todo es caricaturizable, pero por ello mismo “hay que tener mucho cuidado”. Él “no habría aceptado dibujar a Mahoma —como sí se ha hecho con Cristo— porque sabemos de las restricciones para representarlo que existe entre los musulmanes”. El código de ética de la profesión exige también respeto a las culturas, dice. “Y una cosa es hacer humor y otra ridiculizar”.

Trond, retomando el curso de su reflexión, añade: “Por supuesto que, por un lado, yo quisiera tener la libertad de caricaturistas como el de The Guardian, cuyos trabajos sobre el Primer Ministro británico son impresionantes; pero yo sé que aquí tengo que autolimitarme un poco”.

¿Cómo fijar esos límites?

Trond explica que éstos surgen del flujo entre editores y artista, sin necesidad de que se tengan que mencionar. “En general tengo libertad para trabajar, pocas veces han rechazado mis dibujos y, cuando así ocurre, me fijo por qué y me doy idea de cuáles son esos límites”.

Juancho indica que siempre habló claro con los directores y editores, para rayar la cancha. Claro que esta se fue achicando por presiones en sentido de a quién se debería criticar y a quién no. “Por eso dejé un trabajo en el que había estado ocho años y que un día cambió de línea”.

Pero, ¿qué principio seguir más allá de las limitaciones externas? “No ser ofensivo y, al tratar un tema polémico, no verlo desde un solo punto de vista”, afirma Trond. Un ejemplo es el dibujo publicado el 7 de febrero, sobre Mahoma y sus dibujantes (reproducido en esta página).

Igual piensa Juancho. “Estoy consciente de que yo no informo, sino que opino; pero no por ello dejo de hacer un diagnóstico lo más amplio posible del tema o de la persona que voy a dibujar. No puedo olvidar que hago un trabajo periodístico, de todas maneras, preguntándome por qué elegir un tema y para qué”.

Una tercera voz local que se suma al análisis corresponde a la comunicadora Claudia Benavente. “Intolerancia” es la palabra que ella pone en el tapete al referirse a las caricaturas de Mahoma. Intolerancia “producto de la ignorancia o de una actitud premeditada, no sabemos, sobre la creencia del otro”.

Pero, plantea Benavente, el caso permite considerar otro tema importante y que generalmente se tiende a ignorar: el enorme poder de la imagen y la presencia de los medios con todo el imaginario o representaciones de la realidad que implican.

La caricatura es una imagen fija. Puede hacerte reír en un primer momento y luego hacerte pensar, hacer que “te des cuenta” de aspectos de la realidad que probablemente con un texto no se alcanzaría de forma tan directa.

Esa imagen requiere, en su lectura, de ciertas herramientas interpretativas que dependen absolutamente del lector. “Así, en un mismo trabajo se encontrarán diversos niveles según lo observe un niño o un ingeniero o un artista plástico, un boliviano, un europeo o un árabe”.

A partir de esto que en teoría se conoce como denotación (la forma material) y connotación (los significados) se puede hablar de los límites. “La libertad de expresión que se piensa omnipresente, que puede rebasar extremos implica olvidar la libertad del otro”.

La comunicadora considera que tal libertad de expresión —o de prensa, de opinión— “no es abstracta; es una construcción colectiva, un acuerdo en función de un contexto y una cultura”.

En otros países hay opiniones similares. Por ejemplo, el escritor mexicano Sergio Pitol dijo en Madrid que considera algo “muy irreverente y muy agresivo” las caricaturas del profeta musulmán. El autor, Premio Cervantes 2005, comentó que “hacer mofa de una figura religiosa importante es irreverente y agresivo. No creo que los árabes hayan hecho lo mismo con Cristo”.

Mientras tanto, las obras danesas —una de los cuales muestra a otros dioses diciéndole a Mahoma que no se enoje, pues todos ya han sido dibujados— han causado ya seis muertos, miedo en países europeos por amenazas de bombas, boicots económicos y más distancias de las ya existentes.



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