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23 de marzo, 2006
 
La historia de la invasión chilena y el coraje boliviano




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(La Razón) La codicia ajena y propia por el guano y el salitre concibió una estrategia militar de hegemonía marítima y ocupación territorial de Chile que sorprendió a Bolivia y Perú, sumidas en sendas crisis económicas y en sordas luchas intestinas por el poder.

LA PATRIA ABOFETEADA. Empieza a clarear el viernes. Las olas de un mar sereno de pleno verano besan las playas blancas de Antofagasta. A una playa cercana al puerto llegan los pescadores con una buena cosecha de congrio. Al descargar las redes, los pescadores divisan en lontananza la silueta de dos navíos, pero siguen su labor antes de que despunte el día. Por lo demás, a la bahía de Antofagasta suelen llegar navíos de toda laya y, desde enero, permanece anclado el acorazado de bandera chilena “Blanco Encalada”.

Los primeros rayos del sol iluminaron los vetustos edificios públicos, casi en ruinas a pesar de los modestos arreglos que se hicieron tras el maremoto de mayo de 1877.

El prefecto Severino Zapata apuraba el desayuno. Día 14, es el día fijado para el remate de los bienes de la “Compañía de Salitre y FFCC de Antofagasta”, que se negó a pagar una y otra vez un tributo destinado a la reconstrucción de los edificios públicos de Antofagasta.

Las salvas de artillería, que provenían de la bahía, espantaron a gaviotas y palomas y despertaron a la población. Eran casi las siete de la mañana y pronto se supo que el “Blanco Encalada” saludaba con siete cañonazos a su gemelo el barco blindado de guerra “Lord Cochrane”, de 3.650 toneladas, y a la corbeta “O\\\\'Higgins”, que se acercaban lentamente al puerto.

Zapata convocó rápidamente a la gendarmería en la Prefectura, y los curiosos iban agolpándose en el puerto para ver de cerca a los pasajeros que se aproximaban en un bote que descendió del acorazado.

Ya en el puerto, el visitante, el capitán chileno José Borgoño, abriéndose paso entre sus compatriotas —que conformaban la mayoría de la población— preguntaba a modo de saludo: “El cónsul de Chile, el cónsul de Chile mis amigos, dónde está”.

Ahí estaba, entre los curiosos. “Yo, soy yo, Nicolás Zenteno”. Se saludaron. “Vengo en calidad de parlamentario ante las autoridades bolivianas. Quiere guiarme?”.

En la Prefectura esperaba el coronel Zapata, a quien Borgoño entregó el mensaje. Chile consideraba que Bolivia había violado el Tratado de Paz y Amistad de 1874 y ordenaba “tomar posesión del territorio comprendido hasta el grado 23” a sus fuerzas militares. “A fin de evitar todo accidente desgraciado —dijo Borgoño—, espero que tome las medidas para una posesión pacífica”.

Zapata, al mando de 60 gendarmes con fusiles de baqueta, apenas podía contar con el apoyo de los 500, o poco más, ciudadanos bolivianos afincados en Antofagasta. En realidad, no podía humanamente contrarrestar la acción que comandaba el general chileno Emilio Sotomayor.

“No hay fuerzas con qué poder contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consuma la invasión”, respondió la autoridad boliviana.

Iban a dar las ocho y media de la mañana, cuando desembarcaron en el puerto unos 200 soldados, que llegaron en el acorazado. En medio de la algarabía de sus compatriotas tomaron la calle Bolívar hasta la Washington y hasta la plaza de armas Colón. “Más de tres mil rotos de poncho, encabezados por otros de levita, se amotinaron y, entre la algazara más espantosa se dirigieron a la Prefectura. Allí arrancaron el escudo boliviano y lo rompieron para izar después el pabellón chileno y tomaron el cuartel”, escribía un cronista de El Comercio el día 15.

Fueron dos largos días de burlas y humillaciones para los bolivianos, de quienes se sentían dueños de casa, hasta que llegó el “Amazonas”, un vapor de pasajeros obligado a cambiar su pabellón por una bandera chilena. En fila, asediados por los emigrantes chilenos, esperaban abordar la nave. En los registros del muelle y las mismas turbas les despojaban lo poco que alcanzaron a recoger de sus bienes. En medio, iba Genoveva Ríos, la hija de 14 años del comisario de la Policía Marítima, que salvó la bandera del agravio enfurecido y la escondió en su cuerpo para subir al “Amazonas”.

El vapor se alejaba del muelle, con su clásica bocina del adiós, que sonaba amarga y triste a los desolados bolivianos que lo perdieron todo. Hasta el suelo patrio.

En Antofagasta se organizaba la autoridad chilena y en sus calles circulaba de mano en mano la proclama del prefecto Zapata, impresa clandestinamente por El Litoral, periódico antofagastino.

“Hoy se ha realizado un atentado incalificable, un escándalo que jamás se presentará en pueblos civilizados. Sin fuerzas para combatir a los invasores que, alentados por nuestra debilidad, hacen gala de entereza usurpando derechos, hollando la dignidad de los bolivianos, aherrojando a las autoridades, consumando en fin, un hecho que no necesita definirse para ser conocido en toda su monstruosa deformidad e injusticia”, expresaba en párrafo sobresaliente la proclama que terminaba convocando a los bolivianos: “La primera autoridad, a nombre de la Patria abofeteada, os llama a que os reunáis en torno del desgarrado pabellón de Bolivia, para repetir nuestra protesta, único camino que nos deja la suerte”.

Día domingo, 16. El sol se ponía pintando de rojo el cielo en el verano, mientras se confundía en la línea del horizonte la silueta del “Amazonas”, y las olas volvían una y otra vez a besar las playas blancas cercanas al puerto de Antofagasta.

UN OASIS ENSANGRENTADO. Los alfalfares que rodeaban Calama se mecían con la brisa y las aguas del río Loa jugueteaban entre las piedras, intentando canciones y alegres rumores, muy ajenos a la creciente tensión de la población.

En realidad, desde la última semana de febrero la tranquilidad de la acogedora Calama —un punto estratégico para los viajeros entre la costa y el altiplano, el sur de Perú y el norte de Argentina— se iba perdiendo por las noticias que llegaban de la ocupación de Antofagasta y varias otras pequeñas poblaciones en las que vivían muy pocos bolivianos y muchos chilenos.

A diario arribaban grupos de ciudadanos y de gendarmes con la idea de agruparse y buscar formas para hacer frente al invasor. El subprefecto Fidel Lara y el forense, abogado, periodista y profesor Ladislao Cabrera reunían armamento y llamaban a bravos dispuestos al sacrificio.

Temprano en la mañana del 16 llegó un mensajero del Ejército chileno, que ya se encontraba en Caracoles, para demandar a las autoridades la rendición de Calama.

Sereno, pero firme, Cabrera contestó al mensajero: “Defenderemos hasta el último trance la integridad del territorio boliviano” y en su proclama afirmó: “Que sepa Chile que los bolivianos no preguntan cuántos son sus enemigos para aceptar el combate”.

La vigilia de los pobladores del oasis que era Calama duró una semana. Siete días que se hicieron cortos para el grupo que preparaba su defensa, con fosas aquí y allá, parapetos. Muy a su pesar destruyeron los puentes de acceso al poblado para impedir el paso de los invasores, pero dejaron listas unas tablas para unir nuevamente las orillas en caso de necesidad.

Amanecía el día 23. El sol bañaba los alfalfares y apenas se oía el ruido de la brisa sobre el trino de las aves. Los cascos de caballos rompieron el silencio y, a lo lejos, la polvareda indicaba que el Ejército chileno se acercaba a Calama. Eran 544 combatientes y llevaban dos piezas de artillería de montaña y una ametralladora.

Todo trascendía paz. La tropa chilena de los Cazadores avanzaba confiada. Probablemente iba a ser otra ocupación incruenta, sin mayor resistencia. Tal vez, como en Antofagasta, sus compatriotas podrían recibirles como salvadores.

Cuando estaban a tiro “fueron recibidos con descargas de fusilería de los bolivianos parapetados en la orilla opuesta del Loa. Se encabritaron los caballos, hubo confusión entre los jinetes y se volvió un precipitado repliegue”, relató el cronista chileno Félix Navarra. “Los bolivianos envalentonados con esta retirada, con un valor digno de ser reconocido —añadía— abandonaron sus parapetos y persiguieron a los Cazadores”.

Los valientes eran Eduardo Abaroa, el mayor Juan Patiño, el oficial Vargas y ocho rifleros que defendían el puente Topáter, y que prestos colocaron las tablas para cruzar el río y correr tras los invasores.

Más allá, camino a Cobija, cerca al puente Carvajal, unos cuarenta soldados chilenos lograron atravesar el río y entablaron un duro combate con 24 civiles bolivianos que se instalaron en el ingenio de minerales de Artola. Parecía que iban también a replegarse. Pero pronto llegaron refuerzos. Calama fue ocupada por la retaguardia sin mayor oposición, mientras los guerreros continuaban batiendo al enemigo. Cabrera se dio cuenta de que ya no podían más y ordenó la retirada de sus hombres en dirección a Chiuchiu, Canchas Blancas y Potosí, hacia el norte.

El toque de retirada hirió los oídos, el corazón y el alma de Abaroa, que ayudado por el peón que le acompañaba, seguía combatiendo en solitario contra los chilenos. El toque de retirada no era para él. Despidió a su peón con encargos para su mujer y sus cinco hijos. Se quedó en la zanja, malherido, sucio, pero dispuesto a impedir con su vida el paso del chileno. Tenía aún cargado su Winchester y las armas de los caídos, con las que no dejó de disparar hasta la agonía. Había logrado la caída de muchos chilenos, pero continuó el combate. Abatido por las balas enemigas, Abaroa quedó tendido. Cuando los enemigos se acercaron, se dieron cuenta de que combatían en contra.

El polvo cubría los alfalfares y las aguas del río Loa, teñidas de sangre, golpeaban enloquecidas contra las piedras y se perdían por el desierto hasta el mar.

EL CABALLERO DEL PACÍFICO. Era mediados de otoño, mediados de mayo, cuando el grueso de la Armada chilena buscaba en la inmensidad azul del Pacífico a su rival, peruana que, no mucho tiempo antes, paseaba su supremacía sobre Chile.

En su viaje al norte, el mando naval chileno dejó a la altura de Iquique las corbetas de madera “Esmeralda” y “Covadonga”, con reducida artillería pero veloces.

Los blindados peruanos “Huáscar” e “Independencia” se dirigían al sur en misión de patrullaje, y pronto llegaron a Iquique, donde divisaron a las corbetas chilenas, que supusieron serían una presa fácil.

El capitán Miguel Grau, al mando del “Huáscar”, se hizo cargo del “Esmeralda” y ordenó fuego en su contra, pero la veloz corbeta podía esquivar los cañonazos que, por otro lado, iban sin puntería debido a que los hombres no recibieron entrenamiento previo y, a pesar de los esfuerzos y las cortas distancias, no podían dar en el blanco.

Similar situación confrontaba el peruano “Independencia” que perseguía a la viejísima “Covadonga”, una corbeta capturada a los españoles en 1866, que no pudo ser alcanzada por los disparos del blindado. Tampoco los hombres del “Independencia” recibieron instrucción previa.

Las horas pasaban en un prolongado juego del gato y el ratón. Grau ordenó entonces embestir al “Esmeralda”, que rápidamente sucumbió. El capitán chileno Arturo Pratt valerosamente abordó al asalto al acorazado pero fue abatido por la metralla de los peruanos, mientras los demás combatientes del hundido “Esmeralda” trataban de mantenerse a flote en el agua.

Grau, en gesto de leal caballerosidad, recogió a los náufragos y los llevó al puerto de Iquique, en medio de los vítores de los propios vencidos como expresión de agradecimiento por respetar su vida.

Entretanto, el juego del gato y el ratón entre el “Independencia” y la corbeta “Covadonga” tuvo otro final. De poco calado, la corbeta se acercó a la orilla y el acorazado encalló y empezó a hundirse. Los inermes marineros peruanos trataban de mantenerse a flote, pero desde la corbeta los acribillaron en el agua sin dejar a uno vivo. Cuando Grau se percató de la situación, era ya muy tarde e irremediable.

A partir de entonces, el “Huáscar” y su comandante Miguel Grau se convirtieron en la pesadilla de los chilenos. Durante cuatro largos meses asoló puertos chilenos, bombardeando de sorpresa ciudades portuarias, echando a pique buques y goletas como “Clorinda”, o apoderándose de lanchas como “Rímac”, que llevaba pertrechos y 250 jinetes de refuerzo.

En Bolivia y Perú, la figura de Grau crecía y sus acciones pronto se convertían en leyendas con aura romántica.

El mando chileno no podía tolerar por más tiempo esa situación. Decidió ponerle una trampa en Punta Angamos, frente a la península boliviana de Mejillones.

Era el ocho de octubre. El “Huáscar” y la corbeta “Unión” discurrían por las aguas en tarea de patrullaje con dirección a Antofagasta. Cerca al timonel, Grau miraba el horizonte y, a lo lejos, divisó a tres buques chilenos: el “Blanco Encalada”, el “Matías” y la corbeta “Covadonga”. Ordenó la marcha a toda máquina para escapar de las naves que se acercaban. Y de pronto, casi frente a ellos aparecieron otros tres, el acorazado “Lord Cochrane”, el “O\\\\'Higgins” y “Chacabuco”.

La “Unión”, una corbeta de 1.150 toneladas, pudo escabullirse. El objetivo era la nave de Grau. Los acorazados chilenos enfilaron sus cañones sobre el “Huáscar”, un monitor de 1.100 toneladas, cuya proa voló en mil pedazos, junto con Grau y varios tripulantes. Los sobrevivientes intentaron hundir su nave para que no caiga en manos enemigas, pero los atacantes impidieron esa operación y, finalmente, pudieron arrastrar al “Huáscar” como uno de los más caros trofeos de guerra hasta Valparaíso.

Corría el mes de octubre, era plena primavera. Perú había perdido su poderío naval. Sin enemigos en el mar, Chile podía seguir la conquista, ahora también por tierra, siempre hacia el norte.

UNA TOMA BAJO OJOS PATERNALES. Faltaba poco para acabar el año, uno fatídico y prolongado para la alianza Perú-Boliviana. El sol del 2 de noviembre despuntaba sobre Pisagua, puerto salitrero de un pequeño poblado peruano entre la playa y los acantilados.

Los primeros rayos iluminaron también las siluetas de una quincena de barcos frente a Pisagua y, más atrás, casi en el horizonte, otros cuatro buques de guerra.

Eran el “Pelican”, “Thetis”, “Shannon” y “Turquoise” de Gran Bretaña y el “Hugon” de Francia, cuya tripulación iba a ser testigo de un desigual combate, y cuyo mando observaba paternalmente las acciones bélicas chilenas destinadas a consolidar el patrimonio de las riquezas de salitre, guano y otros minerales que ambas potencias juzgaban importantes detentar. Temprano en la mañana, los diez mil hombres estaban listos para desembarcar en 44 lanchas, diseñada para el efecto.

En tierra, los peruanos trataban afanosamente de apuntalar el emplazamiento de un cañón en la parte norte de Pisagua. Eran las dos únicas grandes defensas de los aliados. El mismo comandante del Ejército Aliado del Sur, el general peruano Juan Buendía, había llegado para una inspección.

De los 1.125 hombres, 900 eran bolivianos, y todos conformaban los batallones Independencia, Primera Compañía del Victoria y los Nacionales de Pisagua.

Con la respiración contenida, los soldados aliados esperaban con el agua a la cintura a los enemigos. El silencio se hizo trizas con el ensordecedor ruido de los cañones que disparaban desde los barcos de guerra para cubrir el desembarco e intentar llegar a la playa por oleadas.

El cañón aliado emplazado al norte se estrenó con un solo disparo, tras lo cual quedó inutilizado; la otra pieza, emplazada al sur, disparó algo más pero pronto estaba fuera de combate por la artillería chilena.

Las balas de los aliados hundieron varias lanchas con sus tripulantes, hasta que el mando chileno dispuso desembarcar en playas aledañas y atacar por los flancos. Los refuerzos de los aliados, que bajaron rápidamente desde los acantilados, sirvieron de poco. Un cañonazo en los depósitos de salitre causó un incendio y una humareda tan fuerte que los defensores comenzaron a replegarse por la línea férrea.

El telégrafo de Pisagua dio cuenta de las acciones. Muchos kilómetros más al norte, otras tropas aliadas pudieron saber del combate en Pisagua entre el batallón “Independencia” y la escuadra chilena.

A la par que recibía el mensaje, el telegrafista gritaba: “seis lanchas a pique... batería derecha, desmontada... se quema carbón de piedra, salitre... arde puerto... dos compañías de Granier bajan... bolivianos a bayoneta... desembarcan chilenos... bolivianos en retirada, dos cornetas en media cuesta tocan ataque...” y no se oyó nada más.

Eran las dos y media de la tarde cuando las diezmadas tropas aliadas empezaron a subir la cuesta de los acantilados, la cuesta del Hospicio. De los 427 combatientes del “Independencia”, apenas quedaban 44 y, del total de defensores, 941 murieron o fueron hechos prisioneros.

Los 157 aliados sobrevivientes se alejaban de prisa de Pisagua, reducido a cenizas. Detrás quedaba en el suelo un reguero de cuerpos, y en el cielo, una enorme nube negra. En el horizonte marino se distinguía aún la silueta de aquellos barcos, cuyos mandos no habrán podido ocultar su contento ante el éxito de la operación.

DESENTENDIMIENTO. La dureza del suelo, que hería los pies descalzos de muchos soldados, el agobiante calor de noviembre en el desierto, la sed, el hambre y la pena en el corazón por la derrota hicieron difícil la retirada hacia Dolores, pero fue aún más dificultosa por las marchas y contramarchas que se hicieron por desconocer el terreno de la zona.

El general Buendía y sus tropas pasaron por Agua Santa, cuyos depósitos de agua había mandado a destruir anteriormente, y empezaron la penosa travesía sobre las calicheras, como así se llamaban los suelos duros de salitre con aristas como cuchillos que destrozaban los zapatos y los pies de los soldados, mientras que ese mismo día, muchos kilómetros más arriba, el general Hilarión Daza, con tropas hambrientas y sin provisiones ni animales, retomaba el largo camino de vuelta.

Finalmente, el 19 de noviembre, las tropas aliadas llegaron a una planicie a los pies del cerro San Francisco, cerca a los pozos de agua de Dolores. Los aliados, que habían reunido a 4.000 bolivianos y 5.000 peruanos, podían distinguir los uniformes azul y rojo de sus enemigos, instalados ya en la cima del cerro. Eran aproximadamente 4.500 hombres. Sus refuerzos, otros 1.500, venían de los territorios ocupados por Chile y otro tanto con más pertrechos se acercaba en el tren que los aliados abandonaron sin destruirlo. Eran unos 7.500 hombres.

Entre algunos aliados empezó a cundir el desasosiego por las rencillas de los mandos superiores, además ahora estaban dando todo el tiempo del mundo a los enemigos y parecía que habían dispuesto acampar en el entendido de que era mejor combatir al día siguiente para conseguir una victoria.

A algún nervioso boliviano que manipulaba el arma se le escapó un disparo fortuito. Pronto, el estampido fue confundido con un cañonazo chileno que desató las ansias de combate. Los aliados comenzaron a subir las laderas del cerro, sin poder oír por el estrépito las órdenes en contra.

Tomaron la vanguardia los batallones Illimani y Dalence de Bolivia, Zepita y Ayacucho de Perú. Trepaban con agilidad y raudos llegaron a la cima ante la sorpresa de sus enemigos. Desalojaron a los artilleros chilenos de los cañones y se trenzaron en una lucha cuerpo a cuerpo.

Mientras tanto, un enjuto y pequeño hombrecito orureño se montó sobre un cañón alemán Krupp de los chilenos. Y, a iniciativa propia, sus poderosos pulmones difundieron las notas que llamaban a asalto. Era el corneta Mariano Mamani, músico de profesión. El Olañeta boliviano se suma al ataque junto con otras unidades. Los comandantes del Illimani, coronel Pachacha González, y el del Zepita, Ladislao Espinar, protagonizaron heroicos actos.

Pronto, la reacción chilena no se hizo esperar y desplegó todo el fuego de artillería posible. Los flamantes cañones Krupp, con un alcance de 4.000 metros, sembraron el desorden y después el caos.

El general Buendía avanzaba hacia el norte para controlar los pozos de Dolores, pero detuvo la marcha cerca a la línea del ferrocarril, por donde pasaba el tren con tropas chilenas. Ya no pudo reunirse con su segundo, el coronel peruano Belisario Suárez, que marchaba por el ala izquierda para desbordar las alturas del Oeste y caer sobre los enemigos por la retaguardia. Lentas y desorganizadas, sus tropas se encontraron bajo fuego combinado de la fusilería y los cañones chilenos. Las tropas aliadas en la planicie comenzaron a retroceder. Viendo ello, quienes estaban en las laderas comenzaron a bajar veloces. La caballería peruana retrocedió también. Los aliados que esperaban en la retaguardia confundieron el repliegue con un ataque enemigo y, en medio de la polvareda, comenzaron a disparar contra sus propios camaradas, sin saberlo.

Sin paladear victoria, bajo el agobiante calor, con hambre y sed, los aliados retomaron la marcha.

En San Francisco quedaron solos los chilenos, con una nueva e impensada victoria. Tardaron varias horas en reaccionar y salir en busca de sus enemigos. Para entonces, los aliados al mando del general Buendía estaban próximos a Tarapacá, 130 kilómetros de Pisagua.

LOS DUELOS A MUERTE. Buendía estaba seguro de ir al Norte, pero la vanguardia erró otra vez el camino yendo al suroeste... Al amanecer del 22 llegaron a Tarapacá, un pueblito de un millar de habitantes, con casitas de barro, enclavadas en una fértil quebrada bordeada por un río.

Con el polvo de las planicies de San Francisco aún en la boca, Tarapacá era un paraíso para los aliados. Agotados, sedientos y hambrientos, todos se dieron a la tarea de recuperar fuerzas y estaban tan empeñados en ese afán que, hasta al comandante Buendía y a su Estado Mayor se les olvidó organizar patrullas y designar centinelas en el lugar a fin de alertar la presencia enemiga. El coronel Suárez envió a dos divisiones hasta Pachica, poblado al noreste de Tarapacá, a fin de obtener allá provisiones.

También envió a un estafeta para pedir socorro a la quinta división peruana, que resguardaba el puerto de Iquique, el más importante de Perú en esa zona, donde permanecían prisioneros los marineros de la corbeta chilena “Esmeralda”. La división peruana del coronel Ríos partió inmediatamente, pero dejó sin protección al puerto, tomado inmediatamente por los prisioneros insurrectos y apoyados por su Ejército que, así, sin resistencia, ocupó Iquique.

Mientras las tropas aliadas descansaban, desde San Francisco partió el regimiento Granaderos de Chile con 450 jinetes. Al lugar llegó un nuevo refuerzo de 3.250 hombres del Segundo de Línea que no había desembarcado en Pisagua, además de ocho cañones Krupp.

La caballería chilena se encontraba en las proximidades de Tarapacá el día 25. También se acercaba el coronel Ríos al mando del batallón “Loa”, tropas que si bien eran del Ejército peruano estaban conformadas por bolivianos afincados en las salitreras del sur de ese país. En el pueblo y sus alrededores estaban prestos 2.702 soldados, mientras que con los refuerzos que se aproximaban el total era de 4.398 hombres.

Para los cronistas y los historiadores de la época, la batalla de Tarapacá no fue precisamente un combate sino una serie de duelos a muerte. En realidad fue un verdadero choque militar, con una estrategia que permitió derrotar al enemigo, el día 27.

El coronel Suárez, montado en caballo blanco, guió a sus tropas ascendiendo por las laderas de las quebradas, en cuya cresta se había instalado el enemigo. La lluvia de balas no impidió que las tropas alcanzaran la cima y los antagonistas, con bayoneta calada, se trenzaran en una lucha letal.

Los cañones Krupp de la ladera oeste, que tantas bajas habían causado a los aliados, fueron dirigidos ahora contra las tropas chilenas que empezaron su retirada desordenada, dejando sus armas en el camino. El coronel chileno Eleuterio Ramírez, que comandó la ocupación de Calama, intentó reagrupar a sus hombres, pero los soldados del “Loa” arrasaron la tropa. Pronto, los Granaderos chilenos iban a derrotarlos, pero apareció el batallón Iquique, que puso en fuga al enemigo.

El balance en el bando chileno fue de 500 muertos y 300 heridos. Perdió temporalmente sus pertrechos bélicos, pues a falta de bestias de transporte, el mando dispuso enterrarlos o precipitarlos desde las alturas. Entre los aliados, 236 murieron y 261 quedaron heridos.

Esta fue la única victoria militar de los aliados; pero tras una lucha sin precedentes dejaron Tarapacá en manos enemigas. El general Buendía decidió seguir su marcha a Arica, adonde llegaron 21 días después.

Entre marzo y mayo, los chilenos siguieron avanzando, ocupando territorio peruano, acercándose a Tacna.

UN CORAJE DESANGRADO. Era otra planicie, que pasó a la historia como el Campo la Alianza, una planicie entre la Quebrada Honda y el cerro Inti Orcko.

El alba del 26 permitió divisar una larga hilera azul y roja, que ordenadamente se iba acercando. Eran los 19.640 chilenos, bien armados y, esta vez, con 70 cañones Krupp, dispuestos a seguir su avance hasta Lima.

En la planicie, al mando del general boliviano Narciso Campero esperaban otros 11.663 hombres, mal dormidos y cansados por una larga caminata en una frustrada operación de emboscada la noche anterior.

Y, a un costado, casi como en un pequeño palco, en carruajes y carromatos se encontraba de espectadora parte de la sociedad tacneña. Bien acomodados, esperaban ver el choque militar, pero los chilenos no entendieron el motivo y les dispararon.

“En la mañana del 26 al toque de generala, estuvo formado el Regimiento Murillo, sin que faltasen ni los enfermos que se hallaban en el hospital de Tacna y que se incorporaron esa mañana” y tras recibir la orden de entrar en combate “entonces fue que la juventud de La Paz se puso a la altura de su heroico nombre, acometiendo con tal brío que las guerrillas que nos hacían frente tuvieron que replegarse precipitadamente a sus reservas, las que en número considerable desplegaron en batalla, en formación y apoyadas por ametralladoras”.

Este informe al Estado Mayor del Ejército, dirigido por Diego Iriondo, segundo en el Murillo, agregaba que, luego notó “la dispersión del Ejército. Comprendí que estábamos en plena derrota y no quise sacrificar más a tan valiente juventud”.

“El cañoneo ya se había roto de una y otra parte y las bombas no habían causado ningún mal. Así seguimos cuando en nuestro costado izquierdo, y derecho del enemigo, se rompió fuego de fusilería cuyas detonaciones se asemejaban a una tempestad que, por momentos, aumentaba, ganando terreno el enemigo”, señalaba en otro informe J. de Villegas, primer jefe del Batallón Chorolque No. 8.

Eran las dos y media de la tarde y las bajas sumaban 2.000, y el campo se veía regado de cadáveres y heridos. Comenzó el repliegue aliado lentamente, dolorosamente hasta Tacna. La ciudad, cuartel obligado del mando boliviano por muchos meses, era inhóspita para los bolivianos que, tras el Campo de la Alianza, fueron recriminados y culpados por la derrota sin importar que hubiesen dejado tanta sangre y tanto coraje en tierra peruana.

Encontrará ciudadanos desarmados, pero dispuestos al martirio y al sacrificio.

Que sepa Chile que los bolivianos no preguntan cuántos son sus enemigos para aceptar el combate.

En San Francisco el enemigo quedó solo tras el repliegue aliado, con una impensada victoria.

Las detonaciones se asemejaban a una tempestad que aumentaba, ganando terreno el enemigo.

Bibliografía y material gráfico:
General Luis Fernando Sánchez; archivo de Gastón Velasco, obras de Roberto Querejazu, Valentín Abecia y María Luisa Kent.
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