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10 de abril, 2006

Arte contemporáneo hecho en Bolivia, logros y malogros

(La Razón)

MIGUEL VARGAS S., periodista

El intimismo fue el hilo conductor de las más recientes muestras de arte contemporáneo promovidas por el Tambo Quirquincho. La primera es Mar adentro, exposición colectiva bajo la batuta de curadora de Magenta Murillo, y la segunda es la performance Retro Moda, de Alejandra Delgado, ganadora del premio Arte Joven del Siart 2005.

Cada artista es un mundo en sí mismo, con sus propios conceptos, preocupaciones y fijaciones; cada creador maneja un abanico de temas que le urge abordar. El reto es enfatizar en este aspecto de manera que interese al resto de los mortales.

Mar adentro es un intento de sublimar el tema marítimo —tópico sensible para un boliviano— y convertirlo en introspección.

En esta línea, el grupo Kaos presentó una obra estética, efectista y sin mayores pretensiones, lo que le hizo destacarse del conjunto de expositores. Una sala oscura a la que se ingresa a través de una especie de vagina para llegar a una tina con un corazón de vaca burbujeante, cumple su cometido de proponerle sensaciones al espectador.

La obra de Magenta Murillo, mucho más ambiciosa, no logra ese cometido, pues el cascajo de río que se debe tomar por arena queda desierto y frío, con las fotos de Murillo nadando literalmente en el vacío.

Sin embargo, la principal limitación de la artista está en su labor como novel curadora. Los convocados —no todos artistas con ejercicio— sino, parece, amigos a los que se ha pedido ´haremos algo sobre el mar´, crean un conjunto pálido. La sensación que se tiene al final es de haber retrocedido en materia de propuestas contemporáneas, algo que no tiene excusa cuando en el país ya ha habido propuestas bien logradas y cuando se tiene la internet para mirar lo que está pasando en el mundo. Desinformación es el gran pecado.

Pero vayamos por partes. La exposición se suponía dirigida a obras no convencionales, a nuevas visiones del mar y a gente que explora en la imagen. El despiste surge en dos enormes salas llenas de acrílicos en pequeño y mediano formato, arenas de playa en frascos y la pantomima de dar material a la gente para que ´pinte el mar que quiere para Bolivia´. Es posible que el artista colombiano Mauricio Mayorga haya coincidido con el tema, pero el trabajo de un curador es asegurar la fidelidad al proyecto.

Las otras ideas no eran malas; el problema está en creer que una buena idea justifica una obra. Por ejemplo, el video de Alejandra Dorado, en él, ella acuchilla un corazón para luego coserlo y parcharlo con caracoles, habla de alguien con propuesta, con formación. Sin embargo, la faltó control sobre el video mismo —los hilos que se le escapan, la dubitación, la errónea posición ante la cámara, sobre todo al final—, lo que le resta pulcritud a su trabajo, de todas maneras distante del resto del conjunto y que se deja seguir hasta el final.

Más pulcro en la factura es Galo Coca, pero tampoco sirve si no se concreta su intención. En la instalación de video y fotos, Coca delimita con cinta adhesiva los espacios para el público, buscando una distancia entre espectadores, video, las fotos y el muro con palimpsestos, como quien protege su intimidad. Pero esto hay que adivinarlo, pues los espectadores ignoran la cinta en el piso y se acercan lo más posible a la pantalla y a los muros; la obra simplemente se cae. También hace falta entender lo que es un video arte. Lo que Coca hace en verdad es un folleto televisivo sobre lo que significa su obra, matizada con cortes y flashes que lo muestran un instante desnudo y otro con ropa: puro efectismo.

Sergio Vega, diseñador, monta un videoclip para mostrar su lado ´oscuro´. La música de Rabeat dirige el registro de su propia borrachera. Un ejercicio primerizo que agobia y en el que las carcajadas finales no son más que un lugar común.

Por otro lado está la performance Retro Moda, realizada en las instalaciones de la ex fábrica Forno. Tesis de Alejandra Delgado, la obra consiste en un desfile en el que la artista exhibe y pone a la venta ropa que utilizó en alguna etapa de su vida.

La venta de ropa usada — no cualquiera, sino la de la artista— implica una transferencia no sólo de la prenda sino de las vivencias y sueños depositados en un vestido que no se resigna al recuerdo, sino que, encapsulado en un empaque plástico y con la etiqueta AD, ingresa en el estrato de la recreación y el desprendimiento, de la toma de conciencia de la artista sobre la venta de su ropa y de sus significados.

La adecuada selección del lugar para la performance —una industria textil que cerró a causa del apogeo de la venta de ropa usada— y los textos leídos durante el desfile se complementan con el diseño de las bolsas de empaque, las etiquetas, las fotografías en que se descabeza premeditadamente a la modelo y las postales: todo es un cuerpo coherente, pensado. Sólo queda esperar que alguien compre alguna de las piezas, pues si esto no sucede, la obra no habrá logrado el objetivo de trascendencia de la artista, quedando inconclusa.



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