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1/11/2002

Una Venecia virgen oculta Pando

(Revista ESCAPE)


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Selvas vírgenes que todavía no han sido holladas por el hombre, ríos donde es posible navegar sin ver rastro de civilización y arroyos que parecen un acuario. Así es Pando, un paraíso natural.

El río Abuná se abre paso por la selva arrastrando lentamente sus aguas color arcilla. A ratos el cauce se hace ancho hasta alcanzar unos 300 metros y, a momentos, se encajona formando cachuelas.

Cual si fuera una serpiente de agua cruza en diagonal marcando la frontera con Brasil en el noreste de Pando y en su recorrido se junta con otros tributarios del Madera.
El pequeño bote a motor, de unos cuatro metros de largo por uno de ancho, se desliza rápidamente ayudado por la corriente con cuatro pasajeros a bordo, uno de ellos es Bernardo Peredo, experto ambiental y fotógrafo de oficio.

En un recodo, la selva se abre a una amplia orilla de donde emerge una corriente de aguas cristalinas que salen del bosque hiriendo al Abuná por el costado. El río se ensancha y a lo largo de un buen trecho las aguas arcillosas y el remanso transparente fluyen sin mezclar- se. El río Negro debe su nombre a su fondo oscuro, pero es como un enorme acuario natural donde cientos de peces de todos los colores y tamaños nadan en un mar de plantas acuáticas de verde intenso.

Dos días de navegación terminan cuando surge a la vista el pequeño poblado de Fortaleza, enclavado en el ángulo superior del mapa.
Es la última población de la provincia Federico Román, la más deshabitada del departamento Pando.
Es un conjunto de unas 20 casas de madera con techos de palmera. En la otra banda del río se alza un pueblo más grande con el mismo nombre que pertenece a Brasil.

Los brasileños

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prefieren cruzar al lado boliviano donde están las mejores playas para refrescarse y comer pescado en la orilla del río.
Fortaleza es una antigua barraca gomera. Su gente vive de la recolección de castaña de noviembre a marzo. Familias enteras se internan en la selva por varios días a recolectar el duro fruto que cae de árboles de 60 metros. De regreso a la playa embarcan la carga y remontan el río hasta Cobija, donde venden el producto a la beneficiadora, y retornan a sus pahuichis con fósforos y combustible para el mechero y otros artículos básicos. El resto del año sobreviven con los escasos ahorros y los frutos que les proporciona la selva: pescado, carne de monte, yuca y arroz.

Hay dos formas de llegar a este último confín del territorio. Viajar siete horas por carreteras brasileñas o navegar dos a tres días por varios ríos en un viaje de aventura por la soledad de la naturaleza.

Del lado brasileño, a ambos lados de la carretera asfaltada se ven enormes manchas sin bosque. En el lado boliviano la selva se conserva sin rastros de depredación.

Las provincias Federico Román y Abuná están entre las más deshabitadas del despoblado Pando. El departamento tiene 63.837 kilómetros para unos 60.000 habitantes. La densidad demográfica es de 0.8 personas por kilómetro cuadrado, la más baja del país.

A medio camino de la ruta fluvial a Fortaleza está Montevideo, a orillas del Abuná, conocida como la pequeña Venecia.
Cuatro hileras de casas se alzan un metro y medio por encima del nivel de las aguas. La calle principal es el río. La gente visita a sus vecinos o va de compras en bote. Sus pobladores viven del comercio de ropa y electrodomésticos

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a sus vecinos brasileños.

En la provincia Nicolás Suárez otra población interesante es Porvenir. Ubicada a 33 kilómetros de Cobija sobre el camino a Riberalta en el Beni, es un pueblo con mejor desarrollo urbano por su cercanía a la capital. Está rodeada de arroyos y sus pobladores son oriundos de la región o migrantes de occidente dedicados al comercio.

La dieta principal en la región es el pescado y se puede degustar surubí, pacú y corvina, entre otros.
Bolpebra es otro pequeño poblado al otro extremo de Fortaleza, en la misma línea fronteriza con Brasil y Perú. Un camino fangoso de 58 kilómetros poco transitado lo vincula con Cobija. Sus habitantes son indígenas yaminahuas y machineris.

Al sur están dos territorios indígenas y multiétnicos reconocidos donde habitan algunas de las siete principales etnias de la región: cavineños, esse ejja, tacanas, pacahuaras, yaminahuas y machineris. La agricultura de subsistencia, la caza y pesca son las principales actividades de sus aproximadamente 200 habitantes.
El Sena es otro pueblo selvático al sur de Cobija, a orillas de río Madre de Dios, pero tiene al menos un modesto hotel ecológico.

A tres horas de Cobija –por tierra hasta San Silvestre y de allí a una hora en bote río arriba– está el lago Bay, uno de los mayores atractivos naturales. En sus aguas oscuras crece una tupida y variada vegetación donde se refrescan y anidan cientos de aves.
El lago forma parte de la reserva Manuripi-Heath de 750.000 hectáreas. El Manuripi, el Madre de Dios y la densa selva son el hogar de tigres, pumas, capibaras, tapires, aves, reptiles y 12 de las 14 variedades conocidas de primates de

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la amazonia pandina.

El principal camino de la región es una ruta de tierra roja entre Cobija y Riberalta, por allí se puede llegar hasta La Paz.
A falta de caminos los ríos son el principal medio de transporte y el único en dos provincias, A-buná y Federico Román.

Paradógicamente tiene mejor vinculación física con Brasil. Una carretera asfaltada une Cobija con la población brasileña de Basilea y de allí a 200 kilómetros está Río Branco, capital del estado de Acre.
“La mayor riqueza en flora y fauna está en Pando, pero nuestra debilidad es la falta de vías de comunicación”, dice el prefecto, Róger Pinto. “Visto desde otra perspectiva la carencia de rutas es una fortaleza, porque permite una buena preservación del bosque, pero también es una desventaja”.

En los últimos años la región mejoró su infraestructura hotelera y la pista de aterrizaje de su capital donde llegan más vuelos semanales que antes.
Entre los 15 municipios pandinos están algunos de los más pobres según los parámetros inter- nacionales, porque carecen de luz eléctrica y servicios básicos, pero su gente no necesita de la civilización para sobrevivir. La selva les da sus frutos y ellos re- tribuyen manteniendo el equilibrio ambiental, comenta Bernardo Peredo.

No hay poblado que no esté asentado a la orilla de algunos de los ocho enormes ríos que cruzan el territorio pandino: Manuripi, Madre de Dios, Abuná, Acre, Orthon, Tahuamanu, Beni y Madera. Es que el río es vida en Pando. Proporciona pescado y carne de monte de los mamíferos que acuden a refrescarse en los remansos y son atrapados por hábiles cazadores. Pero también significa la conexión con la civilización.

 

 

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