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3/4/2002

Bennett, el monolito Khencha

(La Razón)
Un año después desu traslado a La Paz cayó una tormenta que la prensa describió como “algo que seguramente nunca ha de volver a repetirse”. El centro de la ciudad quedó convertido en río.

Carlos Ostermann
Fotos: Archivo

En los últimos 70 años se le ha atribuido al monolito Bennett una serie de hechos aciagos y dramáticos vinculados a la historia de Bolivia. Para la mayoría de las personas dicha estela es khencha (en aimara o quechua), es decir un objeto de mal agüero. Gran parte de esta mala fama, según la opinión popular, se debe a su traslado, en 1933, a la ciudad de La Paz, un año luego de que la estela fuera encontrada en Tiwanaku.

A decir de Rigoberto Paredes, las creencias, mitos o leyendas revelan una singular cosmovisión mestiza o sincrética acerca de los aspectos trascendentes relacionados con el pasado, presente y futuro. Así, las numerosas tradiciones, ritos y fiestas ancestrales, tales como la Alasita y el carnaval, recuerdan que todas las cosas que nos rodean tienen vida, movimiento; revelando que detrás de cada una de ellas hay algún ser o voluntad que se manifiesta y las hace actuar.

La conquista y la colonia pueden considerarse, en algún sentido, como un gran cataclismo social y natural que se abatió sobre el nuevo mundo. La ciudad sagrada de Tiwanaku, la Meca o Kab’a Andina fue considerada por los intrusos, a partir de 1536, como una gran cantera. De sus entrañas se construyeron templos, edificios, puentes, casas y una infinidad de artículos domésticos e industriales.

Este vaciamiento, que fue similar o parecido al que sucedió en las principales ciudades de la América precolombina —México, Cusco, Copacabana, entre otras muchas—, además de satisfacer las necesidades apremiantes de construcción y ornato fue, ante todo, un acto deliberado de trastocar el orden natural y cósmico de las principales civilizaciones americanas, en favor de un nuevo esquema social occidental en el que participaban como socios el Estado, la Iglesia y sus súbditos.

El quiebre, la destrucción y la sustitución de las principales pacarinas andinas por templos católicos, a los ojos de los pueblos originarios, fue considerado como uno de los primeros hechos de mal agüero o khencha.

La Estela Nº 10, Bennett o Pachamama, fue descubierta a fines de junio (28 ó 29) de 1932 por el arqueólogo norteamericano Wendell C. Bennett, miembro del American Museum of Natural History de Nueva York. Hallazgo que, curiosamente, coincide con las primeras escaramuzas paraguayas para recuperar la laguna Chuquisaca o Pitiantuta, que desembocarían en la Guerra del Chaco, donde Bolivia llevó la peor parte.

Cabe aclarar que dicha estela fue antes y después de su descubrimiento objeto de enconadas controversias. En el primer caso, las sociedades científicas de Bolivia se opusieron a los trabajos de Wendell Bennett, ya que algunas de las distintas misiones extranjeras que visitaron Bolivia, a título de investigación, destruyeron y saquearon Tiwanaku. En cuanto a lo segundo, su traslado de Tiwanaku a La Paz fue resistido tanto por los pobladores del lugar como los munícipes de La Paz.

El Diario, el 25 de abril de 1933, concurrentemente con el inicio de los trabajos para la traslación del gigante pétreo en Tiwanaku, publica: “Es alarmante el crecimiento del nivel del lago Titicaca, que amenaza inundar Guaqui”.

El gobierno de ese entonces, presidido por Daniel Salamanca, impulsaría su remoción a través de Remy Rodas Eguino, ministro de Educación (no se puede dejar de mencionar que el actual viceministro de Cultura que impulsa la devolución del monolito a Tiwanaku, es Antonio Eguino). Aquel fue asesorado por Arturo Posnansky y apoyado por el constructor Ivica Krsul. Entre el 2 y el 9 de julio de 1933 culminó exitosamente su propósito.

La pieza fue ubicada temporalmente en el paseo de El Prado de La Paz. Acción que fue “combatida y resistida” por el gobierno municipal de La Paz en todos sus estamentos. Una primera víctima de tal oposición, el intendente municipal que se inclinó por defender algunos árboles sacrificados para dar cabida al gigante tiwanakota frente al actual cine 16 de Julio, acabó deportado en Aiquile.

En 1940, con motivo del traslado del Bennett a Miraflores, el periódico Crónica —“del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”—recuerda que en enero de 1935, un año después de su instalación en la avenida 16 de Julio, ocurrió algo increíble: “...algo que seguramente nunca ha de volver a repetirse en la historia de La Paz: Las aguas del Choqueyapu que corren paralelas a dicha avenida, pero a una distancia de 200 metros y un nivel muy inferior al de la avenida, se desbordaron y corrieron por la calle Recreo y la mencionada arteria, rodeando por completo la base del monumento megalítico”. Más adelante, preocupado por el nuevo movimiento de la pieza arqueológica, señala: “...muchos vecinos de Miraflores esperan con cierta intranquilidad el traslado del Monolito a aquella zona. E igual espera intranquila tienen algunos deportistas, quienes piensan que acaso fracase ruidosamente el Campeonato Sudamericano de Fútbol, o sea vergonzosamente derrotado el equipo boliviano por la “jetta” [mala suerte, en italiano] que lleve al estadio aquella vecindad”. De hecho, de acuerdo a Iván Aguilar Murguía (2001), Bolivia tuvo que esperar 23 años para ser sede de ese evento deportivo y, como toda excepción es regla, en 1963 nuestro país fue campeón invicto.

Es de recordar que, en 1935, las aguas del lago Titicaca descendieron de tal modo que permitieron a Arturo Posnansky observar, frente a la isla de Anaphia, “que desde el interior del lago emergían enormes bloques labrados en hileras formando una especie de fortaleza”. Asimismo, los indígenas del altiplano emigraron hacia los valles por la presencia de una gran sequía en la región; en tanto que en la ciudad de Cochabamba se produjo una gran inundación.

Y ahora, el día 21 de febrero del 2002, se publicó en los medios de comunicación social que gran parte de la tragedia que vivió la ciudad de La Paz se debía al hecho de querer trasladarlo sin la autorización de las w'akas. Al respecto, el aimara Valentín Mejillones sentenció: “Lo que ocurrió el martes 19 y lo que sucederá en futuro hasta que el Monolito Bennett (sic) pretenda ser transportado sin el permiso a los sagrados espíritus, que son dueños de la cosmovisión andina, está en las profecías”.



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