Con los más destacado de su repertorio, vuelven los Awatiñas al Municipal

Entretenimiento - Viernes, 13 / May / 2011
 
Bolivia.com
(Lapaz.bo): Cuatro décadas de hacer música, no sólo merecen un gran concierto, sino también una evaluación del trabajo ininterrumpido en ese periodo. Así lo entendieron Mario y Miguel Conde, fundadores del conocido grupo Awatiñas que del viernes 13 al domingo 15 interpretarán lo mejor de su repertorio en el Teatro Municipal, en función de tanda (Hrs. 20:00).

Aunque el programa incluirá los temas más populares, se hará hincapié en la promoción del más reciente disco titulado “Jichhapi Jichhanexa” (Ahora es cuando, ahora será diferente, ahora será distinto). La frase es una alusión al momento político y social que vive el país. Sus padres y abuelos vivieron esperando este momento, y aunque fallecieron hay una generación que lo ve y siente, los Awatiñas son parte de ella.
Del grupo que comenzó a pulsar instrumentos nativos en la población de Tihuanaco, quedan los hermanos Conde. Ellos hacen una pausa a la preparación de las actuaciones en el Municipal para recordar la tierra de los ancestros donde – aún niños – imitaban las interpretaciones de sus antepasados. Fue una sabia transmisión de conocimientos que reforzó la experiencia de recibir, desde pequeños, los sonidos del Altiplano.

Al abrazar el oficio de la música, de un bagaje de propuestas optaron por llamarse Awatiña (nominación aymara para el corral de lovejas). “Dimos vueltas a la palabra llegando a la conclusión de que era un espacio de cuidado, entonces decidimos cuidar de lo nuestro”, señala Mario Conde.

Corría el año 1974 cuando empezó el periplo por las peñas cuyas características eran diametralmente opuestas a las actuales. Las radios Continental, Méndez y Cóndor empezaron a llenarse de aplausos tras los primeros arpegios de tarkas, zampoñas, quenas, guitarras y otros. En una actuación conocieron a Alan Merlen, el francés que extasiado por la melodía pentatónica de los Andes, los invitó a visitar su país. Fueron por tres meses y se quedaron más de treinta años.

Como allá todo era diferente, empezando por el idioma, asumieron muchos retos. Se inscribieron a la universidad para aprender francés y luego inglés bajo el juramento de no olvidar las raíces de su cultura. “Éramos distintos, de hecho yo tengo carita de montaña, llevaba el pelo largo y suelto como lo hacían los incas. Eso llamaba la atención de los europeos, me hacían sacar el lluchu para admirar la cabellera, nuestra forma de ser con el poncho rojo que lo asumimos desde un principio, siempre estuvimos listos para la fotografía”, subrayó Mario.

Entre los mejores recuerdos está la actuación en el teatro que fue dominio de Los Beathles, Bob Dilan y otros grandes de diferentes corrientes musicales que ellos nunca habían escuchado hablar. Su público siempre fue el europeo, “curiosamente nunca tocamos para los bolivianos tampoco supimos el por qué a pesar de nuestro empeño en cultivar la cultura andina”.

Fueron creciendo dominando el idioma para no ser engañados en los contratos de sus temporadas. Crecían en lo artístico a la par de su nostalgia por la Pachamama, razón por la que decidieron volver por lo menos cada siete meses. “El público nos enseñó a ser profesionales y exigentes con nosotros mismos. Cuando actuábamos – dijo Miguel – había un silencio absoluto, no volaba ni una mosca, al final se pedía información sobre nuestra cultura. Nosotros mantuvimos la esenia y nos extrañaba los compatriotas que perdían el acento a poco tiempo de vivir en Europa”.

Vivir en el viejo contienente más de 30 años no fue fácil. Sus retornos al país servían también para crear nuevas canciones. La situación política, social y económica era la fuente constante de su inspiración. Si bien empezaron siendo un grupo básicamente instrumental, la necesidad de denunciar injusticias sociales hizo cambiar la característica de su propuesta. “Uno de nuestros objetivos – agrega Mario – fue mantener el aymara que está presente en el 80% de nuestras composiciones”.

Tras cuarenta años, Awatiñas dio otro giro al ritmo de su trabajo. Ahora incluyen tobas, caporal, cuecas, taquiraris, marchas y morenadas por encargo de fraternidades del Gran Poder. Es una especie de trueque, ellos componen a cambio de terrenos y la construcción de un Instituto Técnico en El Alto, acción que se suma a la cruzada en favor de la desparasitación en niños de escasos recursos económicos iniciada hace más de 20 años.

“Nuestra filosofía de trabajo es la de los abuelos que soñaron con cambios sociales. Ese día ha llegado, ahora se escuchan voces que antes no tenían cabida en ningún lado, por eso estamos seguros que nada volverá al pasado. Seguiremos cantando al equilibrio y a la lucha”, afirmaron los fundadores de los ponchos rojos de la música andina. “El rojo en nuestra cultura significa juventud y lo adoptamos desde un principio”, aclararon.

Para los Awatiñas, la fuerza de los instrumentos ancestrales fue la clave de su éxito, sin desmerecer, claro está, la disciplina con la que encararon su carrera con quince producciones discográficas e innumerables actuaciones. Pasaron muchas privacidades, sintieron la discriminación en el propio país (sobre todo cuando dejaron Tihuanaco siendo muy jóvenes). Ahora de retorno definitivo a Bolivia, disfrutan de otra de sus pasiones; la gastronomía en medio de la infaltable música al estilo de Juan Beltrán, Roberto Yucra, Eddy Beltrán, Vidal Beltrán, Mario y Miguel Conde, los Awatiñas.

SÍGUENOS EN:
Google News