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5/1/2002

Majestuosas montañas

(La Paz - La Razón)


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Uno de los rasgos geográficos más importantes de Bolivia es la presencia majestuosa y enigmática de las montañas. Estas conforman, aisladas o en grupo, serranías, sierras y cordilleras que, de este a oeste y de norte a sur, dan fisonomía y carácter al extenso territorio nacional. Desde los llanos orientales —amazónicos o platenses— hasta las cumbres sin par de los principales nevados, su emblemático señorío sedujo, conquistó y acunó generosamente a pueblos, estados y civilizaciones. Los que a lo largo de más de quince mil años se apropiaron y echaron profundas raíces en sus extensas llanuras, bosques, valles, tremedales, altipampas, ríos, lagos y salares.

Según Ismael Montes de Oca (1997), las montañas en su conjunto ocupan cerca de 414.574 kilómetros cuadrados (38 por ciento) del total de la superficie de Bolivia (1.098.581 kilómetros cuadrados).

Este importantísimo conjunto montañoso se estructura a partir de dos importantes cordilleras. La Occidental bordea el litoral pacífico desde el norte de Venezuela hasta Tierra del Fuego (8.500 km). Su altitud media sobrepasa los 3.500 msnm y culmina a 6.959 msnm en el Aconcagua. Y la Cordillera Oriental penetra en territorio nacional entre los 14º 30’ de latitud sur y los 69º 30’ de longitud oeste, con una dirección NO-SE hasta el paralelo 18º, punto donde cambia de dirección corriendo de norte a sur, hasta la frontera argentina. Tiene una longitud de 1.100 kilómetros y un ancho variable entre 150 y 400 kilómetros. La presencia de este inmenso macizo rocoso influye no sólo en el clima (distribución de humedad, lluvias, vientos y temperaturas), sino en la conformación de los distintos pisos o regiones ecológicas. Bolivia posee

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más de 45 distintas zonas de vida, de 100 que existen en el mundo.

Esta singular distribución ecogeográfica ha permitido, a través del tiempo, el desarrollo de distintos modos de vida.

En ellos la agricultura ha tenido un rol preponderante, mientras se ha adaptado a las más diversas condiciones geográficas. En la región de los llanos de Moxos, el geógrafo norteamericano William Denevan observó estupefacto en 1968, desde el aire, más de 20.000 hectáreas de canales, islas, lagunas y platabandas agrícolas.

Igual interrogante y admiración suscitó desde la Conquista el altiplano, cuya altura promedio sobre el nivel del mar es de 3.200 metros. El sabio jesuita Bernabé Cobo describió en el siglo XVII el desarrollo agrícola alcanzado en el Nuevo Mundo. No sólo fueron los diversos frutos alimenticios, tales como la papa, maíz, quinua y otros muchos más, sino el desarrollo tecnológico de los sofisticados sistemas de producción agrícola. Así, en la península de Copacabana y en algunas de sus islas, relata el funcionamiento de las terrazas de cultivo y su capacidad para enfrentar las condiciones ambientales extremas: presencia de heladas, alta radiación solar y temperaturas extremas (noche/día y luz/sombra). Por ello, reconoce que España aportó a la agricultura andina sólo con “algunas especies vegetales” como las hortalizas y los cereales y unos pocos “instrumentos de hierro”.

Independientemente de los logros tecnológicos alcanzados, lo que asombra hasta el día de hoy es la organización comunitaria, la cosmovisión y la ritualidad asociadas al laboreo agrícola. La figura mítica primordial de dicha concepción mágico-religiosa son las montañas. El antropólogo Joseph Bastien, a fin

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de resaltar este sentimiento, cita en 1996 las palabras que recogiera del kallawaya Marcelino Yanahuaya: “La montaña es como nosotros, y nosotros somos como ella”; ya que: “La montaña tiene una cabeza donde crece pelo de alpaca y koa. Los pastores de las tierras altas de Apacheta ofrecen fetos de llama a los lagos, que son sus ojos, y la cueva, que es su boca, para alimentar a la cabeza. En el tronco del cuerpo, un poco más abajo, se puede ver el cerro Ñuñu o Teta que rodea a la comunidad de Kaata, que es el corazón y las tripas, donde las papas y las ocas crecen debajo de la tierra.



Los grandes sacerdotes viven aquí. Ofrecen sangre y grasa a este cuerpo. Si no alimentamos a la montaña, ella no nos alimentará. El maíz crece en las laderas más bajas de la comunidad Niñokorin, que son como las piernas de nuestro ayllu de Kaata”.

Mito andino que devela, en primer lugar, el significado y la importancia de las montañas. En la concepción aimara, las montañas, en especial a aquellas que alimentan a ríos y vertientes, son consideradas como seres masculinos tutelares (Orko Achachilas), como en el caso de los principales nevados de la Cordillera Real, ya que tienen el poder de fecundar a la Pachamama por medio del agua que desciende impetuosa de sus faldas. El nombre de algunas de las montañas señala claramente este hecho. Así, en aimara Illimani (Illa-uma-ni) significaría “el que posee agua que fecunda”; Illampu (Illa-uma-apu) podría ser “el gran señor que tiene agua que fecunda”; Chachacomani (Chachach-uma-ni) se traduciría como “el señor fanfarrón o valentón con agua”; y, el Huayna Potosí o su verdadero nombre Kakaque (Kaka jaque), que significa “hombre canoso” por el color

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de la nieve. También, dada su relación con las distintas corrientes de aire que arrastran humedad desde el oriente hacia el altiplano, algunas de sus cumbres denotan este hecho, este es el caso del Chacaltaya (Chaka-alaj-taya) o “el abra por donde pasa el aire frío de altura”.

La illa o talismán que representa a estos cerros tutelares son las piedras. Es por ello que desde los pequeños altares andinos, sean estos “chutatas”, “apachetas” o “munaypatas”; hasta las grandes ciudades de culto, como en el caso de Tiwanaku, se han diseñado y construido con rocas. Hoy día, por ejemplo, en la festividad de la Candelaria de Urkupiña, los promesantes extraen piedras, o pedazos de ellas, que representan la fertilidad y fecundidad de la montaña, para la concreción de sus más caros anhelos y deseos. De ahí probablemente deriva su nombre Orko Phiña, que significaría aproximadamente en castellano “macho exacerbado o furibundo”, estado anímico y sexual que nos recuerda el dicho popular “cuanto mayor makanaco mayor muñanako”.

Es triste observar cómo las serranías, colinas, peñones y montículos se destruyen a título de “progreso” y “modernidad”. Lo que se lograr es desfigurar el rostro y la esencia andina de ciudad de La Paz.

Rosasani, Bellavista (Urbanización San Alberto), y otros muchos más son heridas abiertas que reflejan desidia, impunidad y arbitrariedad. En la medida que se preserve y proteja a los achachilas míticos, con seguridad los hijos de nuestros hijos, parodiando a un gran jefe siux, nos preguntarán: ¿Dónde están nuestras montañas, nuestros cerros, nuestros bosques? ¿Dónde está el cóndor, el puma, el wari? Desaparecieron... “Así termina la vida y comienza el sobrevivir”.

 

 

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