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5/10/2002

El circo: Vidas a color y en blanco y negro

(La Paz - La Razón)

Era un niño asustado y quebradizo, pero con un coraje de tres alturas y un corazón de esos que alimentan varias carpas. Llegó a Colombia desde Valparaíso en un barco mercante. Nada extraño si no fuera porque tan sólo contaba con siete años. Deambuló tres meses de acá para allá en busca del circo en el que trabajaban sus padres. Quien cuenta esto, Marcos Figueroa, es ahora el dueño de las jaulas, los trapecios y las redes. A su circo le puso de nombre Las estrellas. Y el retrato de esos días que pasaron también, lo es ahora de un espacio que se reescribe a sí mismo en cada jornada. Un universo donde payasos y funambulistas bordan con sus hazañas las sonrisas de los pequeños. Las leyes de la gravedad se violentan con retos imposibles y se alborotan con aplausos las conciencias.

Sin embargo, los ojos de Marcos han abandonado ya ese brillo de los primeros amaneceres, entre payasos y oropeles, y su mirada es una mezcla de aquellas tonalidades que se dicen un tanto paternalistas. "Mi último día en la pista lloré. Dejaba toda una vida atrás. Desde ese momento otros artistas solicitan mi consejo", confirma. Y es esa línea imaginaria de continuidad, de influjo y sortilegio, la que pervive de una generación a otra. Así, su hijo Hilio ha solapado los pasos de su padre y trabaja con sus perros en Las estrellas.

Una vida a caballo entre el circo y otros menesteres, ya que Hilio ha pululado por la ciudad un largo tiempo. "Cuando entré en la universidad dejé el circo por cinco años y pude ver otras opciones. Me gradué como arquitecto y no ejercí", dice. Antes de eso fueron las caravanas, las piruetas y las carpas, y parece que también lo están siendo después. Pero, entre sus dimes y diretes con los canes y la puesta a punto de materiales y vestuarios, de tanto en cuando buscan su hueco la desolación y el desconsuelo. "Estoy casado con una persona que no es del circo. Apenas la veo. Este mundo es muy sacrificado. Y, aunque sea triste, hay una sola compensación: salir y que el público te aplauda". Y a veces se hace difícil. Algunos días apenas se nutren de los retratos estáticos y de las loas a la rutina.

Sonrisas y lágrimas

En el espejo, al descubierto, otra mirada, la del trotamundos, también del aventurero, del que se entrega en alma y pena a lo que hace. Es Francisco, que se pinta la cara ante el cristal clavado en un palo mal parado. En minutos estará en medio de la pista con el traje azul y el equilibrio perfecto. Su personaje, un androide bajo los embrujos de la mímica, es la estrella de la temporada. "Tú puedes tener un problema, pero cuando realizas el número se te olvida todo". Dicho y hecho. En el suelo de piedra y arenilla, ante potentes focos de luz pálida, se transforma. Cuando acaba, se alista tras las cortinas y retoma la leyenda del payaso. Ni ríe, ni sonríe. Pero, pese a que arrastra las inercias de la languidez y la melancolía, su experiencia le dice que en el circo existe mucha fábula. "Esto es una profesión, un arte. No se sufre tanto como afirman". Para confirmarlo, otros dos rostros de diferente calado, el del chileno Peter y el de Chispitas.

Entre los tres desbordan el silencio con las carcajadas que consiguen arrancar al público durante exhibiciones e intermedios. La pasión de Peter, sin embargo, es el trapecio. En el circo todo el mundo es capaz de componer y recomponer varios de los números. Y el saltimbanqui chileno antes suspiraba por los saltos mortales y las alturas. "En Argentina me caí ejecutando la triple vuelta. Ya no la hago. Me da temor", lamenta. Tras el accidente, su hombro quedó maltrecho y no incursiona con la avidez de antaño en la acrobacia aérea. Por eso ha cedido terreno a su otro esbozo, el de "clown". Un oficio del que Chispitas exprime un sinfín de compensaciones. "La gente me da su corazón. Mi trabajo se caracteriza por un desprendimiento total", afirma. El mito de la amargura va sucumbiendo.

Un universo diferente

Con todo, vivir allí es otra cosa. Otro mundo, en cada rincón se rescata una nueva historia. Y la memoria es un valioso presente que permanece, pero que a veces también huye y se difumina para siempre. "En el mar Caribe desapareció el circo de los Razzori. Íbamos en avión hacia Bogotá y el material se embarcó en un barco carbonero. Ahí se hundió", cuenta Carlos Bueno, el capataz de Las estrellas. Él no es el único en recordar vivencias. Ya que ese trotar aventurero, sin rumbo fijo, entre países, es una constante en los artistas. "Así es la vida del hombre de circo. Acá uno aprende a vivir la vida un poquito más rápido", confirma Di Marco, domador y tra- pecista. Un alma un tanto apátrida, como la de la familia de unos virtuosos del látigo, los Newton da Silva. "Empecé hace 14 años. Era de ciudad. Me enamoré de mi mujer y vine al circo. Ahora, en él transcurre el día a día con ella y mis cuatro hijos, a quienes enseño", explica el cabeza de este pequeño clan circense.

Cuando el sol está a media altura, unas siluetas ensombrecidas sobre la pista anuncian ya los últimos ensayos. Mañana, quién sabe, quizás abandonarán La Paz con otros rumbos. Fabián Alberto, un bebé de apenas unos meses, aún vive ajeno a esos designios. Y Tania, su madre, todavía no actúa. "Tener un hijo es lo más maravilloso que existe, pero estoy deseando retornar a los trapecios". Seguro que lo hará. Mientras, no dejará de contar a su pequeño anécdotas y repetirá aquella frase que acuñaron en el continente los célebres payasos españoles Gabi, Fofó y Miliki: "Había una vez un circo".





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