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6/17/2002

Hiperinflación de expectativas

(por : G. Chávez )
Expectativas e incertidumbre son palabras que pertenecen al ramo de psicología, pero cuando son usadas por los economistas muestran la delicada frontera que existe entre una estabilidad económica, social y política, y una crisis de confianza generalizada. Muchas de nuestras relaciones financieras y políticas están basadas en la confianza. Un acuerdo político, nuestros depósitos en los bancos, o el inicio de un nuevo negocio dependen en última instancia del nivel de confianza. A nivel agregado, el clima de las expectativas es una compleja arquitectura psicosocial que se alimenta de la sintonía o desencuentro que se puede dar entre las políticas públicas y el accionar de los diversos actores económicos y sociales de un país. El ejemplo más dramático de crisis de confianza es Argentina.
Desde 1982, en el caso de la democracia, o a partir de 1985, en el caso de la economía, hemos sido capaces de construir un sistema democrático y un modelo de desarrollo que sin duda son todavía imperfectos, pero que nos han permitido vivir en paz y con alguna perspectiva, especialmente si nos comparamos con otros países vecinos donde todavía se están agarrando a tiros o padecen de problemas inflacionarios. No hay la menor duda, que ahora vivimos un momento de inflexión en la forma de hacer política y economía. Necesitamos hacer ajustes importantes a lo avanzado en los últimos años. El desafío es saber medir los ritmos y dinámicas que debemos imprimir al cambio y el andamiaje político que se requiere para sustentarlo. Lamentablemente nuestras elites política y económica no comparten esta aproximación, sólo parecen entender el lenguaje de la presión y se atrincheran en sus intereses electorales de corto plazo.
En la actualidad, nos apabullan con ofertas, unas sensatas otras descabelladas, que sirven para adquirir votos e inflar las perspectivas de la gente. Las propuestas de algunos partidos, ratificando la vieja expresión que dice: el papel aguanta todo, prometen incrementar el gasto y la inversión pública sin siquiera verificar si existen los recursos. Sin dolor ni piedad maltratan la aritmética y la macroeconomía. Todo vale en el circo político.
En los programas y propuestas neopopulistas, el déficit público se dispara. En época de promesas electorales es permitido dar pasos mayores que la apertura de las piernas, sin decir: Jesús. Sin embargo, la emisión inorgánica de promesas no es inofensiva, puede causar una hiperinflación de expectativas. Las palabras y las promesas de amor y dinero no se las llevan el viento, se registran en la memoria colectiva de la gente, que después de un período de espera, los fatídicos 100 días, se traducirá en presión y cabildeo para tener un pedazo mayor de una torta económica, que en los últimos años en Bolivia se está achicando. Se doblan presupuestos y se prometen aumentos salariales sin el menor pudor. Algunos dirán que esto no ofende a nadie, porque otra cosa es con guitarra, pero el incumplimiento de ofertas contribuye al deterioro de la confianza entre los grupos políticos y la gente, más aún en perspectiva, crea presión redistributiva sobre fondos públicos. Además, si a la frivolidad con que se maneja la política monetaria y fiscal en las propuestas electorales, se añade la incertidumbre política que está siendo creada con las promesas de reforma de la Constitución, el clima del juego social no cooperativo puede ocasionar que los cimientos del edificio de las expectativas comiencen a temblar.
El fuego de la incertidumbre viene siendo alimentado por un arco iris de problemas: marchas, paros y confrontación tanto social como política, negociaciones poco transparentes sobre una posible exportación del gas natural al Norte, ausencia de liderazgo; en las últimas semanas el Presidente está en viaje al 2007. En fin, aguas agitadas y poco claras circulan bajo el puente de la economía.
No hay la menor duda de que es legítimo que alguien quiera cambiar la orientación de la política económica, sin embargo también es legítimo que haya una preocupación sobre el asunto, porque no hay que perder de vista que se están corriendo muchos riesgos. Después del 6 de agosto, la hiperinflación de expectativas se puede convertir en su equivalente de precios, es decir en una inflación monetaria, si es que se quiere satisfacer las promesas electorales que ahora tan alegremente se venden.
Desafortunadamente, no se aprende en cabeza ajena, por descargo de conciencia debo recordarle, mi estimado lector, que la historia económica del populismo en América Latina nos enseña que no por cortar una pizza en más pedazos, ésta crece.
Además no hay que olvidar que la "suegra FMI" está vigilante, lista para agarrar a cocachos a los que prometieron el oro y el moro, también está alerta el marido de la suegra, el Banco Mundial, a quien no se puede olvidar así nomás. Los populistas de ahora, se convierten en mansos corderos neoliberales una vez en el árbol, si no que lo digan Fujimori, Menem, Collor de Melo o Bucaram.




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