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9/3/2002

Los Tapietés y la religión

(La Paz - La Razón)

Los tapietes abandonaron todo tipo de distracciones por las alabanzas a Dios, que se escuchan las 24 horas del día.

Con Cristo seré muy feliz... con Cristo habrá gozo y paz”, es el canto que se multiplica entre los tupidos árboles de Samuwate.

Con las manos extendidas y temblorosas, los ojos cerrados e insistentes zapateos que resucitan el polvo de Samuwate, Elena Tronco se entrega al caudal de las alabanzas de Reynaldo, el alegre profesor que también hace de pastor. No está solo. Lo secundan tres músicos que trasladaron dos parlantes y un teclado desde Tartagal (Argentina), para amenizar con música religiosa el encuentro fraternal entre los tapietes de ambos países. La fe evangélica arde como una tea cada noche, en lo que para muchos es el fin del mundo y, para las bromas de otros, el lugar donde el diablo pasa unas buenas vacaciones de extremo calor infernal.
Doña Elena es la creyente más entusiasta de las reuniones. Ni bien comienzan las prédicas, se dispara al centro de la improvisada iglesia al aire libre, donde bancos de escolares y sillas que peregrinaron desde todos los hogares han formado una ronda que acorrala a la tarima sobre la que los micrófonos expanden los cantos de los celebrantes.
Hasta el último cabello de doña Elena baila, aplaude, canta a gritos y da testimonio de más de una hora en lengua tapiete. Su boca apenas se abre levemente para escupir las palabras, como cuando bota las pepas de sandía. Las lágrimas pueblan su rostro y, bajo el ritmo de los gemidos permanentes, pasean por los surcos de su rostro. Se desliga del mundo y entra en un trance que se apodera de su cuerpo y sus emociones, incontenibles en tanto derroche de fe.

Cuando Tumpa vivía...
La euforia pasa hasta la mañana... Elena se sienta a la sombra de un árbol mientras mastica un guiso cerca a la fogata al lado de su casa. Recuerda su religión ancestral, aquella que los misioneros le enseñaron a olvidar, pero se quedó prendida en la memoria.
“Había un Tumpa que caminaba entre nosotros...” Es el recuerdo de su dios tribal, sin una forma definida e íntimamente relacionado con la naturaleza. Era el protector de los tapietes. Nadie lo veía, no lo habían visto nunca, pero ellos tenían la certeza de que siempre caminaba junto a ellos.

Eso sí, no se podía pronunciar su nombre sin tomar las precauciones necesarias. Si alguien lo nombraba, tenía la certeza de que era escuchado. Si se levantaba su nombre en vano, el castigo era terrible, pues el Tumpa se tomaba muy en serio cualquier cosa que de él se dijera. Por eso, cuando alguien pedía algo al Tumpa —“que llueva”, “que vaya bien la pesca”—, ni bien lo cantaba, en ese instante su deseo se hacía realidad.

Elena escuchó entre su gente que un hombre deseó una vez ser Tumpa. Aunque no lo supo, desde ese momento se convirtió en uno. Era el Tumpa del Trueno, quien orquestaba los fenómenos climatológicos. Su dominio era la lluvia, el rayo, las tempestades... El que una vez fue humano, trepó a los poderes para ser un dios.

Sembrando la fe
Cuando el pastor evangelista Rudolf H. Jalmar Olsson, de la Misión Sueca Libre, llegó en 1955 en su tractor con la intención de salvar cuerpos y almas, empezó a ganarse la confianza tapiete, poco a poco y como cuentagotas se agenció adeptos a su fe.

Ni se molestó en averiguaciones sobre el Tumpa. “Nosotros no hemos preguntado. Sólo hemos enseñado la evangelización bíblica y ellos han aceptado. Se han pegado al Señor. Nuestro comportamiento ayudó para ganarles hacia el Señor”. No interesó la relación del pueblo con el dios local, Cristo ya estaba sumergido en sus almas.
Añawasu, el demonio tapiete que apenas daba tregua en la lucha eterna con el Tumpa, sucumbió ante el Cristo que venía con un tractor, medicinas, balas para cazar y dos pastores valientes que se enfrentaron fervientemente a la naturaleza y a la cultura.

El canto del chocho, un diminuto pájaro de tonos café, que si quisiera se podría aprisionar en una sola mano, distrajo los pensamientos de Elena. Ella sabe que la avecilla es una eminencia cuando de buena o mala suerte se trata o cuando viene lluvia o llega el frío. Un “brit, brit, brit” trae buenas nuevas, mientras que un rápido y nervioso “tic, tic, tic, tic” anuncia pesares. Ahora, si inicia un grave “truit, truit, truit, truit” se avecina el frío, mientras que un pausado “tic... tic, tic” es un claro aviso de chubascos. Antes, Elena sólo tenía que prestar un poco de atención a la naturaleza que realmente le hablaba en su propio idioma.

Sus bailes y el ritmo monótono pero contagioso del pin pin, dos trozos de madera que resonaban como claves y que acompasaban las bodas y las fiestas, se prohibieron definitivamente con la llegada de Rudolf Olsson, allá por 1955. Los consideraban paganos porque la música no estaba dedicada a Dios y, por lo tanto, eran proclives a Satanás, el otrora bello ángel de la música. Con la nueva manera de celebrar las fiestas, el baile también estaba de más.
Así, la vida y la cultura de los tapietes fueron sólo para Jesús. Con el otro tipo de música y baile que se marcharon, también huyeron el consumo de alcohol, del tabaco y de la coca. Ahora todos cuchichean en voz baja sobre el “vicio”, ese que les impedía aclarar las ideas, les hacía proclives a los excesos del cuerpo, a malgastar el dinero y derrochar ramalazos de violencia.

Atardece y los ritmos del teclado llaman a la gente para la alabanza. El profesor está feliz, pues con un micrófono y un teclado hay más fuerza que en las tradicionales alabanzas que él mismo animaba con su guitarra. Incluso, ha traducido algunas alabanzas al idioma tapiete. El ritmo deja llevar los cuerpos, que aún no se animan a bailar, por eso de las numerosas prohibiciones religiosas.
Las prédicas se levantan con interpretaciones sumamente libres de lo que dicen las escrituras. Y, en una simbiosis de tapiete y castellano, llegan a las almas de los que lloran y se confunden en oraciones cruzadas que dan una idea de lo que debe haber sido Pentecostés.

Los tapietes afirman convencidos la alegría de ser creyentes, aunque algunos jóvenes aún se alejan para encender un cigarrillo. La maratón de alabanzas termina con las lágrimas y el cansancio de una prolongada catarsis que du- ra hasta la una de la mañana. Al amanecer, la grabación del extenso culto del día anterior actúa como de gallo improvisado, resonando por los parlantes durante todo el día, y sólo cesa para dar paso a la nueva ceremonia, en que se escuchará nombrar a Tumpa, que en tapiete resultó ser simplemente un sinónimo de Dios.




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