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9/25/2002

El sistema de los incas aún vive

(La Razón)


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Los llameros del altiplano viajan tres meses en caravanas con llamas para cambiar la sal de Uyuni por productos del valle.

Flores coloridas de lana cuelgan del cuello de las llamas. Son las ticas que anuncian la partida de la caravana. No sólo son señal de que pertenecen a un determinado llamero, sino que las hacen muy especiales porque son animales que conocen bien la ruta de la sal que va del altiplano a los valles en un arduo viaje de tres meses.
Amanece. Son las 06.00, hora de partir. El mes de mayo llega a Colchani con el anuncio del viaje anual de los llameros rumbo al salar de Uyuni o Coipasa. La pequeña travesía dura una semana y se realiza para obtener los moldes de sal que pesan una arroba. Son extraídos a puro hachazos de la dura capa superior que, más o menos, tiene un espesor de unos 30 centímetros.

Este tipo de viaje hoy está pasando al olvido. Resulta más fácil reunir a varias familias, contratar un camión cualquiera y llegar al salar en dos horas. Pero, la travesía de tres meses hasta los valles de Chuquisaca, Cochabamba y Tarija sigue vigente porque hay senderos que los camiones aún no se atreven a seguir. Caminarán de 06.00 hasta las 15.00, con un recorrido diario de 20 kilómetros, dependiendo del terreno.

Los camioneros realizan el mismo trabajo que los llameros, pero para ellos se corta moldes más pequeños de ocho kilos; aunque igual algunos se las ingenian para transportar los moldes de los famosos llameros. Además, estos señores pagan por la sal, no realizan el trueque tradicional conocido.

El camino de los incas
Las caravanas aparecieron durante la época precolombina. Para subsistir, las comunidades, ubicadas en el altiplano a orillas del lago Titicaca o del Salar de Uyuni, necesitaban intercambiar productos. Tenían quinua, papa, sal y los derivados de la llama: el charque, la lana y la grasa. Pero, aquello no era suficiente.

Así surgieron nuevas rutas a los valles y al Litoral en busca del maíz, las algas, el muyu y los peces. En Cochabamba, Chuquisaca y Tarija conseguían la coca, la madera de chonta y las plumas para la vestimenta y la decoración. En ese entonces, todos llevaban una pluma de ave en la cabeza, las más preciadas eran las de papagayos del trópico y para pagarlos, como no existía moneda, las cambiaban con sal.

En la época de los incas, caravanas del Estado, con más de

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tres mil animales, atravesaban el Salar de Uyuni para abastecer al imperio.
Ahora los llameros no tienen más de 20 llamas, viven en las cabeceras de valle y van al altiplano, a fin de conseguir la sal para el trueque.
El norte del Salar de Uyuni es uno de los yacimientos utilizados por los llameros de la zona de Pampa Ullagas, hasta el cerro Turco. De ahí viajan a San Pedro de Buena Vista. Otra ruta es la de la zona de Río Muratos que sirve para trasladar la sal al sur descendiendo hasta la zona de Lípez en Potosí por Challapata. De Nor y Sud Lípez se dirigen hacia Quetena para terminar en el norte argentino.

Se preparan los llameros
Después de la fiesta del Espíritu o Pentecostés, el llamero se prepara para salir de la zona de Colchani en julio en la caravana anual de la sal que bajará hacia los valles de Yura para emprender un viaje de tres meses. Se aprovecha la época seca, a fin de reservar el pasto para las hembras.
El llamero, junto a su ayudante, que puede ser su esposa, uno de sus hijos o algún joven que no tenga los suficientes animales para realizar el viaje, prepara a las 20 llamas que harán el recorrido. Cada una lleva una carga de 25 kilos de sal y otros productos de la zona en sacos. Ninguna de ellas carga productos u objetos de mucho valor y es que suelen ser tan intranquilas que, a veces, saltan, se escapan, se niegan a caminar o caen, ocasionando la pérdida de la carga. Para todo lo frágil o de mayor precio, se prefiere a las mulas por ser sumisas y tener mayor capacidad de carga.

Ser ayudante del llamero es un cargo complejo. Entre sus obligaciones está el cuidar a los animales, ponerles la carga, darles de comer y recoger a las llamas dispersas por la mañana, pues no se las amarra durante la noche. Para dirigir caravanas, se necesita por lo menos una persona por cada 10 llamas. Si la caravana tiene más de 20, se precisarán más ayudantes. A veces, varios llameros hacen juntos el viaje con un grupo de hasta 70 llamas.

El cuidado de las llamas
La llama es lo más importante para el llamero. Dicen que es un préstamo de la Pachamama que aparece en las paqarenas, lugar sagrado relacionado con la humedad, fuentes y manantiales.
La caravana está conformada sólo por machos castrados. Cuando cumplen un año de edad los castran, pero antes se cercioran de que sean suficientemente fuertes para funcionar

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como animales de carga. Pero también se necesitan llamas para la reproducción, así que si se castran a diez, se reserva a un macho como semental.

Las ticas se colocan a las llamas desde Carnaval. Esta flor es una marca pequeña de lana que indica el sexo del animal y se la usa en caravanas porque también identifica la propiedad. Y es un símbolo ritual de agradecimiento por los animales y significa “buena suerte” y “bienvenido”, antes y después de una caravana. En un año o dos, los llameros les cortan la oreja de distintas formas para identificarlas.
Las llamas están encabezadas por tres guías. El punta delantero es el guía mayor, de siete a ocho años de edad. Se lo reconoce por su campana, cuyo sonido ahuyenta a los animales peligrosos y pide suerte a los achachilas.
Detrás viene el Chapi Delantero, una llama menor de cuatro a cinco años con bastante experiencia en la ruta. El tercer guía es el Ch'aqui Punta, con dos a tres años como máximo. No conoce el camino y realiza el viaje para aprender. Sin embargo, ha sido elegido por ser el más vigoroso entre las jóvenes llamas.

Cuando van a matar al delantero, los otros suben de puesto en el escalafón. De todos modos, las llamas, que son tan asustadizas, necesitan conocer el camino, por lo que cuando tienen dos o tres años viajan con la caravana sin cargar nada para habituarse a la vía a seguir. Al re- gresar, las llamas ya llevan un pequeño bulto a cuestas.
Los colores de la tica dependen de cada familia. De todos, el rojo es el más importante. Simboliza la sangre y la vida, y honra al animal durante la fiesta de Carnaval.
Las llamas no necesitan comida. Les bastan las champas. Los burros sí necesitan paja, pero como los llameros tienen amigos en el trayecto, cambian sal o dinero para tener lo que necesitan.

El ritual y su importancia
La challa del primer día es el principal ritual. Participa toda la comunidad regando alcohol por el suelo como ofrenda a la Pachamama y quemando hierbas en sahumerios para los achachilas.

Desde el inicio se hacen peticiones cada día y se ofrenda un poco de comida para que las almas los protejan. Antes de pasar un trecho difícil o cruzar un río, se hace una mesa completa con un sullu de llama. Al atravesar una montaña, se hace una apacheta, un pequeño montoncito de piedras montadas con sentido ritual.
El paso de un cóndor significa

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buena suerte. El zorro es más ambiguo. Si pasa en el sentido de la caída del sol, es mal augurio, pero si cruza por el este, es buena señal. También se sacrifican llamas para ver la suerte en sus pulmones. Por la mañana se cuentan los sueños y se interpretan: si sueñan con maíz, el viaje será bueno. Si ven llover, tendrán una mala cosecha.
La coca se usa para ver cuánta suerte se tendrá en el trayecto a seguir y en el intercambio de productos para comer. Según la disposición de la hoja, se puede ver el camino. Incluso si se pierde una llama, se deja caer la coca al suelo y, de acuerdo a la dirección de la hoja, se sabe por dónde empezar a buscarla.

La llegada de la caravana

En la noche, las llamas no están amarradas y duermen en el lugar porque lo conocen. Son muy temerosas y se asustan hasta con la Luna. A veces una llama joven que no conoce el camino, quiere regresar. Otras veces, el puma o el zorro ataca durante la noche y las espanta, provocando su huida.
La búsqueda de una llama puede detener a la caravana por días y no es el único problema porque a éstas las atrapan diferentes enfermedades: está la tembladora, que aparece cuando han comido pasto maligno y empiezan a temblar. En este caso, les dan un poco de chicha y hierbas medicinales.
Cuando están muy cansadas, les dan a beber un poco de kerosene para darles vigor o les cortan un trozo de la oreja y les dan a tomar su sangre que, según la creencia, les proporciona más energía.

La llama también puede caer en un río o romperse una pata y como no hay cómo sanarla, los llameros optan por matarlas. Si la llama se pincha la pata cuando camina entre cactus, la amarran, le sacan la espina y le meten grasa y ajo para desinfectar. Luego le hacen un zapato de cuero con el que aguanta el camino hasta llegar a los valles. Allá los reciben con una mesa de bienvenida, se hacen las ofrendas a la Pachamama y se produce el intercambio de productos con las comunidades del lugar. Los sacos de sal se cambian por maíz y otros productos de acuerdo al valor fijado por ambas partes.

Luego de descansar, los llameros retornan y en las comunidades intermedias siguen intercambiando productos, pero esta vez los obtenidos en el valle. Ya en el hogar altiplánico, la familia prepara una fiesta con nuevas ticas para homenajear a las llamas que lograron salir victoriosas del viaje.

 

 

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