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ETICA Y POLITICA DE SEPARACIONES INSOLUBLES A COMPLEMENTARIEDADES NECESARIAS
por Marcelo Varnoux Garay(*)

EL REINO DE LA POLITICA

Cuando Nicolás Maquiavelo sentenció que un príncipe que deseara mantenerse en su trono a menudo se vería forzado a obrar contra las virtudes humanitarias o caritativas y hasta contra su religión[1], posiblemente nunca sospechó el radical corte que efectuaba entre el ámbito de la política y el de la ética.

Si hasta antes de “El Príncipe” la política fue concebida, por lo menos desde una perspectiva teórica, como una actividad indisolublemente ligada a valores éticos y religiosos fue en mérito al legado griego y posteriormente cristiano de un destino compartido por los seres humanos reunidos en comunidad que, en el primer caso, suponía la construcción de un bien común fundado en el desarrollo de las virtudes cívicas de los ciudadanos dentro del marco geográfico e institucional de la polis; y, en el segundo, la constitución de un orden justo según los designios de la divina providencia capaz de asegurar la salvación de las almas de los fieles.

En realidad, Maquiavelo descubre que la actividad política, o más precisamente, toda actividad política, se desenvuelve en torno a cuestiones de poder cuya característica fundamental son relaciones de tipo vertical mando/obediencia, antes que relaciones horizontales entre iguales[2].

Despojada de sus justificaciones metafísicas, la política adquiere un nuevo sentido: terrible y siniestro, si se quiere, por cuanto su medio específico, el poder, tiene la virtud de despertar las pasiones más bajas de los seres humanos. Pero, por otra parte, reivindica en papel central de éstos en la construcción de su destino como sociedad.

Ahora bien, Maquiavelo y la mayoría de los pensadores políticos que le sucedieron, nunca dejaron de sostener que la política poseía un sentido finalmente positivo. Y es que más allá de los actos particulares de los protagonistas, se percibe una finalidad superior que tiene que ver con el buen gobierno, con la búsqueda siempre inacabada de mejores días para los hombres reunidos en sociedad, etc.

Y aquí surge una otra constatación que hará célebre a Maquiavelo pero  estigmatizará definitivamente la política: generalmente, el fin, el objetivo perseguido y reputado como benéfico y útil, es alcanzado a través de medios que son moralmente inaceptables[3].

En definitiva, el reino de la ética y el de la política son separados, aún cuando habrá que decir que es en la dimensión instrumental de la actividad política donde este corte es incuestionable, y no así en su dimensión finalista donde puede todavía encontrarse valores éticos, cuya justificación sin embargo, queda ensombrecida por una actuación previa que, por lo general, esta reñida con lo moralmente aceptable.

Aquí reside el problema básico a tratar, pues, es muy complicado atribuir valores éticos a la política cuando su implementación no soporta un examen ético y esto mismo sesga la evaluación de sus resultados que, en muchos casos, no justifican el uso previo de medios cuestionables.

Entonces, ¿es posible afirmar que política y ética son campos definitivamente separados y contrapuestos?. Una respuesta positiva a esta interrogante nos lleva a concluir necesariamente que en la política no existen límites razonables, y menos aún éticos, a la conducta de sus protagonistas, pues, la consecución de objetivos y fines reputados como socialmente útiles o valiosos  pesaría mucho más a la hora de una evaluación del proceso. Sin embargo, esta deducción elemental es insatisfactoria si añadimos elementos de juicio que tienen que ver con la naturaleza de la política, sus actores y las finalidades que éstos declaran perseguir.

Indudablemente, la política define un tipo de actividad que, como decía Max Weber, esta orientada a conseguir algún tipo de participación en la esfera del poder o a ejercer influencia en la distribución del mismo, entendiendo que el poder es la probabilidad de imponer la propia voluntad, aún contra toda resistencia, en una relación social dada, cualquiera sea el contenido de ésta[4].

 Naturalmente, la esfera del poder que aquí nos interesa es aquella donde se definen los mecanismos de gobierno de las colectividades humanas y donde los procesos de adopción de decisiones no dejan de causar efectos visibles en las actividades cotidianas de esa colectividad[5].

JUSTIFICACIONES INSUFICIENTES

Ahora bien, los caminos que llevan al real ejercicio o tenencia del poder adoptan ciertamente una gama muy variada de alternativas, que van desde la simple persuasión racional hasta el uso de la coacción y la fuerza física. La justificación que podemos detectar entre quienes pugnan por el poder, adopta, a decir de Robert Dahl, tres formas: “a) el hombre busca el poder a fin de alcanzar el bien colectivo; b) el hombre busca el poder en consciente prosecución de sus propios intereses y c) el hombre busca el poder por el poder mismo”[6].

La motivación “a)” pareciera trasuntar una finalidad ética, pues, no es poca cosa aspirar a conseguir el bien colectivo si es que éste puede ser identificado de antemano. Sin embargo, el término colectividad es ambiguo, pues, no sabemos exactamente qué ámbito cubre el mismo. Puede tratarse perfectamente del nivel nacional, del nivel local, del nivel vecinal o, incluso, de un grupo de intereses muy específicos del que forma parte quien busca el poder.

Por otra parte, ¿qué significa el bien para una colectividad?. Si nos referimos a un ámbito nacional o local, probablemente este valor resulte demasiado esquivo por cuanto la complejidad de los agregados humanos imposibilita, dada su heterogeneidad de intereses, visiones, deseos, esperanzas, etc., la identificación de un valor denominado bien colectivo como un hecho indivisible y de aceptación general. Parece más razonable sostener que el bien colectivo es más fácilmente distinguible cuanto más pequeño y homogéneo sea el agregado social, y cuanto más intensa sea la pertenencia de quien busca el poder a ese reducido y particular ámbito de intereses. Por lo tanto, una motivación que aparece como altruista en realidad puede estar encubriendo un interés bastante pragmático circunscrito a un reducido número de personas cuyas expectativas no necesariamente coinciden con las del conjunto nacional o local.

La motivación “b)”, a primera vista, presenta una finalidad egoísta aún cuando nuevamente encontramos ambigüedades en los términos. Efectivamente, buscar el poder “en consciente prosecución del interés personal” no nos dice nada acerca del ámbito de ese interés personal. Puede perfectamente tratarse de algún interés ubicado en el entorno privado de quien busca el poder, o también puede coincidir con la comunidad vecinal, local o nacional de la que forma parte aquél. En este sentido, la motivación argüida puede tornarse incluso altruista desde el punto de vista muy subjetivo y particular  del individuo que pugna por el poder; punto de vista que está penetrado por valoraciones y comportamientos condicionados por esquemas psicológicos y culturales que varían ampliamente entre los seres humanos y las sociedades a las que pertenecen.

Finalmente, la motivación “c)” que pareciera no tener ningún substrato racional para explicar la conducta de quien busca el poder por el poder mismo, puede tener algún sentido en realidades socio-culturales donde la obtención del poder otorga al beneficiado prestigio social, hecho incompatible con finalidades supraindividuales. Sin embargo, también es posible explicar aquella motivación a través de factores psicológicos que naturalmente se circunscriben a la esfera del individuo y que, al presentar características únicas, no pueden generalizarse sin riesgo a caer en equívocos monumentales.

 Así, desde la perspectiva de un análisis de los fines, nada parece indicar que exista un puente entre la esfera de la actividad política y el ámbito de la ética. Las justificaciones revisadas no aportan mayores luces, dada su ambigüedad, al problema planteado.

Sin embargo, es conveniente evaluar el intento realmente importante que realiza Max Weber[7] para establecer un vínculo entre política y ética.

En primer término, considera que las cualidades decisivamente importantes para el político son pasión, sentido de responsabilidad y mesura. Asimismo, llama la atención sobre una distorsión muy común en la conducta del político, específicamente cuando el ansia de poder deja de ser positiva, deja de tener una vocación al servicio de una causa. En este momento, obviamente, el sentido de responsabilidad desaparece y la mesura se diluye en la vanidad.

Weber esta consciente que el poder es el medio ineludible de la política y que el motor que impulsa esta actividad es el ansia de poder. Por lo tanto, el político transita un camino preñado de tentaciones que fácilmente pueden perderlo en un sentimiento de arrogante suficiencia y culto al poder por el poder mismo.

Ahora bien, con la intencionalidad de definir un marco razonable a la actividad política, Weber afirma que toda acción humana debería orientarse por una ética de la convicción o según una ética de la responsabilidad. La primera define una especie de fe militante en algo; la segunda presume que constantemente se tomarán en cuenta las consecuencias de los propios actos.

Estas dos orientaciones éticas son, a la luz de sus resultados, distintas y hasta contrapuestas. Quien obra según la ética de la convicción no se siente obligado a justificar las consecuencias especialmente si éstas son malas. En términos políticos, una actuación de este tipo puede convalidar las conductas más perversas y los crímenes más horrendos contra la humanidad, pues, en el fondo será la estupidez del hombre o la voluntad de Dios las responsables de que las cosas hayan ocurrido así. La fe en algo queda incólume pues está más allá del bien y el mal, aunque muchas veces esa fe es puro fanatismo irracional. En cambio, quien obra según la ética de la responsabilidad tendrá en cuenta las consecuencias de una actuación previa, hecho que especialmente en política define unos límites aparentemente razonables.

Sin embargo, Weber sentencia que “ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines buenos haya que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedan santificados por el fin moralmente buenos los medios y las consecuencias laterales moralmente peligrosas[8].

Se observa entonces que tampoco Weber logra en definitiva establecer un vínculo satisfactorio entre ética y política. En todo caso, su preocupación esta fincada en lograr un punto de equilibrio y complementariedad entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Y es que está seguro, así lo demuestra su análisis, que existen límites éticos a la actuación y la conducta políticas. Pasión y responsabilidad dejan de ser factores contrapuestos cuando añadimos la mesura como una medida de autocontrol y examen racional frente a los cursos alternativos de acción que se presentan en el quehacer político de los seres humanos.

Considero, a mayor abundancia, correctas las conclusiones a las que arriba Weber sobre el tema que nos ocupa, aún cuando, como ya mencioné, deja una sensación de vacío en relación el elemento vinculante entre ética y política. Efectivamente, cuando declara que es muy poco lo que puede aportar la ética en torno a la justificación de los medios y los fines que se esgrimen en la actividad política, nos coloca lamentablemente en el punto de partida.

ETICA Y POLITICA: UN PRIMER PUNTO DE ENCUENTRO

El problema parece radicar en la identificación de un factor de vinculación entre la esfera de la ética y la correspondiente a la política; esferas que, como hemos visto hasta ahora, están nítidamente separadas. Parece oportuno, siguiendo esta lógica, examinar los elementos que permitían hasta Maquiavelo una estrecha relación entre ética y política.

La política hasta antes de Maquiavelo estuvo vinculada a valores morales y religiosos. Entre los griegos, la actividad política era inseparable de una búsqueda del bien común como corolario del desarrollo de determinadas virtudes cívicas que sólo eran posibles en el marco de la polis. Esto es especialmente evidente en Atenas democrática donde la actividad política presupone, ante todo, una ética de servicio sustentada en el carácter rotativo de la titularidad de los cargos públicos. En este sentido, es la colectividad, la polis, quien define los límites de la actuación política estableciendo sanciones físicas y morales a quienes vulneran el ordenamiento establecido o atentan contra su integridad. Esta concepción horizontal de las relaciones de poder, se muestra ciertamente útil porque puede frenar los excesos invocando sistemáticamente un valor supraindividual cuya custodia y fomento es responsabilidad de todos.

Por otra parte, una relación que fue ampliamente común a lo largo de la historia de la humanidad y aún hoy pervive en determinadas colectividades, es la que vincula religión y política. En lo sustantivo, la religión, o mejor cualquier religión, cohesiona a las colectividades que se entregan a ella en función de objetivos metafísicos. Un orden místico o mágico regula entonces las actividades de los hombres, distribuyendo premios y sanciones según el carácter del comportamiento que observen en el plano terrenal. Por lo tanto, la actividad política queda constreñida en los marcos de un ordenamiento regido por deidades suprahumanas en el contexto de concepciones politeístas, o por Dios infinito en el correspondiente a concepciones monoteístas. Obviamente, esa percepción no impide que se den, en los hechos, relaciones de poder, incluso desiguales y jerárquicas, pero la idea trascendental es que a los ojos de la(s) divinidad(es) todos somos iguales e invariablemente daremos cuenta de nuestros actos en algún momento en este mundo concreto, o en plano celestial despojados definitivamente de nuestra mundana corporeidad.

De este modo, cuando Maquiavelo descubre que la política puede ser explicada como una actividad estrictamente humana fundada generalmente en relaciones de poder jerárquicas, las justificaciones religiosas y morales quedan de más, y desde ese momento, se quiebra el vínculo entre ética y política. Sin embargo, habrá que decir en honor a la verdad que es la unidad política/religión la que en definitiva se disuelve. Como hemos visto, los griegos de Atenas habían concebido dentro de una organización política que denominaron democracia, una ética de servicio público sobre la que construyeron sus instituciones de gobierno.

Es precisamente la idea democrática la que, a mi parecer, restituye la relación entre la actividad política y el campo de la ética. No nos olvidemos, por otra parte, que la democracia fue un fenómeno esquivo, casi excepcional en la historia de la humanidad. Durante casi mil ochocientos años, el pensamiento y las prácticas democráticas heredadas de la Grecia clásica quedaron como reliquias cuya recuperación fue parcial y penosa. Cuando Maquiavelo redescubrió la política, la nota dominante eran sistemas de gobierno monárquicos y absolutistas; cuando Max Weber formuló sus disquisiciones sobre ética y política, Alemania se debatía en una dramática situación emergente de la derrota bélica, donde facciones autoritarias y filorevolucionarias se disputaban el control del gobierno por métodos que no eran precisamente democráticos, en el marco de un sistema sólo formalmente democrático.

Lo que deseo resaltar es que ética y política pueden vincularse de una forma aparentemente plausible a través de la idea democrática y las prácticas que ésta genera, especialmente cuando constituyen un marco de referencia obligatorio a las actividades políticas que giran en torno a las múltiples relaciones de poder.

Pero examinemos con más detenimiento esta última percepción: en sistemas no democráticos, cualquiera sea la forma que adopten, los procesos de toma de decisiones son atributo exclusivo de quienes detentan efectivamente del poder. La colectividad sólo experimenta los efectos de tales procesos decisorios, sean éstos malos o buenos, teniendo en consecuencia márgenes muy estrechos e inflexibles para contrarrestar o cuestionar tales determinaciones. La responsabilidad por los actos políticos de quienes gobiernan la sociedad es prácticamente nula, pudiendo entonces proceder con total impunidad o, en el mejor de los casos, sin considerar seriamente el interés colectivo. En este contexto, la política, desprovista de cualquier tipo de limitación, puede expresar las distorsiones más siniestras y condenar a la sociedad, en nombre de finalidades que sólo comparten los poderosos, a grandes e inhumanos sacrificios[9].

En un sistema democrático, en cambio, es fundamental la idea de que “todos los miembros (de la colectividad) están suficientemente calificados, en general, para participar en la adopción de las decisiones colectivas obligatorias que graviten en grado significativo en sus bienes o intereses. De todos modos, ninguno está tanto mejor calificado que los otros para que se le confíe en forma excluyente la adopción de tales decisiones obligatorias[10].

 Asimismo, la teoría democrática establece que los gobiernos constituidos según sus principios, son responsables de sus actos ante la colectividad, pues, ésta les ha delegado un tipo de autoridad revocable. Esta misma idea implica que en el ámbito de la actividad política que se desarrolla en un sistema democrático, existan límites razonables y que ante todo tienen que ver con valores éticos de servicio público.

La política y los políticos son escrutados constantemente por la opinión pública que, en muchos casos, puede ser implacable a la hora de condenar conductas antiéticas, pues, se estima importante el respeto a unas reglas de juego que otorgan estabilidad y, fundamentalmente, credibilidad a los valores democráticos.

En este sentido, ética y política encuentran un nexo en la democracia como concepto, sistema de gobierno y proceso de adopción de decisiones obligatorias. Incluso no sería para nada descabellado afirmar que solamente la democracia hace posible que estas esferas, aparentemente contrapuestas, se conecten en la realidad.

VALORES ETICOS EN LA POLITICA

 Ahora, es muchos menos complicada la tarea de encontrar valores éticos que orienten y limiten la actividad y conducta políticas. Y por lo menos tres grandes principios aparecen como parámetros ineludibles: a) el respecto por un conjunto de reglas de convivencia política en democracia que, en lo sustancial, determinan las formas que debiera adquirir la pugna por el poder y las variantes de acceso al mismo; b) la observancia de pactos y acuerdos establecidos fundamentalmente con el propósito de alcanzar objetivos comunes, sin que ello implique necesariamente la renuncia a una determinada concepción del mundo o a una posición frente a los problemas de la comunidad y c) el carácter responsable que debe acompañar toda actuación política en democracia.

El principio “a)” establece simplemente que la democracia define un conjunto de reglas de juego que los actores políticos deben asumir cuando ingresan a desarrollar actividades políticas. Estas reglas determinan, por una parte, el respeto por las opiniones y posiciones divergentes a la propia, es decir, la certidumbre que en democracia no sólo es posible el consenso sino también, y frecuentemente, el disenso. El reconocimiento de esta variedad de posiciones y opiniones da lugar a lo que comúnmente se denomina pluralismo democrático. Asimismo, el enfrentamiento ideológico, discursivo o programático con el adversario no debería, en democracia, adoptar formas violentas o moralmente inaceptables. Las contiendas, se entiende, serán efectuadas precisamente dentro del marco de respeto mutuo, pues, lo que se intenta es captar la preferencia de la ciudadanía, del electorado para acceder al poder del gobierno de la colectividad. El acceso a éste, debe pasar por el veredicto público que generalmente adopta la forma de elecciones, donde en definitiva es el pueblo quien decide la titularidad del poder.

Mediante el principio “b)” , se ratifica plenamente el “a)”, pero al mismo tiempo se superan problemas técnicos que puede producir un proceso democrático. Muchas veces, la preferencia de la ciudadanía se distribuye entre una gama de expresiones políticas sin que ninguna de ellas logre imponerse, por esta vía, nítidamente sobre el resto. En consecuencia, son absolutamente legítimos los pactos o alianzas entre algunas de estas expresiones para garantizar, en primer lugar, la gobernabilidad democrática del sistema y, en segundo término, hacer viable un programa de consenso que sintetice de forma relevante los puntos de vista de los ocasionales socios políticos. Es por lo tanto fundamental el respeto por los acuerdos pactados de esta forma ya que con ellos se garantiza ante todo, la continuidad de la institucionalidad democrática. Naturalmente, el probable desacuerdo entre los socios políticos debe preverse, así como las formas públicas y transparentes de reconvención del mismo pacto por alguno de sus miembros. Además, la suscripción de acuerdos como los descritos no debieran significar el sacrificio de la propia posición política en aras de un grosero (pero muy frecuentemente invocado) pragmatismo, sino la conciliación de aquella con otras distintas (pero no diametralmente opuestas) o similares, en función de un objetivo común que generalmente se identifica con la búsqueda de mejores derroteros para toda la colectividad.

Finalmente, el principio “c)” significa que la política, en democracia, debe ejercitarse como una actividad sonde sistemáticamente se tome en cuenta las probables consecuencias del propio proceder. Esta práctica permite, asimismo, la exclusión consciente y responsable de cursos alternativos de acción moralmente incorrectos.

Como corolario de lo enunciado hasta aquí, podemos afirmar que la política en democracia se orienta por una ética de servicio a la comunidad. Obviamente, quien ingresa al juego político en un sistema democrático busca el favor ciudadano, pues, se considera portador de ideas o proyectos más inteligentes, más significativos y más realistas, cuya implementación favorecerá naturalmente a su colectividad. Además, la eventualidad de un acceso al poder está legitimada por un veredicto previo de la ciudadanía, realizado a través de un acto eleccionario libre. Esto último nos lleva a concluir que también es éticamente necesaria la constitución de una comprensión esclarecida entre la mayor cantidad posible de miembros de la comunidad, ya que es fundamental el acceso equitativo a información que pueda coadyuvar a la formación de una opinión responsable capaz de discernir democráticamente entre las opciones políticas que tiene ante sí.

DISIDENCIAS ETICAS

Sin embargo, a pesar del carácter definitivamente valioso de los principios democráticos enumerados, cuando se aplican al mundo real es evidente que se produce una distancia o brecha que simplemente estaría definiendo grados de aproximación de las colectividades organizadas democráticamente, hacia aquellos principios.

Diversos teóricos han coincidido en señalar que la práctica sistemática de los principios reputados como democráticos, generan una cultura política, algunas de cuyas características más deseables se han analizado aquí. Pero no podemos ni debemos entregarnos a un ciego optimismo, pues, los sistemas democráticos contemporáneos, lejos de reflejar la imagen armoniosa que quisiéramos, presentan problemas, muchos de los cuales son directamente atribuibles a la política y a los políticos.

A pesar de todos los límites y parámetros éticos que la democracia fija a la política, ésta constantemente se las arregla para subvertir los mismos. Un problema especialmente odioso, pero nada nuevo, es la corrupción política. Sin embargo, “...la corrupción ha llegado a niveles sin precedentes. En realidad, la corrupción política ha llegado al punto en que corrompe a la política[11]. Esto fundamentalmente porque se ha ido perdiendo la ética del servicio público, porque “sencillamente existe demasiado dinero en medio... y ... el costo de la política se ha vuelto excesivo y en gran medida esta fuera de control. La conclusión es que a medida que se debilita la ética, las tentaciones aumentan porque llegan ante nosotros continuamente y en cantidades asombrosas[12].

La constatación precedente se basa en una observación del desempeño político en sistemas democráticos correspondientes a países desarrollados; y si esto es así allá, ¿qué ocurre en nuestras incipientes y tercermundistas democracias?

Al respecto habrá que partir reconociendo que la democracia es, en la mayoría de nuestros países, un hecho reciente. La historia de los países latinoamericanos está teñida por una cultura del autoritarismo que ha generado consecuencias sustantivas[13]. En primer término, la adopción instrumental y acrítica de normas y sistemas reputados como modernos entre los que figura precisamente la democracia. El problema reside en que a culturas organizadas a partir de criterios colectivizantes, donde el Estado y el caudillo son los puntos de referencia política más importantes, se sobreponen estructuras democráticas que, privadas en un principio de una sólida base desde donde difundirse consistentemente, tienden a fracasar continuamente o a generar sistemas híbridos cuya eficiencia es, a todas luces, cuestionable.

Por supuesto que muchos dirán que la democracia en estos últimos cinco lustros ha triunfado definitivamente en nuestros países, pero no se puede negar que el autoritarismo y sus distorsiones como el prebendalismo, el clientelismo y la corrupción aún no han sido erradicados de nuestros sistemas políticos; por lo mismo, la institucionalidad democrática es significativamente precaria.

En este sentido, la posibilidad de conectar ética y política a través de los principios democráticos, en medio de este panorama, es bastante difícil. La política y sus actores en nuestros países están todavía muy identificados con la cultura del autoritarismo y han adoptado los principios democráticos de forma instrumental, es decir, como medios para alcanzar fines bastante prosaicos.

Sin embargo, considero que la persistencia de la democracia, el redescubrimiento de sus principios y valores, el papel de una opinión pública mejor informada y la creciente percepción de que es posible y éticamente obligatorio sancionar las conductas políticas moralmente incorrectas[14], pueden otorgar a la esfera de la actividad política límites razonables y con ello, restablecer el puente con la esfera de la ética.

UN DIALOGO ENTRE ETICA Y POLITICA A MODO DE CIERRE

Circunscribámonos a nuestra muy particular realidad e imaginemos, por un momento, que asistimos a una diálogo esclarecedor y pedagógico entre un político identificado militantemente con la cultura del autoritarismo y sus naturales secuelas, y un personaje llamado “ético” que sinceramente asume los principios y valores democráticos, cuya posición ha evolucionado hasta hacerse bastante crítica con aquella cultura muy difundida en nuestro medio y en Latinoamérica en general[15].

Político: No entiendo hasta ahora el empeño de algunas personas por tratar de encontrar valores éticos en la política; valores que tendrían la misma naturaleza que los que orientan la conducta humana común. Esta claro que, a este respecto, existe un profundo desconocimiento de la naturaleza de la política. Ya el gran Maquiavelo sentenció que la política se rige por leyes propias cuya dinámica está, muchas veces, contrapuesta a la ética y la moral. Por mucho que nos cueste aceptarlo, la política no es un asunto de “monjitas clarisas”, sino de relaciones de poder descarnadas y pragmáticas.

Etico: Estoy plenamente de acuerdo con usted que la política se desenvuelve en un medio específico que son las relaciones de poder. Sin embargo, pretender justificar los probables excesos de la política y los políticos arguyendo que la dinámica que impera allí es muy diferente a la que se suscita en otras actividades humanas “normales”, nos lleva a concluir que estaríamos tratando con una esfera donde operan seres no-humanos sobre la base de reglas que no tienen límites razonables.

Político: ¡Muy al contrario mi estimado amigo!, en el campo de la política y las relaciones de poder, las personas tienden a liberar aspectos muy humanos de su naturaleza. La envidia, la angurria, la vanidad, la deslealtad, entre otros, son factores que un buen político debe manipular con habilidad para permanecer vigente e ileso en los juegos de poder.

Etico: Precisamente porque en la política se liberan estas pasiones es que deben existir límites, y límites fundamentalmente éticos para evitar consecuencias nada constructivas sobre la colectividad y la integridad de sus instituciones.

Político: Sin embargo, usted estará de acuerdo conmigo que muchas veces para alcanzar fines nobles u objetivos socialmente útiles, los políticos deben utilizar medios que a los ojos de gente como usted son moralmente inaceptables. Además, también coincidirá conmigo en que, como decía Max Weber, no existe ninguna ética del mundo capaz de condenar o santificar esos medios porque sencillamente la política no se ajusta a evaluaciones de tipo ético o moral.

Etico: De acuerdo, con muchas reservas, pero existe también la posibilidad que la utilización de ese tipo de medios, lleve a objetivos moralmente inaceptables como efectivamente ha ocurrido a lo largo de nuestra historia. Pero creo que es oportuno reencauzar nuestro análisis porque siento que estamos girando estérilmente en torno de argumentos y contrargumentos harto conocidos. Permítame, pues, preguntarle si usted se siente identificado con los valores de nuestro novel sistema democrático.

Político: Si bien no entiendo la intencionalidad de su interrogante, debo decirle que sí, absolutamente. Me considero un demócrata en todo el sentido del término, y mi compromiso con los valores e instituciones de nuestra democracia es total.

Etico: Muy bien, entonces como demócrata sincero que dice ser, usted estará de acuerdo conmigo en que la actividad política en democracia se desarrolla en el marco de un conjunto de reglas cuya finalidad esencial es la constitución de una ética de servicio público y la afirmación constante de una conducta responsable, especialmente con relación a los propios actos.

Político: Mire usted, estimado ingenuo, una cosa es asumir la democracia como forma deseable de gobierno y otra muy distinta desarrollar una actividad política que,  como le mencioné, está sujeta a múltiples vicisitudes muchas de veces incompatibles con principios éticos e incluso con los valores democráticos que usted acaba de identificar.

Etico: Usted acaba de pintarse de cuerpo entero. O se acepta la democracia y sus valores de una forma sincera, o en definitiva se utiliza a ésta de modo instrumental. Lo que acaba de afirmar precisamente apuntala esta última idea. Percibo, mi buen amigo, que para usted y mucha gente de su clase, en realidad la democracia es simplemente un “slogan” útil para capturar la voluntad de “ingenuos”, porque en los hechos aquella concepción de la política sin límites éticos prevalece con toda intensidad. Además, cuando un político busca en democracia la preferencia de la ciudadanía, invariablemente acude a justificaciones relativas al bien de la colectividad. Es justamente la colectividad quien define, con su voto, quién es merecedor de su confianza y, en este sentido, el beneficiado no puede menos que actuar responsablemente y en consonancia con algunos principios básicos y fundamentales, cuya naturaleza es esencialmente ética.

Político: No voy a tomar en cuenta su tono despectivo cuando se refiere a “los de mi clase”. Sin embargo, quisiera que usted identifique puntualmente esos “principios éticos” que limitarían la actividad política en democracia.

Etico: Pues bien, en primer lugar, el respeto por un conjunto de reglas que establecen las formas “ordenadas”, “legítimas” y “pacíficas” que adopta la pugna por el poder y el acceso al mismo. En segundo lugar, el compromiso expreso de observar acuerdos y pactos constituidos con el propósito de alcanzar metas comunes que necesariamente tienen que ver con el “bien de la colectividad” y finalmente la obligación que tienen los políticos en democracia de actuar responsablemente, de acuerdo precisamente con los límites que define una ética del servicio público.

Político: ¡Bellos ideales!, pero lamentablemente nuestra realidad política muy rara vez coincide con ellos. Veamos esto más detalladamente, con relación al primer punto, estoy plenamente de acuerdo en que, por ejemplo, una forma ordenada, pacífica y legítima de acceder al gobierno de la colectividad es a través de elecciones libres y transparentes. Ahora bien, pretender que la pugna por el poder deba adquirir esa tónica de “orden” y “pacifismo” es sencillamente desconocer la dinámica, a veces terrible, que adquiere la política en este tema. ¿Acaso no ve usted que en períodos electorales los políticos utilizan los más variados métodos no sólo para conquistar la preferencia ciudadana sino para humillar, desprestigiar y, si es posible, destruir moralmente al adversario de turno? Quien intenta conducirse de una forma “ética” en este asunto peca de iluso y con seguridad será presa fácil de sus “colegas”.

Etico: Esta constatación suya no hace más que afirmar un uso meramente instrumental de la democracia. Lo sustancial para ustedes no es la discusión seria de propuestas objetivas, sino el muy vulgar juego de dañar la imagen del adversario para estimular el morbo colectivo y capitalizar votos de esta manera. Incluso pienso que si fuera el caso, ustedes no tendrían inconveniente en acceder al poder mediante métodos ilegítimos y antidemocráticos, pues, un grosero pragmatismo orienta permanentemente su conducta. A este respecto, es ilustrativo el caso de la Alcaldía de La Paz donde la Señora “Rosada” y sus “colegas” no tuvieron el menor escrúpulo en contravenir normas constitucionales, reglas democráticas y valores éticos para alcanzar sus propósitos muy personales.

Político: ¡Por favor! no me venga con eso de la Alcaldía de La Paz; el tema esta ya muy cacareado y hasta ahora no ha pasado nada. Sin embargo, no me negará que fue un ejemplo brillante de nuestra política criolla. Por otra parte, el tema nos remite al segundo punto que usted planteó. Los pactos o acuerdos que se realizan en política son suscritos en función a intereses, entiéndalo bien, intereses concretos y específicos que, debo reconocer, pueden ocasionalmente coincidir con parte de los intereses que persigue la ciudadanía. ¿Usted cree que cuando los políticos transan entre sí para intentar alcanzar el poder o gobernar a una colectividad tienen en mente principalmente el bien de ésta?, ¡de ninguna manera!; a lo sumo invocan esa idea para hacer más legítimos o digeribles pactos que usted sabe pueden ser insólitos. Ahora, si uno o más de los asociados no observan los compromisos de interés mutuo establecidos previamente, políticamente es correcto por parte de los damnificados la ruptura del pacto y la constitución de uno nuevo con protagonistas menos impredecibles.

Etico: Con lo que usted acaba de afirmar, la democracia quedaría reducida a un simple “show”, donde la hipocresía y el cinismo serían la regla. Aún más, si todo se reduce a una mera contienda entre intereses particulares que, como usted mismo dijo, pueden “ocasionalmente” coincidir  con los de la colectividad, se dejan las puertas abiertas a prácticas dañinas como la corrupción, el prebendalismo y el clientelismo. Con su muy realista constatación, la ciudadanía, la colectividad, haría el papel de un sujeto pasivo y acrítico, cuya única misión en este mundo sería consagrar en el poder, mediante su voto, a políticos como usted para luego observar indolentemente cómo se trafica impunemente con su voluntad y confianza.

Político: Me parece muy visceral su opinión, pero la entiendo porque finalmente me conmueve su ingenuidad a este respecto. Pero es preciso que concluya mi análisis. Actuar responsablemente en política no especifica frente a qué o a quién debemos ser responsables. So usted se molestara en echar una mirada sobre nuestra muy heterogénea sociedad, podría observar que la conducta de un político puede ser reputada como correcta y responsable por un segmento de esa sociedad, e incorrecta o irresponsable por otro segmento de aquella. Y es que también la sociedad se mueve en función de intereses muy concretos de acuerdo a su nivel socio-económico, extracción cultural o, en general, a su condición social. Como quiera que resulta imposible, a la luz de nuestra colorida diversidad, pretender representar los intereses de toda la sociedad sobre la base de ideas y consignas homogenizantes, los políticos nos especializamos en determinados sectores de nuestra colectividad e intentamos representar sus intereses de forma fidedigna, en una dinámica de reciprocidad, puesto que ellos se benefician al contar con portavoces comprometidos con su forma de ser, y nosotros con su apoyo y voto, podemos acceder a niveles de decisión, a esferas de poder, desde las que intentamos cristalizar esos intereses.

Etico: Y se olvida mencionar que también, y sobre todo, pueden realizar sus propios intereses. Pero bueno, coincido con usted en que nuestra sociedad es heterogénea lo que necesariamente define niveles de entendimiento y motivación muy dispares entre sí. Sin embargo, ratifico que la conducta política en general debe ser responsable, no sólo ante determinados sectores de la colectividad, sino frente a toda la colectividad. Lo que usted no mencionó ni por asomo es que, frecuentemente, a los políticos no les interesa para nada crear una “comprensión esclarecida” entre su electorado. Es más, el mantenimiento de equívocos, visiones erradas o distorsionadas y estereotipos negativos les es útil, porque de alguna manera encubre su verdadera intencionalidad que no es otra que la de un uso también instrumental de las demandas e intereses de la sociedad o segmentos de ésta. Su objetivo, vuelvo a reiterar, es alcanzar el poder usando los beneficios que otorga la institucionalidad democrática y aprovechando las expectativas de un electorado al que se le niega sistemáticamente la posibilidad de informarse adecuadamente. El engaño, las promesas nunca cumplidas, las verdades a medias constituyen definitivamente elementos que atentan contra la formación de una comprensión por lo menos medianamente esclarecida de la sociedad.

Político: ¿Y no se a puesto a pensar que a la gene común le interesa muy poco formarse una opinión “esclarecida” de temas que en general son muy aburridos?, ¿usted no ha observado que es más fácil motivar al pueblo con “slogans” y “poses” de tipo espectacular que presentan en forma reducida y pedagógica problemáticas de suyo áridas?

Etico: Estoy de acuerdo que esas modalidades presentan en forma simplista y por cierto muy vulgar temas centrales, pero nunca pedagógicamente porque en ese caso las opciones que tienen los políticos de motivar a su electorado se reducirían dramáticamente, pues, se verían obligados a explicar mediante juicios razonados y objetivos temas que ni siquiera ellos conocen cabalmente.

Político: Veo que será muy difícil sacarlo de sus profundos equívocos respecto a la dinámica política en nuestras muy imperfectas democracias. Considero que es inútil seguir con esta charla, porque de mi parte creo que he manifestado lo más significativo del tema que nos ocupa.

Etico: Sin embargo, creo que es importante de mi pare cerrar nuestro diálogo con una reflexión final. A pesar de todo cuanto usted ha venido manifestando, aún considero que es posible identificar valores éticos que orienten la conducta política en una democracia. Es más, definitivamente no existe otra alternativa si es que sinceramente deseamos preservar los valores e instituciones democráticas. Me explico: sin límites razonables, la gente común, por muy poco esclarecida que sea, tenderá a identificar la política como usted la ha presentado con la democracia y, en ese caso, cualquier opción no democrática tendrá aceptación. Si nuestra democracia no es capaz de otorgar un mínimo de certidumbre y expresar valores éticos consistentes por causa de una dinámica política atrabiliaria e inmoral, la gente no tardará en volverse contra este sistema de gobierno. A este respecto, hay quien dice que “si la desconfianza en los políticos es general..., y si los partidos como tales pierden su prestigio, entonces... el desencanto y la desilusión... pueden conducir a la apatía, al retiro de la política, a lo que en los años cincuenta se llamó despolitización. Pero el rechazo de la política que tanto aumenta en la actualidad, no es de ninguna manera pasivo, sino activo, participante y vengativo. En tanto que al ciudadano apático hizo muy fácil la política, el ciudadano vengativo y enérgico puede hacerla muy difícil”[16].

Terminado que fue el diálogo, ético y político se despidieron amigablemente y cada uno tomó su camino con la esperanza sincera de reencontrarse y conversar de temas más amables.

La Paz, Febrero de 1997


(*)            Marcelo Varnoux Garay es Cientista Político, y el presente trabajo obtuvo el Primer Premio del Concurso Nacional de Ensayo Político Dr. Héctor Cossío Salinas y Julio Alberto D`avis, patrocinado por Librería Editorial Los Amigos del Libro y el Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS); Cochabamba, 14 de Noviembre de 1997.

[1]                 Maquiavelo, Nicolás: El Príncipe; Editorial TOR; Buenos Aires (s/f); (Capítulo XVIII)

[2]              Cfr. Sartori, Giovanni: La Política: Lógica y Métodos en las Ciencias Sociales; Editorial Fondo de Cultura Económica; Primera Reimpresión; México, 1987; p. 201 y ss.

[3]              La famosa frase de que el fin justifica los medios atribuida a Maquiavelo, en realidad no aparece en ninguno de sus escritos. Tanto en El Príncipe como en Los Discursos Sobre La Primera Década de Tito Livio, Maquiavelo demostró con múltiples ejemplos históricos que muchas veces los gobernantes se ven obligados a utilizar medios innobles y antiéticos para conseguir objetivos que fundamentalmente tenían que ver con el mantenimiento de la integridad del Estado y el orden dentro de él.  A mi entender, el descubrimiento de la política como relaciones de poder fue mucho más relevante que esa constatación empírica, aunque para la historia ésta última simboliza paradigmáticamente el pensamiento de Maquiavelo.

[4]              Weber, Max: Economía y Sociedad; Editorial Fondo de Cultura Económica, (Séptima Reimpresión); México, 1984; p. 43 y ss; p. 1056 y ss.

[5]                 Colectividad humana que no solamente debe ser entendida en función a los límites del Estado o la Nación, sino con relación a cualquier tipo de organización que requiere de una dirección (gobierno) sistemática y continuada.

[6]              Dahl, Robert: Análisis Político Actual; Editorial Universitaria (Segunda Edición); Buenos Aires, 1985; p. 121 – 127.

[7]              Cfr. Weber, Max: El Político y el Científico; Alianza Editorial (Décima Reimpresión); Madrid, 1988; p. 153 y ss.

[8]               Weber, Max: El Político y el....; Ibid; p. 165

[9]              El nazismo con Hitler, el totalitarismo soviético con Stalin y el régimen genocida de los Kmer Rouge en Camboya, son algunos ejemplos extremos pero históricos de esa falta de límites razonables y éticos en la política.

[10]             Dahl, Robert: La Democracia y sus Críticos; Editorial Paidós; Buenos Aires, 1991; p. 121. (Lo encerrado entre paréntesis es mío).

[11]             Sartori, Giovanni: Ingeniería Constitucional Comparada; Editorial Fondo de Cultura Económica; México, 1994; p. 161

[12]             Ibid.; p. 162 – 163.

[13]             Cfr. Mansilla, H.C.F.: La Cultura del Autoritarismo Ante Los Desafíos del Presente; Editado por CEBEM; La Paz, 1991; p. 16 – 81.

[14]             Los procesos que culminaron con la destitución, de la primera magistratura del país, por actos flagrantes de corrupción, de Collor de Mello en el Brasil y Carlos Andrés Pérez en Venezuela, ejemplifican bastante bien esta presunción.

[15]             Esta forma de presentar, en forma de diálogos imaginarios, alguna temática cuyo esclarecimiento es el objetivo central, no es nueva. Ya los griegos (Platón es un notable ejemplo de esto) y actualmente Robert Dahl y otros, utilizaron y utilizan esta metodología que personalmente me parece interesante, ilustrativa y bastante entretenida.

[16]             Sartori, Giovanni: Ingeniería Constitucional....; Ibid.; p. 163 – 164.

 

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